
Una olla podrida es mi guiso para entender el mundo, necesito de este recipiente donde todo cabe. Esta receta no es muy exquisita, pero nutre, aunque siempre me queda la duda de si además es saludable. Y es que, aunque me encuentre o seamos solistas radicales, este mundo que vivimos resulta coral. De las historias celebro su condición de parábola y de las palabras la maleabilidad de que hacen gala. Ayer hablaba del río como parábola de la vida tal como la leí en los versos de los poetas medievales. Hace un tiempo utilice en un post el esquí, no de fondo, sino como fondo de este trayecto vital y ahora enfrascado como estoy en palabras redundantes como verdad, saber y vida, tropecé en la misma piedra con viaje, doble contra sencillo que nada tiene de original esta semblanza.
El viajar, nos aleja de nosotros mismos en un trayecto lo suficientemente elíptico para contenerlo todo. Y aquí me encuentro con la querencia, que recreo, de apoyarnos en historias para explicar historias de historias en una espiral sin fin de relatos. Hay momentos en que las reflexiones en vez de acercarnos a la realidad nos alejan irremisibles de ella hasta hacernos temer de su existencia.
Viajar y saber, aunque los viajes de mi vida, no los ficticios sino las historias reales, estas que todos sabemos que estamos viviendo, que no atienden a las palabras vertiginosas que nos radican en mundos inciertos, pues, viajar, lo que se dice viajar he viajado poco. Puedo excusarme y de hecho me excuso en la precariedad económica en que siempre he vivido. No es excusa suficiente ni creíble. Nunca tuve este impulso o necesidad que nos mueve a viajar o a cualquier otra actividad a contrapelo. Nunca tuve la voluntad insobornable de viajar, pero si pude imaginar que viajé casi con el mismo placer pues el mundo real y el ficticio no están tan alejados, andan cogidos de las manos.
Hoy por la mañana empecé el viaje, vi con meridiana claridad que saber es como viajar. Andas o aprendes de un sitio para otro. Un viajero empedernido puede con el tiempo y la voluntad necesaria sacar de sus viajes una idea particular del mundo entero, pero lo que nunca puede es pisar cada palmo de terreno. Si viaja a muchos lugares los conocerá en superficie y de esta piel es de donde extraerá sus personales conclusiones. El que no viaje andará por la comarca o no saldrá del barrio y el tiempo sin quererlo le conducirá a conocer a su mundo con una intensidad fuera del alcance del explorador ajeno. Pero al fin lo que saben y no saben el uno y el otro se igualan en lo que de común tiene la experiencia de vivir. Quedará como remarcable, anecdóticos ritos, costumbres y creencias exóticas, lo mismo que explotan con reservas las revistas de viajes y cuentan o novelan los relatos de trayectos y aventuras.
No quiero ser científico y que conste que tampoco puedo, tengo problemas para elegir siempre, y por supuesto entre viajar en extensión o en profundidad. Escoge cada cual entre cosas diversas lo que le parece, los itinerarios, el tiempo y la profundidad de los viajes, luego las sorpresas las podrá sin medida el azar. Sabemos que no podemos hacer todo lo que deseamos. ¿Quien decidirá que elección fue la correcta? Pues nadie, pues todo el mundo, pues ni en esto me pongo de acuerdo, decidirá o el yo autista que no atiende lo que no sea su intima realidad, o el tu curioso, alerta, comparando con las señales que de todas partes llegan. Y que conste que eludo el juez más complicado y que es al fin quien cualifica definitivo, el recuerdo.
Así de sinfónicos y enrevesados se nos vuelven los viajes, la vida y el saber y si no fuera porque las particularidades de cada uno acostumbran a ser comunes no podríamos entendernos, es por esto mismo que puedo volver a contar otra vez este mismo discurso de manera diferente, como lo contamos todos, tan distintamente iguales.