
Mierda,
por tener que soportar la cruz de no saber manejar discursos ligeros
y andar siempre embarrado en apestosas profundidades a pesar de que
tengo bien claro de que nunca desentrañaré nada. Me acosa la
primavera por todos los poros del cuerpo y su calorcillo me
revivifica, pero como buen pesimista, desconfío de las alegrías
poco razonables que las tengo bajo sospecha de trampa saducea. Así
que sin comerlo ni beberlo dispongo que al mundo entero nos toque
bailar bajo el son que nos dicta un oportuno o inoportuno estado de
ánimo. Observo, por la insoslayable necesidad que tengo de que las
cosas tengan sentido, de la manera en que influyen la voluntad o las
circunstancias en mi estado de ánimo actual y valoro que es lo
mejor: si abandonarme a su influjo o luchar para enmendarlo. En el
fondo lo que quiero es tener al alcance de la mano la posibilidad de
modificar su decisiva intromisión en mi frágil equilibrio y por lo
tanto salvaguardar por todos los medios mi tranquilidad. Que esta es
la otra, que ya me gustaría que los estados ideales que soñamos
alcanzar se mantuviera quietos y pudiera apresarlos como cuando
abrazo con empeño de fundirme para siempre con lo abrazado.
Nada para
quieto y en contrapartida sostengo ficciones de puntos fijos,
fantaseo con la inmovilidad. Me gusta pensar que puedo ponerme en
estado contemplativo, estático, como una piedra que aguanta
impertérrita todos los embates del tiempo. Llegar a considerar que
una vez malgastado el crédito que una insólita energía insufla en
el ánimo joven, lo mejor es aceptar con resignación lo que abrupto
llega y sin consideración se va.
No creo
que podamos modificar substancialmente el sobrellevado estado de
ánimo porqué desconocemos la mayoría de las circunstancias que lo
urden, que como el amor, hoy te quiero eternamente y una mañana
inexplicablemente te aborrezco de toda la vida, contradicciones que
nos obligan a tejer un sinfín de argumentos absurdos ante los
desvaríos en los que constantemente caemos. La cuestión es que,
dado el poco poder de decisión que intuyo tengo y quizás por esto,
el papel de espectador pasivo me seduce. Gusto pensar que puedo
encarar la actividad ordinaria como si fuera actor de lo que el
destino me propicia, intentando, esto si, en la morralla que sirve de
relleno a los dramas principales, o sea casi todo el tiempo, que la
interpretación no se aparte demasiado del orden establecido, que uno
tampoco tiene interés que lo tomen por loco. Este sistema permite
actuar y al mismo tiempo contemplar, con más o menos interés el
desarrollo de la representación. Como tengo un determinado carácter
mis actuaciones resultan del todo previsibles, dependiendo siempre de
las miles de circunstancias que constantemente confluyen en cada acto
y que cuando vienen a resultarme demasiado empalagosas, como de
rebote, me ataca la imperiosa necesidad de saltarme el guión. Esto,
no suele gustar a los replicantes ordinarios que suele incomodarles
bastante perder hilos y referencias. Los estados de ánimo tienen
estas cosas, te dan energía para cometer incontrolables excesos o te
la quitan y luego no puedes con tu alma, castigado al limbo de los
monosílabos o condenado en el infierno del silencio. Las
sobreactuaciones, por otra parte, pueden provocar pequeños tsunamis
domésticos por lo que, en general, pasadas las momentáneas euforias
que provocan los ánimos excitados, es preferible quedarse corto en
cortar rollos para no tener que cargar luego con las engorrosas
explicaciones con que se gravan los descarríos. Y claro, cuando sin
ton ni son meas fuera de tiesto, el incordio se vuelve previsible y
sus rarezas entran a formar parte de la actuación ordinaria.
Etiquetado de tío raro, ya nunca más serás tomado en serio aunque
lo que digas sea lo más coherente que se pueda oír en este
disparatado mundo donde nos peleamos.
Una vez
aprendido y consolidado el teatral camino de actor espectador es
cuando, si te atreves, puedes dedicarte a contemplar los extraños
movimientos de tu estado de ánimo sin la acuciante necesidad de
intervenir, como quien sigue la pulsión de un corazón auscultándolo
para valorar causas y efectos en laboratorio, aunque esto no evite
que retumbe con insoslayable insistencia cada uno de sus
imprevisibles ecos.
Mi vida,
un compulsivo estado de ánimo que intermitentemente impulsa o retrae
mi actividad, un pálpito que deja su huella en cada acción en la
que intervengo como muestra inapelable de su fuerza hipnótica,
porqué decidí, también sin comerlo ni beberlo, que si algo o
alguien tiene la capacidad de poder asumir y propagar estados de
ánimo son las obras de arte, en un plis-plas sus efectos te pueden
dejar nuevo o como una piltrafa, o sea y cerrando el círculo, hecho
una mierda.