No siento y siento tener que tirar a base de intuiciones ya que ignoro los intríngulis de mis deseos. El caos que me adoptó más que adopté intuyo que sin orden no existiría. El orden que de él emana estudian, ceño fruncido, los inteligentes antes de que se conviertan en sabios inútiles. Hablar de caos, de sistemas, de elementos, de tecnicismos con criterio y poder pontificar, es un excelente cielo de puro regocijo y aunque no se da el caso, no me corto y así, saben a purgatorio mis peroratas.
El orden es sólido, un sistema cerrado al azar, de hecho el orden es como un cristal. Nuestro ingenio de supervivientes acostumbra a superar los obstáculos acotándolos, los simplificamos hasta que podemos actuar sobre ellos, y así, en cierto punto obligados, procuramos reparar los ruidos que distorsionan el inmediato futuro. Civilizados como somos, ideamos sistemas o lo intentamos, que nos despejen el horizonte deseado. De hecho estos sistemas son impredecibles en su funcionamiento, no se puede prever resultados como pretenden estos profetas del presente que quieren ser los economistas. El problema surge cuando sistemas que funcionaban dejan de ser funcionales, un día quedan obsoletos pero siguen activos, se convierten en una rémora grave para lo que se pretendía subsanar.
Como los borbotones del agua hirviendo, las rutinas tienen la rutina de cambiar de rutina dado que se deteriora su funcionalidad. Las fórmulas fijas quedan obsoletas en sistemas complejos pues el orden con el tiempo gripa su mecánica.
Tengo entendido que hay investigadores que buscan fórmulas para sistemas caóticos, aunque no cabría llamarlas fórmulas si por lo que parece no tienen formulación concreta. O sea, intentan domeñar el caos con formulas que se configuran azarosas, un autentico desorden, no sé si me explico. Por supuesto no sé si lo que digo tiene algo de científico.
El caso es que la obturación del caudal provocado por la rutina desborda el río en trágico instante y crea un nuevo cauce que derivará mas tarde en rutina desbordable y así sin fin, se van formando los dibujos fractales que con metódica precisión dibuja el agua de lluvia en los márgenes de barro.
Tenemos nulas posibilidades de eludir la violencia de los cambios. Este si que es un problema gordo e irresoluble. ¿O no?