Es triste de aceptar, pero parece que las soluciones que tenemos para combatir las crisis de estabilidad que padecemos son las mismas que las del esforzado equilibrista de la cuerda floja: andamos hacia delante o hacia atrás, corremos o vamos lento, a trompicones braceamos, nos encorvamos y contorsionamos sin freno, incluso durante un instante parece que quedamos quietos. Nos valemos de tanto gesto y aspaviento que en algún momento parece montaje ritual, pero todos sabemos que lo que importa es no caer de bruces en el duro suelo donde espera la fatídica imagen de inmóvil quietud.
Así enumerando desdichas innumerables es bueno cuestionar nuestras maneras de enfrentarnos a lo inevitable pues en el intento de mantener una equilibrada compostura desfiguramos siluetas, formas, principios, objetivos y resultados. Resumiendo, hacemos concienzudamente el ridículo más espantoso y luego resulta que todo este vivir en tan compleja condición funámbula no da para ser feliz y que la felicidad se encuentra extraviada en los tres pasos o pases perfectos y saludos desde el tercio, en aquellos mágicos momentos que casualmente olvidamos que estamos en peligro y andamos como si nada, iluminados con la fluidez que marca el tiempo, aunque cabalguemos en la puta cuerda floja.
Y es que pienso deberíamos olvidarnos del espectáculo que sin respiro nos acosa y zarandea y nos sume en estados de vivir catalépticos en esta aldea global llena de hipnóticas luces de colores que nos alejan sin remedio del fluido respirar que deberíamos acompasar con el tiempo y la felicidad de estar vivos. Y gozar de la compañía del inestable movimiento durante todos y cada uno de los segundos que ganemos al traidor, triste, fijo y hermético equilibrio.
Aunque el espectáculo es el espectáculo y yo creo que nuestra condición dominante en el mundo de la vida no está en la habilidad de las manos, ni en la potencia asombrosa del cerebro, ni en cualquier otro peregrino argumento, sino en la extraordinaria condición de bípedos que nos adorna. Mantenemos desde hace años la atención de toda la zoología por nuestra erguida planta y nos admiran y nos temen por el espectacular, milagroso y majestuoso equilibrio que con inapelable y orgullosa dignidad mantenemos sobre solo un par patas.