16 abril 2008

Hacer nos cuesta un montón, deshacer una eternidad.


Hasta hoy no había parado en valorar las sensaciones que me embargan cuando veo algunas imágenes fotográficas de templos misteriosos de la India o del sudoeste asiático o los precolombinos o de cualquier otro lugar exótico. Me parecen construcciones oscuras, o intrigantes, o enigmáticas, o crípticas, pero siempre, siempre delirantes. Luego recapacitando sobre el porqué de tales razones percibo que no es una condición específica de estos templos sino de aquellos que me son ajenos. Los templos son un delirio de piedra, una enajenación para los sentidos en estado sólido, torres de Babel construidas por dementes iluminados. El hecho de convivir con ellos nos facilita, narcotizados por la rutina, el que nos parezcan familiares y si me apuran, él poder admirar con cierta naturalidad su desproporcionada condición, pero esto no me substrae de la sensación de que en general son la representación de una pesadilla o como mínimo, un conjunto de lugares proclives a la desmesura e inhabitables. Quizás su monumentalidad sea una consecuencia del miedo, el intento de aplacar con excesos arquitectónicos el resquemor que nos provoca divinidades de terrorífico y incontrolable poder o aquel que fue impuesto concienzudamente a través de los tiempos para amedrentar a súbditos y enemigos.

Estas moles de oscuros sentimientos no surgen de la nada, sino que van creciendo piedra a piedra desde el dolmen megalítico, y esta sucesión, que asumimos siguiendo el hilo que nos marca tradición y cultura, nos inhabilita para una mirada franca, aquella que nos descubriría la locura de su hechura.

Aprendí, aunque parezca un contrasentido, que es mucho más fácil construir que destruir. Es más, destruir resulta misión imposible. Hurgando en el cielo los astrónomos reconocen las trazas de una gran explosión primitiva. Nadie consigue liberarse de las ataduras de los pegadizos vínculos aunque los aborrezca. Todo lo real o lo ficticio deja sus trazas imborrables en algún lugar del ancho mundo. Nada escapa a las huellas que el existir obliga constantemente.

No somos tan listos como pretendemos. La felicidad anda oculta en parajes que no conseguimos dominar y la razón, que a menudo se vuelve irrazonable, nos empuja a desertar de lo establecido hacia desiertos alejados de los paraísos que con fruición cultiva nuestro particular hedonismo, y de la misma manera que no podré huir del trance físico de la muerte me resulta imposible cortar con lo que con claridad veo que es irresponsable, absurdo o delirante. No consigo eludir lo que considero profundamente alejado de unas necesidades percibidas con nitidez desde algún sentido común descontaminado de todas las ataduras que nos condicionan y que se establecieron fuera del alcance de nuestro control.

No consigue el tiempo con su corrosiva insistencia destruir estos habitáculos de los dioses que son los templos, pero más difícil todavía nos resulta contrarrestar el poso de su influencia en el maltrecho equilibrio de nuestro pensamiento. A pesar de esta sensación de velocidad geométrica que nos envuelve al acusar el paso del tiempo, todo va muy lento cuando se trata de que nos sea útil lo que desentrañamos con iluminada razón y es que, aunque no espero rentabilizar de inmediato toda idea nueva, siento que pasan los años y todavía me encuentro a menudo luchando en batallas que pretendidamente vencí y que ya deberían pertenecer al ámbito del “Te acuerdas de cuando…..”

El viejo decrépito ve en el espejo su verdadera imagen un solo un instante y huye tan lejos de sí mismo que juega en el segundo siguiente en el barro de su niñez. Si hay una vida después de la muerte se circunscribirá en el barro donde Dios creó al hombre. El futuro, nuestro futuro, si existe, estará en una vuelta al origen de nuestras desdichas, en el tiempo de cuando todo carecía de nombre.

3 comentarios:

M. Domínguez Senra dijo...

De momento le dejo por todo comentario un enlace:
http://mrdmngz.blogspot.com/2008/04/la-ciencia-la-cocherencia-la-corehencia.html

M. Domínguez Senra dijo...

Cerillo: me da mucho que pensar, sus posts son muy inspiradores y creo que inspirados. Ahora me dio que pensar en el tiempo en que todo carecía de nombre. Me doy cuenta de que es ese mi lugar. Miro a mi alrededor y veo que las cosas no solo cuentan todas con un nombre sino que además muchas de ellas lo llevan etiquetado o grabado, como cuando en Macondo perdieron la memoria.

Le quería hacer una pregunta de orden técnico: ¿cómo se hace para suprimir un comentario? Cuando tenga un momento, no hay prisa alguna, le agradecería que me lo explicara porque yo no he sabido encontrar la manera. Mi correo-e es aaoiue@gmail.com pero puede contestarme donde le parezca mejor. Gracias en cualquier caso.

Anónimo dijo...
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