15 diciembre 2007

Un desnudo de caos




Me imaginé desnudo en la báscula cuando, hace unos días, Ene se interesó por mi peso de buena mañana. La palabra imagen desnudo me impactó por su carga simbólica y el vértigo que me produjo discernir entre una avalancha de acepciones intuidas. Me alivié al desviar mi atención hacia un sólido desnudo natural.

Natural. Como si hubiera algo que fuera natural. La naturaleza del caos no es abarcable y como tal no se puede medir ni codificar, pero lo mismo ocurre con casi todas las cosas, como por ejemplo mi nada etéreo desnudo. El tiempo juega malas pasadas y cuando me da por valorar mi imagen, esta ya pasó. Puedo atender del cuerpo aspectos parciales en estadios incorrectos y por lo tanto falsos. Me miro desnudo a través del espejo y ver el desnudo no es más que ir extrayendo pedazos maltrechos desde el recuerdo.

El caos participa de lo absoluto y la totalidad no está a nuestro alcance, pero la decisión de estudiarlo, implica al instante, que las probabilidades que atesora pasan de infinitas a finitas, se vuelve, en cierto grado, manejable. Le metemos mano al caos y se vuelve inmenso pero manipulable y esto procura un orden. El orden, de complejidad pareja al caos, queda formulado en precaria estabilidad pero suficiente para verlo, medirlo y encontrar donde y que podemos modificar, donde y como podemos incidir para que sirva mejor a nuestras necesidades.

Medí con cánones mínimos y superficiales asociados probablemente a la salud y a la belleza mi cuerpo lozano y esta mirada parcial y tramposa entrevista a través de un tiempo de espejo, posibilita datos casi correctos. Consigo una información plausible que de la totalidad de la imagen nunca hubiera podido conseguir. Puedo decidir acciones o actitudes con datos parciales que mi atención elaboró a base de una delirante simplificación. Sé, ahora, si lo que me conviene es ir a la Corporación Dermoestética para cambiar mi aspecto a lo bestia, o tengo que hacer régimen, o emprender alguna actividad física adecuada a lo que pretenda suprimir o fortalecer, pero también puedo, siguiendo cualquier otra lógica, hacer todo lo contrario. O no hacer nada y dejar que disponga el cuerpo del ritmo natural al que lo acostumbré a vivir, donde la parte natural es que lo que sea, será. El hecho es que observar una cosa caótica la vuelve predecible e implica que puedes modificarla en parte, pero también puedes dejarla tal como estaba aunque ya nunca será como antes de ser observada. El mirar no solo elabora sino que modifica constante el objeto observado.

Alejé de mí el vértigo del desnudo y hoy extraigo una de las opciones que eludí para que participéis de ella, más que nada porque el desnudo del que hablo no será si no cuento con vuestra obligada observación. Hablo de este diálogo interno que es cómplice de vivir, este diálogo cifrado entre el yo activo que ejecuta y el hondo cultural instintivo que manda y que a menudo roza lo caótico o indescifrable, al atenderlos, se crea un doble diálogo que modifica la percepción original. Pienso el porqué pienso esto y el visceral pensar se vuelve más predecible. Ya sé que no se puede escribir un relato que ocupe la totalidad en su fluido transcurrir: la escurridiza realidad, pero no abandono el deseo de mostrar la desnudez de esta esencia, el tal como soy. No sé aún como interpretar este deseo de mostrar lo íntimo, esta complacencia radical en enseñar como funciono: la exhibición sin artificios de los artificios, de las trampas, recovecos y búsquedas, los esfuerzos en descifrarme, en dar con las claves que me acerquen o que parezcan acercarme a la realidad. Quizás lo que pretendo, es que, al guardar constantes dudas de mi bondad, puedan los que me observan disponer la generosidad de una absolución.

Aunque, nadie puede evitar ser tramposo en el sentido literal. ¿Quien no achica la barriga o saca pecho? ¿Quién no esconde con las manos lo objeto de pudor? ¿Quien no se afeita, se saca brillo o colorea? Me parece que sin este tipo de ayudas, de artificios, no existiría nada, ni desnudo ni vestido.

La encadenación de manipulaciones crea otra realidad sobre la realidad. ¿Es máscara o suplantación esta otra verdad? La verdad de los apaños para o en sobrevivir.

2 comentarios:

manolotel dijo...

Por empezar por el final: la verdad de los apaños forma parte de la verdad general. Ya lo decía Ortega (y Gasset, o, Cano no estoy seguro de cual): "Yo soy yo y mis apaños" .

Es curiosa esta necesidad de exponernos que tenemos los especímenes humanos. Se diría, como muy bien anotas que sin la mirada de otro no existimos. Tal vez esa mirada al espejo no es más que un reflejo (nunca mejor citado) de esa necesidad, en el sentido de mirarnos para intentar saber como nos ven los demás. En realidad es una práctica que con distintos espejos realizamos inconscientemente constantemente, si bien, el espejo en unas ocasiones es un blog (este, por ejemplo) y el reflejo son los comentarios, y el reflejo que buscamos lo hallamos en la mirada de nuestros amigos, o del vecino, o de nuestros alumnos (el que los tenga).

Necesitamos del reflejo de nuestra imagen como de la sombra. Había (o debería de haber, mi memoria no lo pone en pie, un cuento sobre una persona que se quedó sin sombra (¿o fue un cortometraje?) y se pegaba a los demás para disfrutar de la sombra de ellos. Algo de eso hacemos cuando copiamos los gestos, el estilo, las consignas de personas a las que consideramos más "visibles" que nosotros.

Pero todo esto que digo no es más que un reflejo. Todo lo que es, incluso los agujeros negros (los astronómicos) lo es por el reflejo de sus propiedades que lo hace predecible. Incluso el caos, como bien sabes/aduces es previsible.

Respecto a la imagen y el tiempo... Bueno, yo creo que generalmente nos vemos bien... para nuestra edad ¿no?, o, al menos esa es la impresión que queremos dar.

¿Podemos incluir este como el 2º capitulo de tu caótica biografía?

Un abrazo.

Índigo dijo...

Supersugerente desnudo el que has pintado. Me gusta