
Digo, no veo la televisión, quizás para protegerme de su acoso. Pienso en aplastarla, relegarla al olvido, regalarla a un rico, pues solo se la debe regalar a un rico. Pienso que no la miro. Paso por su lado y busco un libro para joder, mostrándole el enemigo. Al mismo tiempo me relajo en horas sin muertos.
Que laberinto el mío. Detesto la duda, pero sé que he de mantener esta ignorancia para tensar el alma. Esto es divertido aunque no lo parezca. Ando como el niño que dejó de ser gracioso, de aullar por ternura, pero quedó ignorante y me mantengo de esta guisa desamparado. Todos podéis aleccionarme pero sólo me descubro con la sabia llaneza del que lo da ya todo por perdido. Soy orgulloso y cretino, no lo tengo por gusto. Pinto y puedo disculparme de este extravío que atesoro desde niño, no amasé esta virtud o defecto como quien hoy cata vino yendo a cursillos, haciéndose del club del racimo, la orden del talento, una secta espiritista, los amigos del dinero, del lujo, de las mujeres, del fútbol.
Pues no, no quería hablar de esto. Pero no pienso disculparme. Quería quejarme sin delito. Y esto digo: Miro la televisión por el rabillo de un ojo crítico y me sonrío o río y continúo riendo siguiendo cualquier hilo. Miro los productos que me venden y digo y digo y redigo hambriento de morder a este enemigo: ¡Cuanto talento malgastado o perdido en querer acomodar con perfidia nuestro gusto y recursos en satisfacer este mundo opulento de cuatro, cien, mil, un millón de usureros que acumulan todo su rédito! Nada mas entiendo, ni entender más quiero.
Que laberinto el mío. Detesto la duda, pero sé que he de mantener esta ignorancia para tensar el alma. Esto es divertido aunque no lo parezca. Ando como el niño que dejó de ser gracioso, de aullar por ternura, pero quedó ignorante y me mantengo de esta guisa desamparado. Todos podéis aleccionarme pero sólo me descubro con la sabia llaneza del que lo da ya todo por perdido. Soy orgulloso y cretino, no lo tengo por gusto. Pinto y puedo disculparme de este extravío que atesoro desde niño, no amasé esta virtud o defecto como quien hoy cata vino yendo a cursillos, haciéndose del club del racimo, la orden del talento, una secta espiritista, los amigos del dinero, del lujo, de las mujeres, del fútbol.
Pues no, no quería hablar de esto. Pero no pienso disculparme. Quería quejarme sin delito. Y esto digo: Miro la televisión por el rabillo de un ojo crítico y me sonrío o río y continúo riendo siguiendo cualquier hilo. Miro los productos que me venden y digo y digo y redigo hambriento de morder a este enemigo: ¡Cuanto talento malgastado o perdido en querer acomodar con perfidia nuestro gusto y recursos en satisfacer este mundo opulento de cuatro, cien, mil, un millón de usureros que acumulan todo su rédito! Nada mas entiendo, ni entender más quiero.