30 mayo 2014
Libertad amordazada
27 mayo 2014
Políticos
22 mayo 2014
La ilusión de lo simple
14 agosto 2013
Recompensas complicadas
05 abril 2013
Estados de ánimo
10 diciembre 2012
A vueltas con la independencia
27 octubre 2012
El gusto perdido
Me gusta lo elemental. Busco inclinarme hacia lo sencillo, no quiero complicaciones, pero lo cierto es que casi nunca me salgo con la mía. Este último reto, muy íntimo, de mostrar que no tiene mística ni secreto el trabajo artístico, que ni talento necesitas, me pone en un brete, porqué uno no acostumbra a pensar en el como ni en el porqué hace las cosas, pero puesto a dar explicaciones, toca abordar, para ser coherente, estos temas. El como es fácil y ya lo he esbozado: eliges objetivos plausibles, hojas de ruta determinadas y te pasas luego la vida saltándote las reglas o corrigiendo lo que, de continuo se resiste. En mi caso, ahora, una vez concluidos los trabajos rituales donde el azar mandó lo suyo y que acostumbra a ser un trabajo rutinario y mecánico, me pongo en la tesitura de modificar lo que no me satisface. Este estado es similar al que todos padecemos cuando nos esforzamos en que la vida vaya por donde nuestros gustos y deseos consideran oportunos o; no sé si rebajo o intensifico la percepción; de cuando nos dejamos llevar por lo que, sin reflexionar, nos apetece en cada momento.
Pero claro, así, sin revelar nada, el relato termina al empezar: Me pongo delante de la obra, mis ojos barren su superficie y allá donde tropiezan con algo que me parece mejorable, lo modifico con acciones más o menos preestablecidas utilizando los recursos que dispongo. Son mecánicas de un oficio que se consigue, nadie se lleve a engaño, desde la nada, en general a base de insistir un largo tiempo del que ahora, parece, carecemos.
Uno o varios objetivos, aunque sean tan inconcretos como es buscar lo que pueda sorprender y algo de oficio es todo lo que se necesita. Para objetivos ordinarios mejor pensar en algo, decidirse por un paisaje, figura o bodegón que era la clasificación académica de cuando estuve en la escuela de bellas artes o apostar por cualquier otro ismo o invento que nos apetezca para luego ponerse sin reparos a imitar lo que, de manera conceptual o gráfica nos estimule el gusto por la creatividad.
En mi bagaje personal cuento, por el tipo de educación que desde la infancia me impusieron, con una muy relativa facilidad para copiar modelos del natural y también con una tendencia, muy común por otra parte, de distinguir objetos concretos o figuradas imágenes en accidentales trazos azarosos. Así, puesto a hacer algo y en actitud de liberarme de la esclavitud o el aburrimiento que los modelos imponen, en el habitual proceso de abandonar y quizás olvidar las técnicas aprendidas en la escuela, mi tendencia natural fue la de hacer sencillos experimentos con distintos materiales y colores en busca de sugestiones que estimularan mi curiosidad. Seguía el ritmo que me inspiraban las formas y colores que de manera espontánea aparecían para, cuando me cansaba del juego abstracto, dedicarme a las figuras que se concretaban casi sin querer y donde finalmente me sujetaba de manera mas rígida a los modelos preestablecidos. Una especie de viaje inverso al que formula cualquier academia. Me parece evidente que el sistema es muy simple, muy parecido a como evolucionan los dibujos de los niños en el transcurso del tiempo.
La fórmula, de apariencia sencilla, abre un universo entero de posibilidades, pues es inevitable que lo elemental, sin prisa pero sin pausa, se complique hasta el infinito. Hasta los rematadamente tontos, con el tiempo, adquirimos un halo de sabiduría y para muestra, este botón.
También es inevitable caer, de vez en cuando en el hastío o tener que lidiar con la sensación de estar dando vueltas sin llegar a ningún sitio y es entonces cuando se desea volver al inicio de la aventura, cuando buscas en la simplicidad la esencia del oficio. Siempre nos permitimos jugar con este tipo de adorables ingenuidades.
De vuelta a la simplicidad encuentro gusto y alivio en explorar las geometrías más elementales: la recta, la curva, el triángulo, el cuadrado, el círculo.
Gozar. ¿Como explicar el placer que da el ver como un triángulo blanco pegado en determinado laberinto caótico empieza a imponer un cierto orden armónico?
Al enfrentarme a las razones que me mueven a obrar tal como lo hago, tropiezo con el gusto, en aquello que determina utilizar este u otro recurso, escoger entre una u otra opción, optar por este o aquel color. La elección definitivamente viene influida por el gusto y este, en cada persona se muestra distinto, pero… ¿Qué es el gusto? ¿Porque me gusta esto y no aquello?
Entonces es cuando caigo en el tipo de reflexiones que escapan del ámbito de la plástica. Debe ser a causa de esta facultad casi divina que tenemos los que nos las damos de artistas, de poder elegir de entre todo un universo infinito para fijar lo que nos viene de gusto. A veces mis propias decisiones me sorprenden, así que llevo tiempo dándole vueltas a las particularidades del gusto, a su relación con el placer y a esta intrigante y alambicada facultad de poder educarlo. Mucho secreto parece no tener pues más que nada parece que sirve para dar validez a teorías como que el esfuerzo tiene su recompensa y que una persona con gusto acostumbra a ser educada, toda una serie de frases hechas a la medida de algún interés. En particular aprecio de sobremanera los gustos que me sorprenden a ciegas y encuentro paradójica e inquietante su inestabilidad. Las cosas parece que gustan y dejan de gustar alegremente, con auténticos descalabros en las épocas de formación. La moderna tendencia a la inmadurez también provoca constantes cambios de gustos a los inestables consumidores.
Todo va bien hasta que algo deja de funcionar y lo que sirvió deja de ser útil.
El otro día, antes de levantarme, en estos momentos, cruciales y mágicos en los que el mundo se me torna transparente, no le encontré placer al gusto, o mejor, no le encontré tanto placer como utilidad, comodidad o educación. Un rayo de luz puso en duda de que todas mis aficiones, que para que engañarme, hacen que sea como soy y no de otra manera, sean de mi gusto sin reservas, así que empecé a sospechar que gusto y placer no tienen una relación tan directa como les suponía.
Si, puse en cuestión que me guste: beber, fumar, comer unos específicos alimentos, viajar, leer, escuchar música, hacer deporte u holgar, nadar, cantar, pintar, o lo que sea, sin la pertinente narración que le dé un aire positivo. Me gusta la música pero, si he de ser preciso, sólo disfruto de entre lo que elijo y de manera casual cuando el azar me brinda agradables sorpresas y tantas veces gustos, como con el alcohol y otras drogas tiene un desagradable adiestramiento y una dura y no tan gratificante esclavitud y así con estos razonamientos podría seguir desbrozando gusto y aficiones para concluir que el gusto no es un seguro sino sólo un camino y que no siempre busca ni consigue la satisfacción.
Pero para llegar al meollo de la cuestión me deslumbró el botellón, o lo que es lo mismo la posibilidad de ingerir cantidades absurdas de psicotrópicos para desinhibirse o huir de la realidad, o para ambas cosas a la vez y seguro que otras variadas razones que ahora no importan. Todos o casi toda la humanidad en algún momento gusta, llámese como se llame en cada situación, de fiestas botellón. La atracción de la noche, de la juerga, de todos los actos sociales donde uno pueda llegar desinhibirse, de todo lo que se entiende como diversión de la manera más genuina, oculta un gancho. No creo que en todos estos actos sociales importe tanto lo que se ve, lo que se toma, lo que se dice o lo que se hace, como el singular milagro de conseguir enmascarar momentáneamente nuestra desnuda soledad, soledad que nos procura una inquietante fragilidad que guardamos como un oscuro presentimiento: un miedo, el miedo a los demás. Todos los gustos esconden como finalidad mostrar afinidades para compincharnos y dejar de temernos. En estas artificiales burbujas que delimitan espacios comunes nos sentimos protegidos unos de otros. Los gustos nos sirven de guía para establecer reglas para posibles juegos comunes, así pues los cultivamos y afinamos como armas de seducción y para establecer o mantener puntos de contacto. Como más singular sea la afinidad que podamos compartir, más fuerte podrá ser la vinculación no agresiva, la amistad
Cuesta creer que cuando pego un cuadrado de papel blanco en el laberíntico caos y me sorprende y guste de la armonía que asoma, que la orgullosa obra de mi mano tenga, como toda emoción, algo que ver con nuestro miedo a los demás, pero no cuesta tanto pensar que todo lo que hacemos es en última instancia para poder mostrarnos ideales y que el placer, lo más grato, lo que es la satisfacción, anida en la capacidad de que lo que aprendemos y sabemos, en momento oportunos, podamos compartir y que nuestras afinidades y habilidades, sirvan para seducir a los que consideremos de parecido rango o condición y que esta seducción no es más que un ardid para un complejo, educado y oculto pacto de no agresión que tiene su culminación en la entrega mutua, sin defensas, que propicia en alguna disparatada ocasión el amor.
Aquí debería terminar el cuento, pero ¿donde quedan mis inquietudes de mostrar con transparencia que no hay secreto en esto del arte? No quiero caer en los tópicos de siempre, pero si la maestría necesita de unas decenas de miles de horas para entender que debes llegar a la simplicidad de un niño. ¿Quien no esconde en sus entrañas un niño? La cuestión es, dejarle suelto.
A lo que iba, después de pasar unas horas de intromisión y abuso de mis conceptos estéticos, que no son otra cosa, que una forma determinada de orden, en lo que el azar abandonó , la cosa queda de la guisa que la imagen muestra. Estos son los resultados de servirme de algo parecido a la marquetería, pero con papel ordinario o de desecho, lápices y bolígrafos de pacotilla, dibujos viejos y algún pigmento y... cola blanca y horas.
Muchas horas, poco talento y nada de miedo.
30 septiembre 2012
Autenticamente absurdo
Quiero. De verdad que quiero. Esto es lo que quiero con feroz y auténtica firmeza: mostrar sin ninguna vanidad (que igual si la tengo bajo un conveniente disfraz) que lo que hago, estos dibujos que regularmente cuelgo en el blogg, no tienen secreto alguno. Vaya descubrimiento pensaran muchos de ustedes. Pues... a estos no me dirijo, para qué si ya lo tienen claro, hablo para los que creen que algún mérito tendrá la ocasional fanfarria orgánica a que me dedico, aunque el valor sea mínimo.
05 septiembre 2012
Picar piedra
01 septiembre 2012
Masticar
25 agosto 2012
Verdad y orden
04 agosto 2012
Desesperación de ciencia ficción
27 junio 2012
Arte y vida
07 abril 2012
El absurdo
29 marzo 2012
La imaginación
17 marzo 2012
Desolación
25 febrero 2012
Las reglas del juego 2
09 febrero 2012
Las reglas del juego
19 noviembre 2011
Credo
Un buen número de sábados escucho el concierto de la dos desde la cama. Hoy tuve el gusto de oír la Misa en Do Mayor Opus 86 de Ludwig van Beethoven. En el Credo se me fue la olla, que caí en la cuenta que una de las coletillas que más me cuesta eludir al escribir es el: creo que... o el más humilde y de mi gusto: pienso que... que uso en detrimento del (me parece algo engreído): opino que... aunque si de lo que se trata es de gustos mi preferido es el romántico, siento que..., de íntimo y arrebatado trance. En fin, necesitamos creer, pensar, parecer, opinar, sentir, para ocupar un lugar en el mundo desde el orgullo o desde la humildad. Pensaba luego que igual, lo que más caracteriza el arte contemporáneo es que descubrió el hipnótico atractivo del marco hasta abusar de su facultad de reclamo, que poner un marco y empezar a creer en la oportunidad de su contenido es lo mismo, condición que explota hasta la náusea el moderno marketing. Hace ya muchos días que merodeo los límites, sean el marco o el horizonte que me veo obligado a dibujar para sobrevivir, así es que en mi deriva de aquí para allá con el Credo de Beethoven de fondo, eso de tener que creer para ser, llegué a imaginar... imaginé, que bonito imaginar, dejarse llevar, volar sin corsés ni objetivos. Pues sí, llegué a imaginar y recordé que en nuestro camino evolutivo, en los episodios que la ciencia no consigue rellenar con irrebatibles certezas, elaboramos fantasiosas teorías sobre la relevante importancia del cerebro, o de las manos, o de la nutrición, o del andar erguidos, o del habla... o últimamente de la trascendencia que tuvo el arte para llegar donde llegamos. No quiero contar lo que opino sobre las teatrales representaciones de los cromañones pintando sobre la roca ni las variopintas elucubraciones sobre su función que en general me hacen sentir vergüenza ajena, lo que no me impide insistir en lo mismo, pasar el testigo y poner desde hoy mismo por encima de muchas de estas vanas consideraciones la capacidad de imaginar como la herramienta definitiva y única, un lujo que nos lleva a representar infinitos mundos en los que creer y en la subsiguiente y maravillosa sensación cuando creemos poder, de propina, hacer que existan, que sean por arte de birlibirloque.
05 noviembre 2011
Justificaciones
Hace tiempo leía las novelas de corrido, las peripecias de los relatos me absorbían tanto que no tenía ánimo para atender en como me subyugaban. Leía porqué me gustaba y también porqué era una distracción perfecta para llenar los tiempos de asueto. Me gustaba tanto que empecé a dejar de hacer para leer. Resumiendo, era el lector perfecto, el que habría de desear cualquier novelista que no sea memo. Algo debió quedar en mi dispersa atención de aquellas superficiales y muy placenteras lecturas. No usaba el diccionario, si alguna palabra no entendía, el contexto me la aclaraba y si no, daba lo mismo, que por muy puntilloso que seas, unas cuantas palabras, en una novela entera, en poco han de variar el sentido del relato. Aún me cuesta coger el diccionario, Marta lo consigue porqué es capaz de picar mi curiosidad, cosa que le agradezco, aunque no es por el atractivo de encontrar palabras raras por lo que la leo sino porqué sigo apreciando el relato puro, me interesa lo que cuenta, aunque ahora también celebro la manera de contarlo.
Mi instinto competitivo es precario, no sé si por falta de carácter o porqué soy corto, o cobarde, o por simple comodidad, o sea que mejor no entro en polémicas. También me cargan, aunque insista, estos emborronados balances donde dirimo tristes justificaciones. Estoy en que no merezco caridad que sé lo que cuesta hacer bien las cosas, así es que me guardo de la ambición, que con el elemental nivel de lo que hago no me da ni para satisfacer los despojos de mi naufragado orgullo. Ahora, en todo el mundo, alrededor, proliferan los humanos todoterrenos que sirven tanto para un fregado como para un barrido y no me parece nada mal, es mas, me parece ideal que nos atrevamos con todo, tengo la seguridad que una sociedad con un mayor peso de los artistas no sería la misma que la que nos toca sufrir con tanto egoísta y plano especulador. En particular, me cuesta un montón escribir y con la idea de que se me entienda, pico mucha piedra y pocas veces me contenta el discurso, claro que antes, habría de centrarme en lo que voy a contar, que esta es otra, que cuando lo intuyo, con el esfuerzo de ponerle solfa me vence con tanta facilidad el despiste que derivo a menudo hacia geografías no previstas, en general miserias que me asolan, que vaya cruz para cualquier lector, que la mayoría de las veces escribo como pinto, sin saber muy bien hacia donde me llevará la pluma, pero sin la ayuda del poco oficio que tengo con el lápiz.
El otro día topé con un reportaje donde un periodista en plan detective, intentaba seguir las misteriosas pistas de los magnates rusos que se dedican a traficar, como no, también con arte. No creo que los eslavos difieran de los ricos de cualquier otra raza o nacionalidad en trance de especular con el selecto hobbie. Reconozco que es de simple que me irrite ver como se veneran artistas que pasaron la vida en la indigencia, no tiene remedio, pero mas me ofende que se confunda capacidad adquisitiva con gusto. El periodista del reportaje televisivo no tubo, como era de prever, demasiado éxito en su investigación, solo pudo entrevistar a los dueños de una incipiente casa de subastas rusa que comercia con éxito piezas prerrevolucionarias y que evidentemente, estaban muy interesados en hacerse con una publicidad extra y gratis, al director de un banco de Ucrania que por el dudoso gusto de su mansión deduzco vive confitado en una azucarada autocomplacencia, que visto lo visto con posterioridad, se permitió el lujo de comprar una obra de alrededor de un millón de euros que no le podía gustar en comparación con el estilo dominante de las obras que se adivinaban en las paredes de su mansión. Un importante dinero dedicado a la cosa del prestigio y finalmente, unos escasos minutos de puro reloj y en la semiclandestinidad de un apartamento moscovita, con un político forrado en la época de Yelsin mas dispuesto a redondear un paquete valioso de obras que de comprar por gusto, tenía en agenda seis o siete piezas escogidas que le faltaban como guinda a su codiciosa colección. Para rellenar el reportaje no tuvieron mas remedio que tirar de paisajes helados, filmar una tediosa subasta de arte ruso en Londres y una cuantas anécdotas curiosas como retratar las claustrofóbicas medidas de seguridad bajo las que viven algunos ricachones y no me olvido de la rígida comida del triunfador ucraniano con sus selectos amigos en envarada distensión.
A veces pienso que se debe buscar la felicidad, otras pienso lo contrario. Lo pienso, que luego la felicidad o la tristeza viene sin pedir permiso, pero como creemos que podemos influir en ello, nos permitimos hacer cábalas e inventar estrategias. Continuo permitiéndome seguir con la redicha fantasía de que por momentos parece mas feliz cualquier palurdo y los suyos con cuatro costillas guisadas a la brasa al aire libre que la indigesta exquisita comida de los colegas del magnate ucraniano tan desenvueltamente peripuestos y afectados, muy identificados en el escalafón de lacayos selectos y prescindibles en la barroca mansión del potentado, pero ya hace días que los sabios nos dicen que la felicidad es una horterada de los miserables. A la belleza debe pasarle más de lo mismo que solo de manera temerosa se abandona el que puede en sus brazos y se tiende mas a regodearse en lo que ha de causar envidia, que al propio gusto y goce. Tengo interés en creer que los palacios son poco o nada habitables.
Luego vienen las dudas, que todo lo que invoco se vuelve complejo al tropezar con los pedazos de ciencia, filosofía, arte, trabajo, negocio, relaciones, amores, odios, carácter, condición, estadística, orden, virtud, defectos, los intríngulis de los absolutos y lo de la hondura, que esta tiene su tela, y aquí si que el arte tiene algo que decir y no son precisamente teorías, que pocos elegidos cuentan con ellas y tanto si uno es José Tomás, como Messi, como Camarón, les basta con la inusitada facultad que tienen de hacer fácil lo que para los demás es imposible, claro que la mayoría de nosotros no nos ponemos delante de un toro, ni jugamos en un estadio con cien mil espectadores, ni tenemos duende, la mayoría solo nos dedicamos a atesorar y glosar los méritos de los que nos cautivan, o los intentamos emular vanamente, o las dos cosas a la vez cuando, optimistas nos creemos capacitados para ello, que la hondura es epidérmica y de apariencia tan simple que no ha lugar a confusión, lo más profundo es lo que queda a la vista, en contacto con el aire, es una cuestión de pura piel.
Nunca escribiré con los matices y la calidad de Marta, que el oficio artístico crea a veces una ilusión de sencillez y accesibilidad que nos anima a escribir, jugar al fútbol, torear de salón, cantar en la ducha, hacer unos pinitos en diseño, unas fotos digitales maravillosas, que por cierto, como casi siempre las visualizamos con el soporte de las pantallas podrían pasar por transparencias, y cualquier otra actividad de las consideradas creativas. Esta es la condición, después de lo de ser famoso y hacerse rico, con mas prestigio en nuestros días, aunque con distinto calado según el estrato social. Alguna ventaja ha de tener esta masificada sociedad y una de ellas es la de permitirnos acceder a sensibilidades que hasta hace bien poco el vulgo tenia vedadas. Los profesionales que viven de ello son unos privilegiados, pero con la moda actual del todos podemos, es posible embarcarse en transitar por los procesos creativos y experimentar el dolor y el placer de hurgar por todos los cielos, con preferencia ideal en los desconocidos, como el espectáculo de una nube de tinta que se expande en el agua con su lento, armonioso y matizado despliegue de luces y sombras, esto, abstraerse con la belleza de algún efecto curioso es, en el caso de la plástica, el primer paso, el otro, mucho más complejo es la ambición de hacerse con una copia de la emoción para compartirla. Luchar para conseguirlo ya tiene su mérito, pero si se logra, aunque sea ligeramente, nos consuela de las penurias. El arte es esto.