08 octubre 2011

Barullos



A bote pronto digo, digo, cuando digo lo que en este momento me pasa por la cabeza y digo, que esta mañana cuando leía a Robert Musil, como cada mañana, y que luego reflexioné que no era cada mañana sino alguna mañana, de tal manera que, el susodicho Musil hace años que me dura, que lo leo solo unos dispersos minutos, que tengo otras querencias y días pasan que ninguna, como cuando me escruto en el espejo o rumio entretenido en cuestiones varias, y además como a veces solo me da para leer un párrafo y como no sé cual, leo el mismo que ayer o que anteayer y no te digo cuando lo dejo por semanas, que fue por esto que un día marqué con un asterisco hasta donde había llegado, lo que me sirvió de poco pues para enlazar la lectura a la mañana siguiente o al otro día, no me privé de leer el párrafo anterior y marqué pues, como homenaje, un último asterisco hasta que me de por otro arranque de orden en cualquier otra parte, que yo hago este tipo de cosas racionales y ordenadas, pero no me duran nada, que siempre vivo a caballo del caos, lo que no me impide ser rutinario, que para esto esta la vida ordinaria como el paseo que he de dar hasta el trabajo cada mañana, siempre por la misma ruta o parecida, con contadas variaciones pues no me parece coherente alargar el trayecto a la tonta, que tanto a la ida como a la vuelta tengo de arbitro el reloj, lo que si hago es cambiar de acera según busque o huya de sol o culo o lo que sea y atravieso la calle por aquí o por allá, que las rutinas obligadas como este paseo a las ocho menos cuarto cinco días a la semana, o las imprescindibles como comer en unas horas determinadas si no quiero cargar con un mal genio de dos pares de cojones, o las relajadas como la destinada a la siesta, o instintivas como todos los tics, sean ganados o genéticos, imperceptibles o evidentes con los que cargamos y que sirven para identificarnos, no impide que me resulte muy complicado establecer de forma duradera cualquier tipo orden con el que tantas veces suspiro, que pienso que el orden debe dejar un espíritu limpio y una cristalina y tranquila conciencia, y ya que hablo de limpieza, que no existe orden más exigente, otra cosa que me relaja cantidad es fantasear que puedo desprenderme de todo lo que mi particular síndrome de Diógenes me impele a conservar, como si fuera cosa fácil, que cuando lo intento no me da tiempo a tirar nada, que al rato de empezar me embarco en cualquier otra medida más perentoria o interesante y quedo a medias, que digo a medias, a décimas o a centésimas de lo que necesitaría, que no hay cosa que estorbe más para hacer limpieza y ya no te cuento para mantener el orden, que el exceso de cosas prescindibles que amontono y que luego complican cualquier actividad hasta límites insostenibles por más que me ufane en predicar, como tantos, que conservo un orden dentro del desorden, que si esto fuera cierto no doblaría, triplicaría o elevaría a la enésima potencia cada cosa que me parece necesito, así, sin entrar en cuestiones domésticas donde tengo alguna que otra pertinente ayuda, circulan por mi estudio en abundancia sin contar los pinceles: tijeras, cuters, pegamentos y casi medio centenar de maquinillas de hacer punta, distribuyo botes con agua por todos los rincones y dejo abandonados en todas partes lápices, bolígrafos, ceras, pasteles, óleos, pigmentos y rotuladores de todos los colores que cuando busco y no encuentro, cosa que ocurre a menudo, me da el vértigo, el mismo que siento cuando ando perdido o caigo en los abismos con los que tropiezo cuando desganado, no hago nada, que a menudo solo me ocupa la pereza y digo que no por suerte, como dicen los que me envidian por lo bien que me lo monto, que no hablan, no cuentan lo de sin beneficio y lo otro, que cuando no faeno toca malvivir, que luego hago balances que me obligan a encontrar asideros para no desfallecer de angustia, aunque por experiencia sé que pensar solo sirve para regodearse en ella, que lo que me gustaría, como ayer comentaba con unas compañeras de trabajo que estaban en lo de cargar pilas, que donde se cargaban estas cosas y por donde me las metía para poder trabajar sin descanso, que a mi me gusta trabajar pero la rutina me asola, que luego asoma el aburrimiento y desaparece el gusto, quizás porqué a base de tiempo todo se vuelve simple, aunque lo simple no es mas que el espejismo que esporádicamente nos permitimos como homeopático remedio para negar los laberintos donde a menudo caemos por las constantes contradicciones que entorpecen el camino que lleva a lo elemental, que es a lo que aspiro en el trabajo-vocación que por las tardes cultivo y que se convirtió en espejo de los mismos delirios con los que de continuo batallo, así que uso el mismo remedio con resultados no siempre recíprocos que consiste en dejarse llevar por el confuso caos y intentar cuando se deja, poner un poco de orden, que luego viene lo bien que sienta conseguir, aunque sea un palmo, un dedo o un milímetro de claridad, aunque la sensación solo dure el mismo instante de obrar y observar, que luego al rato, o al día siguiente, o a los tres años no noto haber alcanzado nada parecido, que si algo gané, si alguna vez llegué, el mimético entorno lo absorbió o el tiempo que se aceleró y ahora envejece de sopetón las imágenes o cualquier otra cosa con solo respirar un par de veces y que no deja a nada ni a nadie madurar, como si la pátina del tiempo o la experiencia fuera pecado imperdonable, lo que me recuerda que hace un tiempo, en unos días de ingenua clarividencia redacté mas de veinte páginas, interlíneado 1’5, con una especie de tratado sobre la importancia de lo nuevo, de lo que por inédito, resulta esperanzador y luminoso y que al ver que no tenía suficientes luces para seguir el trazo que seguro llegaba a algún oculto y deseado paraíso, me conformé en concluir que lo mejor para no caer en lo decrépito en que el uso convierte las cosas, era dejarlas inconclusas, un punto antes de poder ser estrenadas, es cierto que envejecen igual o peor, que me recuerdan los edificios que la crisis o la miseria deja a medias y que siempre imagino que rehabilitados con una mano de pintura y poco más, sea lo que sea que falte, quedarán como nuevas, digo que todo estos embrollos que me meto o imagino, parecen hijos de la antigua alquimia de convertir el barro en oro, que no veo que sea demasiado práctico, como tampoco lo es, empezar a soplar para que surja Adán, que luego queda la faena de la costilla y todo lo demás, que la cosa cansa, que ya me cansé y lo dejo.

23 septiembre 2011

A bote pronto


Esto va así: puede, lo que sea, funcionar unos millones de años y luego en unos cientos dejar de ser operativo. También pasa con las maneras de pensar y de hecho, en el trascurso de la vida los cambios son constantes. Ahora tiene buena fama por ejemplo imponer voluntad o espíritu de sacrificio u orden y mañana o dentro de cien mil años todo lo contrario, que lo que creemos no es otra cosa que una lectura terciada de la realidad y digo que no es otra visión que la que impone el sentido común, que no nos alcanza para otro mecanismo. Nada es bueno, ni es malo y los límites con que topamos son los que a la fuerza rigen (una especie de equilibrio ecológico) y fuera muros toca experimentar la incertidumbre. Es inevitable que circulemos por todos los ámbitos. No podemos estar quietos ni en la comodidad ni en la angustia. No nos podemos dormir en lo trillado que toca aborrecer cada cierto tiempo, ni soportar la incomodidad de la trasgresión que hemos de asumir e imponer si no queremos malvivir fuera de ley . El santo y el asesino buscan y encuentran amplias lagunas de impostada comodidad. Justificamos no solo textos, que toca estar en constante estado de revista: frescos, ordenados y convencidos durante largos períodos de tiempo.


En arte o lo que sea que hago, manualidades como últimamente vengo diciendo, es más de lo mismo, todo sirve y anda revuelto y no es tal como pretendo que sea. Si me aburre lo que venia haciendo; un orden donde busqué parcial acomodo y que, mientras duró, impuse con entusiasmo; se revuelve en gusto tantas veces contrario a lo que venia asegurando que no sé como me atrevo volver a defenderlo. La locura acecha si no se guarda largos paréntesis de concierto, pausa, orden, fe y certidumbres. No se a que atenerme cuando, si bien parece que puedo con todo, que soy libre de hacer lo que quiera, de cambiar de credo, al ponerme en ello, la necesidad de asideros para concretar lo que sueño, hace que se mida por centímetros lo que me alejé de mi caduca y pesada ortodoxia. La impostura es preciosa de pensar pero difícil de concretar. El surco que pretendemos en la mente queda en el lienzo como un ligero aire, un paso vacilante, detalles que quedan sólo al alcance de la aviesa mirada del que propuso la revuelta. Soy como soy y sé lo que sé, lo quiero todo, pero no puedo con nada. Me derrotó mi cabeza atenazada por los sobresaltos. Cojo, y cojeando, lentamente, me dirijo a ninguna parte y si cuento que llegué o que llegaré a lugar concreto, miento.


16 septiembre 2011

La fe entre otras cosas


Como de costumbre, divago. No tengo otro remedio, que me exonera de los desvaríos en que incurro, mis pobres conocimientos. La información enciclopédica me apabulla así que tiro de lo que, sin trabajo fue quedando: una colección de anécdotas manipuladas por embarullados intereses. Siempre me ronda el machacón: vete a saber porqué esto es así y no de otra manera, propio de los ignorantes.

Entre sueños, después de comer, oigo en la tontorrona tele una alucinante historia de unos primitivos artrópodos. Una voz relata, con cadente monotonía, la explosión de vida del Cámbrico, de cuando, según cuentan, aparecieron unos miles de nuevos y espectaculares bichos que el documental recrea en la televisión; miro de reojo; en forma de cinematográfico parque Jurásico alimentado con bichos de aquel período: unos monstruos de cuerpo duro, quitinoso y articulado que algún avispado director de ciencia ficción podría aprovechar para darles cancha de alienígenas peligrosos en alguna cinta de disparates extraterrestres, lo que me provoca meditar, que no hay peor monstruo en cualquier mitología que los que matan hombres, de los que ahora, ciertamente, nos van quedando más bien pocos, así es que, nos los inventamos o mejor dicho, se los inventan. Culpo en parte de la escasez de monstruos, a las lecciones que nos sueltan los documentales que explotan hasta el hastío la vida salvaje. Parece que está de moda contemplar a las camadas de leones como gatitos grandotes y cordiales, tanto, que, si se diera la ocasión y las pertinentes garantías, estaría dispuesto a acostarme amistosamente con un gorila espalda plateada.

Vaya con las noticias frescas del Cámbrico, luego, por curiosidad, miro en la Wikipedia, para ver que es lo que pone de este periodo, solo para redundar que el documental parece bien documentado. Un ignorante cabal como es mi caso, no le queda otro remedio que tener fe en la ciencia que, opino, cumple como un apañado dios de nuestro tiempo. Parece que, los dioses se concretan imprescindibles para un tiempo determinado, luego, sus características y cualidades decaen y las absorbe y adapta a los nuevos tiempos un redivivo dios que fagocita al viejo, pero en esencia no varían. Desconfío de los dioses que me tengo por poco religioso, pero el dios ciencia, por contemporáneo, algún crédito debe tener, aunque sospecho que quien valida el crédito es la fe, esta fe que algunos siempre andamos dispuestos a ganar o a perder y que ahora hemos decidido hacerlo a espuertas. Digo que ahora la fe se pierde a raudales, como si no fuera cosa corriente de todos los tiempo andar perdiendo y ganando afectos: que de siempre se deja de lado como si nada lo que se consideró imprescindible y se adopta como eterna cualquier idea de las que laten embrionarias. Las revisiones son, como no puede ser de otra manera, retroactivas y cambian nuestro concepto del mundo desde el mismo inicio. Explota un nuevo Big Bang en cada cerebro.

Ingenuo como soy, tengo fe en la fe, que es una curiosa manera de ser creyente. Tengo fe en que, algún día asumiremos como infranqueable tabú el que no nos podemos permitir ser los insaciables depredadores de unos recursos limitados. Se necesita mucha fe para creer que podemos darle la vuelta a nuestro cerebro como un calcetín, para poder perfilar un futuro plausible. Tengo fe en este tipo de imposibles, que es lo que tiene de bueno la fe, y algunas veces fantaseo, que ya son ganas de fantasear, con un egoísta orden nuevo que este mejor adaptado a la previsible precariedad que nos espera, un nuevo orden donde acomodarnos sin conflicto, pues deduzco, que el motor, la gasolina que enciende la fe destinada a mover montañas, es la incomodidad, la angustia asfixiante que provoca un orden en crisis cuando se manifiesta inadecuado.

La fe, pues, huye de razonamientos y si alguna lógica guarda es la de no rendirse a la dificultad, como arbusto que intenta sobrevivir entre las rendijas de un empedrado. El documental del Cámbrico me aleccionó en este sentido, pues los primeros vertebrados eran minúsculos y tenían ínfimas posibilidades de salir adelante y lo consiguieron, si es que consideramos un éxito que en su lineal descendencia estemos nosotros. El caso es que hasta aquí llegamos y nos creemos el rey del universo, que no oigo a nadie que nos replique. Pero barrunto que ahora actuamos fuera de lógica, como el virus que acaba rápidamente con la vida del que lo contrae. Muerto el perro muerta la rabia y en este caso, la rabia somos nosotros. Menudo futuro nos espera si seguimos con nuestro habitual y desmedido éxito.


10 septiembre 2011

La realidad

La realidad es punzante presente, es embriagadora, inconsciente e inaprensible ventana de lo verdadero. La conciencia, por el contrario, es reciclada memoria o proyección de lo que queremos que ocurra. Instalados en lo instantáneo saboreamos la eternidad, pero recordar nos condena. Confirmamos, como elementales dioses que somos, señalando piedra, vegetal o andante bicho con simples nombres lo que son, interminables cadenas de recuerdos insondables. Vegetales y bichos que traspasaron el tiempo a base de repetir con innumerables y desiguales copias un primitivo e incomprensible hálito, pulsión o misterio. La señora conciencia es entrañable mientras la realidad es epitelial, pura y dura superficie. No conformes con la simple realidad, intentamos aprehenderla y con la ilusión de conquistar sus esencias nos adentramos en el laberinto del tiempo y la memoria. Lo que trajinamos con la mente se vuelve fantasioso y el interminable fracaso de nuestro empeño lejos de arrendarnos nos lanza a nuevas y laberínticas búsquedas que nos alejan incomprensiblemente de lo que, al sentir, cumple con todo.


Fijar es nuestra obsesión hasta tal punto que nos dedicamos exclusivamente a ello y cuando, por desgracia, se derrumban a nuestro alrededor las virtuales construcciones que minuciosamente elaboramos, buscamos aunque no exista, firme sustento que nos valide, que nos ayude a seguir viviendo y es por ahí donde anclan nuestros dioses, sea lo que sea en lo que acabamos creyendo sin dudar. Sin entorpecedoras conclusiones, pienso que nuestros delirios en poco o en nada modifican la realidad pero conforman con eficacia lo que percibimos, así es que estamos obligados a andarnos con tiento, somos víctimas que no verdugos como a veces creemos, y elegimos más bien poco de nuestro destino por más que apreciemos que lo podemos modificar.


El delirio de pensar siguiendo impenetrables laberintos, es otra manera de vivir que se independizó poco a poco de la dictadura de la realidad. El cerebro que funcionó para sobrevivir se empezó a utilizar para usos tangenciales como, justificar el tránsito, conjurar abismos o proteger el deseo de las penurias y así lo que se desarrolló para adaptarse al acoso del presente, adquirió naturaleza propia enlazando con el pasado y el futuro. El lenguaje encontró en los signos un inicio de fijación que sirvió para disgregarse en los múltiples metalenguajes y las variadas simbologías que cada nuevo caso necesita.


A los estúpidos dioses se nos reventó el laboratorio sin comerlo ni beberlo. Pienso, igual que escoba que carga el diablo, que nada es elemental aunque lo parezca. La acrobacia de simplificar absolutos con la absurda concreción de darles un nombre demuestra que se necesita bien poco, casi nada, para empezar un buen lío. Quien dispuso conocer que uno es uno y todos los demás eran otros, no hizo más que concretar lo que las leyes físicas cumplen desde la más ínfima partícula, digo yo, que si estoy equivocado no importa, que el error puede ser fuente de azarosa inspiración.


Uno dijo: estoy yo y los otros, y otro mas listo, o mas aburrido, o por error, distinguió a su interlocutor, o a su amor, o a su enemigo recalcitrante y este específico otro fue el dos. Así la distinción elemental de uno, dos y los otros adquirió carta de naturaleza matemática. Será la ambición, o la necesidad de ordenar lo que resulta caótico, o la felicidad de saber que los de mi clan son cinco como los dedos de una mano, o lo práctico que resulta numerar para optimizar cualquier actividad que con este inicio y la suma de aportaciones cada vez más complejas, provocó que el desarrollo de lo que se aprendió en un instante glorioso, ahora muy pocos o nadie domine. Carga el diablo con bala la escoba y los lenguajes se multiplican incomprensibles para sus propios creadores, pero los derrotados dioses no pierden nunca la fe pues aprendieron a leer, a intuir que todo el universo no es mas que un inmenso conglomerado de signos que con infinita suerte y inagotable paciencia se puede llegar a descifrar. La pregunta del millón es: ¿para que?


El destino, pienso en el destino que por intuido preferimos desconocer alimentados por la fe de que todo es posible, la intranquilidad, la insatisfacción, el gusto por las rarezas que señalamos como espectáculo, los constantes desequilibrios que padecemos, la misma saturación o el aburrimiento, la locura o el delirio, o el simple hecho de que no podemos estar quietos y ahora, descifrar signos de cualquier especie, la huida hacia adelante del acoso del tiempo, el mismo y constante movimiento que lima, tropieza, rompe o transforma cualquier objeto, la amalgama de todo ello buscando aire para ser, para existir, todo ello más el infinito que no alcanzo y desconozco… me inclina a menudo a desear dejar de pensar y cumplir solo con el gozo de vivir en el delirio epitelial de lo que, por superficial, ahora mismo, en este instante, valoro como lo más preciado, delicia de lo que es fungible, de lo que no puede ser más frágil y delicado.


12 agosto 2011

Contundéncias orgánicas

Nada me parece tan contundente como un puñetazo en los morros. Casi todo el mundo sabe que no soluciona nada, mas bien lo contrario, pero, a pesar de todo, muchas veces, entiendes de que cuesten evitar. Yo solo he dado un par y no quiero contar los que me dieron. Bien, no arreglan nada pero personalizan el problema, el problema se concreta en el que pone la nariz. El puñetazo seria la síntesis de un estado determinado de cosas y aunque no sirve para enderezarlas nos mantiene vivos, esto, si los agredidos no se revuelven agresivos en exceso. No, no creo ni acepto la violencia, pero tengo cierta debilidad por lo contundente, esto de simplificar la complejidad dando puñetazos aunque sea sobre la mesa. Creo en la necesidad esporádica de este tipo de contracciones compulsivas.

Como todo bicho viviente, siento debilidad por la vida y por esto la fe tiene un extraordinario valor pero, como soy muy perezoso, pienso que nada nos tienta tanto como la comodidad. No hay vida sin esfuerzo y el que nos toca asumimos con naturalidad aunque intentamos por todos los medios aliviarnos como sea, y como los cambios requieren un esfuerzo suplementario, juro que nadie, óiganlo bien, nadie, esta dispuesto a malgastar energía en ello, o sea que, solo tentamos la fe de tirar hacia lo desconocido, cuando nos va la vida en ello. Esto que categórico afirmo, es el clásico relato contundente que podríamos matizar hasta el infinito, hasta el mismo momento en que no entendiéramos de que jolines estamos hablamos.

Yo pienso que por comodidad la evolución se podría haber quedado en las bacterias, que son las que mejor se adaptan a los rigores medioambientales extremos. Prisa, lo que se dice prisa por cambiar nunca la hubo que entre pitos y flautas pasó más de cuatro mil millones de años hasta que apareció un trilobites. Yo pienso que un átomo se siente cómodo con los electrones que le toco en suerte y no le importa pasar unos miles de millones de años a su aire, tranquilo e impertérrito, aunque no sé si les dejan estar tanto tiempo cómodos.

A mi me gustan la células procariotas, que parecen una barca de un solo remo con esto del flagelo coleando que no creo que les sirva para ir a ningún sitio sino, más bien, para moverse al buen tuntún, circulando, o sea dando vueltas al azar. Envidio su feliz y simple navegación.

Dicen que el desequilibrio mueve el mundo de la materia, yo creo que si hablamos de la orgánica el traspiés se trasforma en locura. Creemos que el mundo es la loca burbuja que habitamos cuando solo es un reflejo deformado de él. Cuando nos reconocimos en los espejos y supimos que esta sombra o imagen percibida, soy yo, yo mismo, surgió otro desequilibrio, un nuevo rizoma de la evolución, un flagelo metafísico que nos convirtió de golpe en el centro de lo sentido, en el núcleo del universo. Ya pasó o deberíamos de pasar de este caduco concepto, pues, ahora mismo, a mi me da por pensar que, como sabemos que somos parientes de todo lo orgánico, que si retrocediéramos rectos como una bala todo el camino andado pues, llegaríamos a una célula procariota, a una bacteria o a algo mucho menos consistente, esto nos debería servir para salir del error de creernos el centro del universo y así poder aprovechar las ventajas que proporciona el anonimato o sino pregúntenle a un famoso, a alguno de los que aún disponga de algo de cordura, que es lo que daría por pasar desapercibido. Tengo fe en que un día, podamos asumir que somos del todo intrascendentes, que somos uno más de vete a saber que, esta es una de las condiciones para ser felices como una ameba. Aunque, ¿sirve para algo la felicidad?

16 octubre 2010

Fe y creación


Nu al llit es fa de dia. Desnudo en la cama amanece. Me gusta desnudo (nu) y amanece. Me parece que es empezar como es debido, por el principio, que cuando naces queda todo por hacer, como cuando amanece. Pero no estoy del todo a gusto, lucho por recordar que es lo que soñaba en mi agitado despertar. Quien o que me acosaba... o me acosa.

Que hace días que me da por la genealogía, esto de rascar ancestros, un Cerillo defendiéndose de la invasión bárbara de los cristianos, el pintor de Altamira ante la rugosa piedra, un homínido que camina erguido por la sabana, la pelvis de los diplodocos, un batracio, una bacteria, un choque de partículas elementales, la nada.

Marilyn: El grito empieza y termina en el aire pero ¿que pasa en medio?. Comer no un elefante, sino un planeta, la tierra entera, atiborrada de elefantes, mordisco a mordisco. Alguien en algún lugar inventa una palabra, pero ¿quien inventó la última letra? Mejor, ¿quedan letras por inventar, por arrancar a los sonidos que somos capaces de emitir? ¿Que tienen que ver las letras con las notas?

Ando buscando la tierra firme donde embarcó esta aventura, pelando la cebolla aro a aro, pero solo encuentro un final lacrimoso. ¿Llorar es la esencia?

Desnudo en la cama amanece y polvorientas, las grandes palabras, inconsistentes, se desmenuzan zarrapastrosas. Dios, la Verdad, la Realidad, la Justicia, el Amor, que pesadez. La crisis se agudiza, no hay manera de hacer pie, de encontrar tierra firme donde asentarse pero queda la fe.

La fe es pura energía. Ideo que un juego de jerarquías: fe, poder, dominio, control, podrían estar escondidas tras la idea de crear. Los dioses juegan, sueñan... La fe existe, es energía.

Pintar es una mierda, ni mejor ni peor que otras miles de mierdas que inventamos para hacer algo por el simple motivo de que algo hemos de hacer, que es lo que tiene la cosa de vivir.

Si, pintar es una mierda pero, con una pizca de fe se convierte en una maravillosa compañía (aliviar la soledad, un deseo siempre insatisfecho), en un circulo energético que contiene todo el universo conocido. Lo tengo claro, antes que el Dios creador, que viene a ser el artista antes de ser artista, está la energía, la fe de coger un lápiz y esbozar una idea. De la nada la fe empieza a crear un mundo, pero cada pincelada que da, le quita, al artista, cachos del poder que disponía (todo) en el inicio de su aventura creativa. El inmenso poder de la fe, lentamente triturado por la corrosiva acción de lo concreto y así en un intento para recomponer su declinante poder creativo el artista se agarra al dominio, a la maestría, un subproducto quisquilloso que entorpece el poder creativo y que tiene su paranoia final en el control absoluto que representa la obra terminada, la antítesis a la energía creativa que siempre representa lo creado. Bueno, no sé si queda claro, que yo ya me entiendo.

29 septiembre 2010

Sueños de verdad


Esta tarde, repantigado en el sillón del caos recibí la desagradable visita de una harapienta verdad. Que mal aspecto tienes, le dije. Pues sí, tu sabrás, contestó con amarga y desolada tristeza, así es como quedé de tanto maltrato. Mira que siempre a mano me tenias, continuó la maltrecha y abatida verdad, cuidando de estar hermosa y sonriente, dispuesta a consolarte de cualquier revés, siempre atenta a tu destemplado y variable humor, solícita como ángel de la guarda y a cambió, no te pedía más que la fe que ahora me niegas y sin este alimento me condenas a pordiosear. Así es como me ha dejado tu miserable rigor, ricura. Dame algo de comer, por caridad.


El insoportable murmullo come cocos de la televisión me despertó del premonitorio sueño. Cogí el mando a distancia dispuesto a enmudecer-la cuando, como demasiado a menudo sucede, algo en la pantalla captó mi atención. Un señor hablaba de una tal teoría de cuerdas y como me sonaba el nombre de otro programa de humor donde cuentan anécdotas domésticas de un grupo de físicos frikis, me interesó el tema y atendí. Como casi siempre sucede, no entendía nada, pero los dibujos animados de la ciencia me entretenían, curiosamente estas representaciones tienden hacia una clásica abstracción. Son los dibujos que ahora tocan para representar una extraña realidad superando subrepticiamente a los bisontes de Altamira. Se terminaba el reportaje y entonces fue cuando, en las conclusiones finales, me alarmé.


Los físicos teóricos buscan una teoría que resuelva los enigmas de la existencia, fundamentalmente la nuestra, esto ya lo sabia yo, que me parece que a nadie más le importa un pimiento la anécdota de como se montó este tinglado. El presentador comentaba que al parecer, los físicos se han puesto de acuerdo en ocho leyes básicas (y las enumeraba) que mas o menos resuelven el como funcionan las cosas. Supongo que a la teoría de cuerdas le toca condensar todas estas leyes básicas en un todo divino. Hasta aquí la cosa perfecta y todo el mundo (digo, todo el mundo de la ciencia) contentos y casi, casi de acuerdo. Pero, pero, pero, siempre el casi, que es que no hay una sola teoría de cuerdas, me soltaban cariacontecidos científicos desde tele, que tenemos cinco de distintas y que esto no puede ser, que solo una puede ser la verdadera.


Al fin, en una rueda de entrevistas a físicos eminentes las reflexiones que se hacían eran más bien corrientes, mostrando más que nada el carácter específico de casa físico: el optimista, el simpático el aburrido, el divertido, el triste, el optimista, etc. A mí el que me desarmó fue el cínico que decía: si tenemos cinco teorías, quien te dice que no puede haber veinte, o más, o lo que es peor, que no haya ninguna y que todo solo sean imaginaciones, elucubraciones de nuestra mente. Segismundo cabalga de nuevo en la vida es sueño de Calderón, pensé o... es que lo soñé? Esto de la huelga no me prueba.

28 agosto 2010

Dudas



La realidad es el tiempo que hace y no el tiempo que pasa. Hace calor y esta es la realidad de hoy, todo lo demás que pueda ir desgranando desde estas líneas, es fantasía. El calor es en general un fastidio, como el frío, o el hambre, o el dolor o cualquier inclemencia que martirice nuestro cuerpo. Pueden reunirse juntas varias de estas inclemencias fastidiosas, sufrir, me parece, consiste en esto. Como no soy especial, me cuesta como todo el mundo, más aún si cabe, dormir estas noches calurosas de verano. Lo cierto es que tengo la sensación, desnudo en la cama, que paso la noche intentando dormir y que quizás en algún momento duermo. Intento dormir y duermo, intento dormir y duermo y así pasa de lenta la noche.

Esta mañana pensaba en el querer y en el hacer, en el quiero dormir y duermo que me acuciaba por la noche y así me vino la imagen de deshojar la margarita, pero no con el me quiere no me quiere convencional, sino con el te quiero o no te quiero que desgrana nuestro particular egoísmo. No sé como se puede sacar nada en limpio de las encuestas de opinión si en cuestiones importantes nos ponemos a deshojar, a menudo, margaritas para que decida el azar. Quizás por esto divagamos sin parar y sea esta una de las razones de lo poco que nos cuesta hablar aunque no tengamos nada que decir. Tengo muy, pero que muy claro como debe actuar todo el mundo, presidente de Estados Unidos incluido, pero en lo que a mi se refiere, me carcomen tanto las dudas que deshojo margaritas sin cesar. Me piden que decida, que escoja entre Pinto y Valdemoro y sin dudar elegiría Pinto si Pinto fuera sólo mío. Como de ordinario esto no ocurre empezamos con el juego de las balanzas, con los larguísimos listados de pros y de contras, con sus derivaciones infinitas que nos colapsan y que intentamos superar luego con simplificaciones excesivas. Abrumado pues, con un sinfín de dudas insuperables, cuando me preguntas: ¿Me quieres? respondo que si mientras te tengo delante, quizás dudando un poco, aunque al rato te quiero mucho al recuperar una dulce imagen que recuerdo con cariño, o porqué me siento solo, o porqué me azuza el deseo, o porqué no quiero pensar y se estableció desde hace tiempo que te quiero. Las dudas propias no las perdonamos en cambio en los ajenos. ¡Decide ya de una vez si me quieres o no me quieres! No quiero sufrir más por esto, concédeme de una vez el amor eterno.

Muchas veces deseo no pensar. Ahora mismo lo tendría como premio porqué, siento que me recreo demasiado en pensar en lo que pienso. Pensaba el otro día que no es fácil vivir sin Dios, hace años que una parte del mundo lo intenta y poco a poco parece lo van consiguiendo. Así que me encuentro sonriendo cuando pienso en los que predican que sin Dios, sin las normas y mandamientos que implica, nos convertiríamos en animales salvajes y que la sociedad resultaría así ingobernable. Vaya, como si los poderosos estuvieran todo el tiempo pidiendo consejo a Dios al cometer sus continuas tropelías, si al fin parece que Dios es un invento sólo para los gobernados y que se legisla en exclusiva para ellos. Ocurre que se nos impone a Dios, o las leyes, o las normas como si no fueran un acuerdo, como si fueran algo indiscernible, inapelable e inmodificable. Demasiados ins para mi gusto disoluto aunque lo cierto es que cuando empiezas a dudar de Dios, de las leyes, de las normas, las cosas se te complican. Sin el corpiño de unas obligaciones imperativas a las que obedecer debes decidir y como no puede ser, o no debería ser lo de luchar contra todo el mundo, se ha de negociar los términos en cada cuestión que surge. Has establecer los límites y las necesidades que han de regir, desde el respeto que ha guardar el que elige vivir sin el acomodo de unas reglas que le limiten. Desbrozar las posibilidades que tiene el que se siente libre de escoger sin cortapisas lo que ha de importar en su vida. Así que vuelve a determinar el azar en lo que cansa de discernir, que sea pues el fluir quien decida, decides tantas veces aturullado, quizás demasiadas, por las insistentes dudas.


15 mayo 2010

Voto particular


Como acostumbramos a valorar el mundo desde opciones particulares, la objetividad no existe. Todo se puede cuestionar, y los puntos de vista pueden llegar a ser contradictorios sin dejar por esto de ser honorables, de común la jerarquía, el poder o la fuerza se impone para que prevalezca una opinión por encima de las demás. Así funciona y seguirá funcionando nuestro mundo. Los listos saben que honorable será, aunque a la fuerza sea, la opción que sale vencedora, que una cosa es el presente y otra la historia. Con este silogismo creen que las argucias son válidas y hasta justas si con ellas se vence. Pienso que a nadie le gusta ser el malo de la película, aduladores se acopia para ello y que más bien los protagonistas se quieren ver como adalides de las esencias, como aquellos que solo debe juzgar la historia, esta que queda en un lejano futuro, tan lejano y circunspecto como la muerte. Actúan como los creyentes, con margen de maniobra para el arrepentimiento por si se tercia.

Los de a pie, los que dirimimos batallas domésticas y de supervivencia sabemos que la historia nunca cuenta con nosotros pero a cambio nos permite dictaminar quien será el bueno y a quien le tocará el papel del malo de cada dilema que se nos ofrece. Formamos parte de una opinión pública que la modernidad intenta doblegar con todos los mecanismos que dispone y este dictamen, manipulado o no, no acostumbra a ser tan generoso con los que vencen como lo son los cronistas de la prensa diaria.

No tienes que ser un lince para discernir quien, de la estricta actualidad, pasará a la historia como el bueno o como el malo de cada conflicto, que la justicia popular no tiene tanta retranca ni vericuetos como los que nos toca penar con los rigores o los caprichos de las oficiales. Sé que es puro romanticismo y que no sirve de nada, pero me gusta pensar que merecida o inmerecidamente los protagonistas de las historias sienten en sus entrañas la calificación popular del papel que hacen. Supongo que a la mayoría les importará un bledo, aunque seguro que si ha de ser de propina a todos les gustaría hacer el papel del bueno. Pero que si no se da, tienen suficiente con el, si no puede ser que no sea, yo a lo mío y a la historia que la zurzan.

Si los conflictos que se dirimen son entre jueces, ¡para que les voy a contar!

27 marzo 2010

Estratos



Dicen, que si tienes dinero para invertir (que no es el caso), lo hagas en algo que entiendas, que si no entiendes el negocio o la palabrería con la que cualquier banquero intenta embaucarte, no pongas ni un duro. La cosa parece evidente. Yo predico a mi hija que lo que se conoce, por complicado que sea, resulta sencillo y lo desconocido por elemental que sea, muy complicado y difícil. Muchas veces leo artículos en que no entiendo nada, claro que esto no me cuesta ni un duro, y a pesar de ello y aunque diserten, y quizás por ello, de física cuántica, casi siempre acabo encontrando una poética metáfora iluminadora o frases como “Lo más importante es el agua” que me reconcilian con lo oscuro.

Me gustan, como a todo el mundo los milagros y pienso, como ayer cuando leía una embrollada defensa del lenguaje que aunque no entienda nada o poco, algo queda. Mantengo este tipo absurdo de fe.

Estratos, esta mañana pensaba en estratos, en los dichosos estratos. Estratos, niveles, capas, que no son más que miradas, marcos… distintos puntos de vista coincidentes en el tiempo y que conforman la instantánea realidad. Cada uno es parcialmente real pero la realidad cierta sólo es el enrevesado todo. Ahora me da por bautizar lo que pinto, tu haces una cosa, les das argumento y nombre y tienes una película. Un figurado y transparente cacho de realidad, da igual que sepas o que no sepas lo que has hecho. Pinté este fin de semana unos estratos que no sé si, más adelante, derivarán en orgánicos o en cualquier otra cosa. Así pues de la nada me permito crear pintura estratificada vete a saber sí orgánica. ¡Que lujos me permito!.

Que nadie me acuse de maniqueo por decir blanco, o guapo, o viejo, o malo, o pesimista, por la necesidad que tengo a veces de partir la realidad de un tajo y darle un nombre a cada mitad, porqué es lo más elemental y lo más cierto, el único nivel que poco tiene para discutir. De esta manera nos defendemos enérgicamente de lo que se nos escurre sin remedio de entre los dedos. Ahora me pilló esto de ser de derechas o de izquierda, conservador o revolucionario y luego no me digan que el uso de según que palabras para identificar una idea no sea tendencioso. ¿Porqué últimamente no nos dejan creer que es posible el progreso entendido como un bien para todos? Que anda la machacona derecha en que las únicas recetas que funcionan son las suyas aunque luego marginen a tres cuartas partes de la humanidad, (si no a más), que todo lo otro son cuentos, y tanto y tanto lo repiten y aseguran y de tantos voceros disponen, que han convertido en un plis plas al mundo entero en una colección de seniles conservadores. No entiendo ni me puedo fiar de lo que con artimañas aseguran en disertaciones estériles o ininteligibles. No sé que daría para que el mundo de las ideas fuera más sencillo, más maniqueo, que ya somos mayorcitos y la sociedad lleva perdiendo muchas guerras y me parece que ya toca tener claro por fin que es lo que queremos, que es lo que nos favorece, a que aspiramos, hacia donde hemos ir y ya por pedir, hacer algo urgente que nos proteja de tanto ruido mediático, de tantos mensajes tendenciosos que nos colapsan, anulan, torturan y nos acaban convirtiendo en un sacrificado y adormecido rebaño de dóciles y quisquillosos insatisfechos.

Parece que solo sepamos decir, mande?

06 marzo 2010

La inconsciencia



Ayer por la tarde estaba dibujando exactamente igual que otras muchas tardes de mi vida y como otras tardes, aprecié con gusto que en aquel momento me lo estaba pasando bien, y intente razonar, que ahora a menudo me da por aquí, el porqué unas veces me lo paso mejor que otras si siempre hago lo mismo. ¿Es quizás a causa mi estado de ánimo o será que estoy inspirado, o beodo, (que no era el caso), o… vete a saber? Decidí, tras cavilar un poco, que lo paso bien cuando relajado, dibujo de manera intuitiva, irreflexiva, sin otra voluntad que dejarme llevar por ocultos automatismos, siguiendo musical el onanista placer de sorprenderme a mi mismo. El problema es que cuando atiendo que estoy en este trance se rompe enseguida la magia que lo inspiraba.

No me costaba, hace unos lustros, atender curioso cuando pasaban por televisión los luctuosos documentales que reflejan la fiera vida animal. Pero me saturé de ello y ahora pienso que todos los que nos empapamos de estos selváticos dramas somos como doctores en zoología antropológica o como sea que se diga esto de la vida animal, desde los protozoos a los homínidos. Ahora quedo colgado al instante de las historias que cuentan de la prehistoria, que bonito. En uno de estos documentales aseguraban hace poco que la funcionalidad de los utensilios usados por los Neandertales y los Cromagnon era muy parecida. Así es que, no sé muy bien con que argumentos decidían que los Cromagnon fundamentaron su superioridad en la capacidad de transmitir, de relacionarse, de hacer arte elaborando los primeros objetos sin clara funcionalidad, gratuitos. Con unos recién estrenados guantes de látex una doctora mostraba con sumo cuidado y delicadeza el resultado de reconstruir una flauta de hueso hecha trizas… Esto para los prehistóricos, decía la doctora ensimismada, es como ir a la luna para el hombre moderno. Vete a saber, digo yo, si no serán estas opiniones también conjeturas gratuitas.

Hablo tantas veces del mejor momento del día que… esta mañana en los minutos que tengo de paseo mientras voy al trabajo, pensaba que sí, que es posible que el arte sea una increíble fuerza evolutiva, porque el arte no pertenece al cronometrado tiempo de la competición por la supervivencia, sino que pertenece a un inalterable y suspendido tiempo del azar, del gusto puro, de aquella increíble química y satisfacción que nos comunica con lo que es, mucho antes de que podamos concretarlo, mucho antes y mejor de lo que aún no atinamos a nombrar.

28 febrero 2010

Caixa Forum



“La mirada de l’artista” de Caixa Forum, es esto, la cultivada mirada de un artista a sus contemporáneos para deleite de aquellos que gustan de muestras compactas. Importa, lo sé, el simbolismo de una selección porqué refleja una manera determinada de mirar, también para conocer las señas de identidad del que selecciona o como mínimo la definición de un determinado gusto. Pero se le debería añadir a cualquier exposición el significativo gesto que implica la mirada del consumidor, de la que, por desgracia, no tengo otra referencia fiable que la mía. Así que, de la misma manera que en cada exposición lucha el artista para definirse con las obras que escoge, con su unidad o la diversidad, con lo que le atrae o repele, el espectador también tiene la opción de entrar a saco, limpiamente, lo que se dice a pecho descubierto o de manera tangencial, sesgada, de tendencioso refilón en cada muestra. Entro a saco, pues, en Arco y me dejo inundar por las sensaciones. Entro sesgado siguiendo crítico la especulativa mirada de la selección de Luis Gordillo y su personal gestión de mundos. De hace años contemplo a las exposiciones que tienen aires museísticos o de colectividades inconmensurables, de reojo, porqué se me cansa rápidamente la vista. Decae aturdida o por la ingente cantidad o por la calidad, la atención mínima que necesito para gozar de las obras.

Y que conste que no me interesan nombres, ni cronologías, ni estilos, ni necesito centrarme en ismos académicos, no es de mi gusto y tengo licencia para ello desde hace tiempo. No voy, ni miro de cada cuadro su autoría, título, técnica, tamaño y tiempo o cualesquier otro dato que sea para otros significativo, lo que me sé, me sé, es lo que hay, y lo que no me sé, si no gusta a bote pronto, sigo las imposiciones de la banal conciencia moderna que predispone a olvidar de inmediato. Craso error, pues conozco lo intrincados que pueden resultar los senderos del placer, tantas veces escondido el gusto y disfrute detrás del esfuerzo de un casual o estudioso tesón… O sea que, me acostumbro a dejar llevar por las sensaciones y siempre de refilón, pues ya dije que ando con ojo de no agotar mi mirada y perder intensidad en lo que me interesa. Así es que gasto un conjunto de miradas que se soslayan o superponen y supongo que me defienden de las obras a las que atribuyo vanamente la cualidad de superfluas. Me parece que lo que ocurre es que lo paso bien con mi hoja de ruta compuesta de distintas miradas trasversales: los ojos del artista y los míos y los de mis vecinos de aventura y los del observador que se observa y los del guardia que previsiblemente me reprimirá al acto por tocar lo intocable. Luego están los que andan en trance de flotar como sensibles espectadores de nivel que son y chirrían los comentarios legos mientras me escabullo al trote del mal envejecer de algún factótum sagrado de otros tiempos. La oficialidad protege lo que fue y que a más, claro, es negocio o inversión, pero que me dejan a veces el regusto amargo de lo decrépito. Poco de lo reciente envejece bien para unos ojos acostumbrados o viciados por la fugacidad de los vibrantes espectáculos modernos.

Y este es otro tema, pues pienso que no tiene sentido ver lo expuesto a la carrerilla, que es lo mismo que intentar ver todo Paris, o cualquier otro sitio en un fin de semana por aquello de poder decir, estuve allí, foto incluida, en una cena de amigos. El arte debería llevarse a casa como los libros y tenerlos un tiempo para poder mirarlos, retozar con ellos, sentirlos enteros y no sólo rozar lo que es superfluo. Quizás entonces podríamos descubrir sin intermediarios lo que vete a saber si inventan los ceñudos críticos en sus comentarios en diarios y libros de texto. Yo, he decidido guardar tres paredes de mi casa para instalar y contemplar con detenimiento tres obras de cada exposición que me interese. La primera pared para gozar de lo que atrae a mi atención de inmediato, la otra para la obra que rechazo, incomoda, abomino o lo que sea y la tercera reservada para más tarde, para aquella obra que sin mirar vi y que luego incomprensiblemente aparecerá en el recuerdo. Una vez empapado de ellas, pasado un tiempo, las cambiaré por otras de cualquier otra exposición que reúnan los mismos intereses o maldiciones. Aunque ya sé que esto es un sueño, que este es uno de aquellos placeres que, en fin, nos están vedados.

Que hi farem

08 febrero 2010

Geografía vital

Meritxell me entrega un DIN-A 4 para que le haga un dibujo abstracto que represente el espacio por donde he circulado, por donde ha transcurrido mi experiencia vital. La cosa tiene gracia porque, reflexiono, ¿no es esto lo que he descubierto hacemos toda la vida, buscar, adaptarnos a una geografía íntima donde sentirnos cómodos? ¿Poder subir a un taburete y orgullosos vocear éste soy yo, éste es el reflejo de mi actividad vital? Claro que yo hablo como artista plástico y para mi, la pregunta no tiene doblez, así es que voy y pinto cualquier cosa, esto mismo que encabeza mi escrito y que resulta que es mi último dibujo, y en él se encuentra un detallado mapa de lo que ahora es mi geografía vital. Pero, ¿qué busca Meritxell, licenciada en bellas artes y futura antropóloga? ¿Encontrar en el hombre moderno los rasgos abstractos que los prehistóricos pintaban o rayaban en los salientes de roca o en las cavernas, o el mundo que ocultan los automáticos dibujos de oficina a los que mi gusto ha sucumbido?

Conceptos, teorías, he aquí el mapa físico donde se establece el actual campo de batalla en el mundo del arte.

Me bajo del taburete donde voceé mis logros para sentarme a suspirar por las pérdidas y reflexiono que el concepto viene a ser para el arte como la especulación en la economía, una cosa que da beneficios sin el engorro de tener que producir riqueza, sin la necesidad de labrar obra. Y, ya puesto, como me he sentado cómodo en el taburete, las piernas abiertas, los codos sobre las rodillas y las manos enmarcando el rostro, me permito el lujo de pensar en el minimalismo, que es un paso anterior al concepto puro. Vete a saber donde está mi territorio. El caso es que no puedo alejarme de lo que me absorbe, mi geografía, donde cualquier atisbo de equilibrio se encuentra seguro en el siguiente rasgo, en la siguiente acción, en el siguiente ataque, aunque poca fe tengo en ello. Una vez asumes que la vida se establece a partir del desequilibrio, qué mejor que el caos como modelo de geografía. No seré yo el que doblegue su prolífica capacidad de desorden.

Pero no piensen mal, me gusta, adoro el orden. No encontraremos en parte alguna la seguridad que emana del orden, de lo que se establece sin sombras, la poderosa fuerza de la perfección cuando muestra con orgullo que esto es así porque no puede ser de otra forma. El orden puede llegar a ser muy convincente, y de hecho me da por pensar que es el único que tiene alguna posibilidad de convencernos. De hecho, hace años que debiera haber sucumbido a su encanto y ahora sería un hombre de orden, y no un desnortado, como es el caso. El problema del orden es que deja poco espacio a la imaginación, y puede encorsetar de tal modo que en vez del pretendido equilibrio convierta su rigidez, la comodidad en sudario. Ya descansaremos al morir.

Así es que veo el minimalismo como muy franco, todo se ve muy desnudo, sin ninguna doblez, como sin trampa, como poca cosa, es aquello de mover aquella piedra en un campo de arena arado y caer en satisfactorio trance. No sé porqué se extraña Moneo si el cardenal, para dar algo de vidilla a su elemental catedral, pone unos cuantos relicarios kitsch en medio de tanto diseño serio.

Si, me gusta el orden, pero tanto el orden como el equilibrio del que tanto presume la gente de bien no dejan de ser un aburrimiento, un solemne tostón. Así, me gusta pensar que el diseñador famoso sale escopeteado de su residencia, de su mínima nadería a cualquier sucio e infecto tugurio para sentir o sentirse con vida.

Tenemos lo de siempre, unos pocos y simples elementos que combinados hasta la saciedad por la acción especulativa del caos, se conviertan en absolutos y, como muestra de tal desvarío, estamos nosotros mismos que, para podernos aproximar a lo que somos, necesitamos montar un tinglado a base de imágenes, que, para poder acercarnos a nuestra naturaleza, ideamos una infinidad de conceptos que solo llegan a esbozarnos ligeramente.

Ay, encontrar el concepto perfecto, esto me parece que es la fórmula que andan persiguiendo los físicos teóricos desde Einstein para poder contestar sin problema todos los enigmas planteados.

03 febrero 2010

Pintura orgánica


Cuando me pongo a escribir sé sobre lo que voy a hablar aunque luego me lío con el antes o el después de lo que pretendidamente quería decir. Los últimos y gratificantes coletazos del romanticismo me llevaron a creer en la posibilidad de que el poeta, en estado de absorta inspiración y mientras juega con la musical alquimia de las palabras, crea oscuras metáforas que otras mentes iluminarán. El poeta sería pues el inconsciente profeta de lo que con posterioridad se desvela. En su constante batallar con el hechizo de las palabras y con la ayuda de una obsesiva insistencia en la perfección, consigue que las palabras se rebelen libres para revelar lo oscuro, para que trasciendan en luz. De la oscuridad a la luz al amparo de una imagen, esta es la fuerza de la metáfora. Embargado por tales emociones no puedo dejar de celebrar cuando descubrí que la luz tiene que ver con el conocimiento. Cuando la tentación de la luz se convirtió en mística inalcanzable.

No es conveniente abandonar la fe, algún tipo de fe que valide las imágenes con las que habitualmente convivimos y que sinuosamente conforman nuestra existencia. Así adquirí la fe de que el trabajo aparentemente sin provecho de embadurnar papeles podía producir en algún momento el milagro del poeta en mi y que, en crucial estado de trance, pudieran mis manos recrear milagrosas imágenes que sin entender fueran para otros reveladoras. Esta fe me convirtió en sacerdote de la luz que es como acostumbran a ser todos los sacerdocios, una especie de intermediario que venden milagrosa claridad a quien la busca y pretende, vete a saber a cambio de que.

De la luz a la oscuridad hay un solo paso y la llave puede ser una metáfora, una imagen, pero también una mezcla de colores o de formas que generen la ilusión de ser, el estado de ánimo óptimo para recrear la conciencia de que estamos inventando, de que podemos inventar un limpio y nuevo futuro. Este tipo de fe libera de convenciones y miedos de aventurarse en la oscuridad de lo desconocido. El talento artístico se identifica pues con la facilidad para encontrar rápidamente estos caminos.

De joven creí que, por un milagroso designio divino, podía tener talento, hasta que crueles me abandonaron designios, milagros y dioses y quedé de humilde y simple condición humana. Así es que, en mi reconstrucción personal desde el barro, cualquier tipo de fe era bienvenida y la fe de que con largos y agotadores rituales componiendo incomprensibles dibujos también podía, vete a saber que razones encontré, llegar a alcanzar algún milagroso resultado luminoso. Esta fue una tabla de salvación y mi bautismo iniciático en el honorable mundo del trabajo que, como todo el mundo parece hoy saber, tan reñido está con el talento.

Lo que sigue quería decir y no pienso prologarlo con más preámbulo ni prolongarlo con otras disquisiciones, aunque podría. Se me ocurrió el otro día y me dije, a esto lo bautizo yo como pintura orgánica porqué me da la gana. De la mano del absurdo voy y vengo de lo abstracto a lo concreto sin voluntad ni deseo de definirme. En plena abstracción veo figuras y según el estado de ánimo contemplo si intervengo y las persigo o abandono y descompongo. Nunca empiezo con prefiguraciones, es más, no las quiero. La cuestión es que hace un tiempo me enamoré de los dibujos de oficina, estos dibujos que la gente hace mientras mantiene la atención en otras cosas. Son como caligrafía del alma. Sobre esta base profundamente orgánica de distraídos dibujos míos o de otros, empieza la reflexión y poco a poco adquieren la solera necesaria para que me estimulen. No entiendo los dibujos que me salen, para que lo quiero, solo deseo no perder la capacidad de que sigan sorprendiéndome y suspiro, esto si, para que a alguien iluminen.

26 enero 2010

Coletillas


¿Adónde vas? Siento que digo.

Debería sentirme avergonzado de estas coletillas que lanzo de vez en cuanto mecánicamente, más que nada porqué luego la gente, obligada, me cuenta lo que hace o se lo inventa que no sé lo que es peor. Muchos de estos dardos resultan impertinentes, eres un tío raro, suelto a un tío que estupefacto le noto que carbura a toda pastilla preocupado por donde veo su rareza. ¿Triunfaste este fin de semana? Pregunto a una funcionaria que se le retratan en los ojos las dudas, más que nada para intentar averiguar que es lo que sé y que es lo que debe o puede contarme. Es como el ¿estudias o trabajas? que tanta cancha dio en el paleolítico superior. Tú no me quieres, vocea mi hija tres veces cada día cuando la tengo en casa. Las sueltas sin pensar, sin esperar respuesta, quizás solo para que se note que existes o para notar que tú mismo existes, que tienes voz.

¿Qué haces? Notas que estas preguntando sin voluntad de que te contesten, como cuando con educado interés lanzas un ¿Cómo estas?, sin valorar que luego puede haber sorpresas. Voces insustanciales, espasmos incontrolados de la necesidad de ser, como toses o tics indeseados que surgen abruptamente, incontrolados y a veces inoportunos. ¿Y tú mujer? Preguntas al viudo a veces no muy reciente y otras meteduras de pata de muy distintos calibres. Muchas veces por culpa de andar por el mundo haciéndote notar con el piloto automático puesto. Es el tributo que se cobra la cortés descortesía provocada por lo que más que preguntar soltamos. No creo que haya escondido en ello otro subconsciente que no sea la imposibilidad de estar al loro, de estar al día, de poder mantener un trato específico con cada persona. Tenemos límites sociales que intentamos sobrepasar con trampa. Trucos que utilizamos para abarcar ámbitos que no tenemos capacidad para atender con atención personalizada. Cortesías que en general tienen mucho que ver con la buena educación, pero que al ritualizar, sirven, más que como trato personal, para descubrir con bochorno que estamos en todo lo contrario.

Y si te sientes maltratado al verte objeto de este tipo de trato. Si te consideras una víctima de la indeferencia que de él resulta, debes recordar que mucha gente vive agarrada al amparo de este mínimo sustento. Que estos hilos automáticos que tendemos con el mundo conocido son los que mantienen tensa la red que entre todos tejemos, la urdimbre que nos cohesiona y que hace más confortable y seguro el mundo en que vivimos. Que vivan pues estas coletillas, estas convenciones inofensivas o estas simples meteduras de pata.

16 enero 2010

Biologia



Eficacia biológica viene a ser el grado de adaptación de un organismo en el medio donde vive, adquirido a lo largo de la evolución, que le permite aprovechar al máximo los recursos de los que dispone. Sin esta facultad, la supervivencia peligraría. Nuestra facilidad para adaptarnos, hasta ahora, a todo tipo de condiciones a las que nos hemos enfrentado certifica la eficacia de nuestra especie para sobrevivir y cuando digo especie, digo especie, pues al contrario que el león, curiosidades aparte, ahora, solos, perderíamos casi toda funcionalidad. Somos de fundamentos sociales y, con lo de la globalización, de la humanidad entera sin remedio. Así, a pesar de lo arbitrario que resulta escoger cualquier marco para valorar la realidad, para adquirir nuestra máxima eficacia debemos atender los valores del bien común. Nunca me pareció tan claro como ahora que el bien, lo ético, anda por lo que favorece a la sociedad y que podemos señalar como malo las actividades que vulneran este principio o aquellas actitudes egoístas que hace que acaparemos hasta el escándalo mucho más de lo que necesitamos para ser felices. Si, como se sabe desde tiempo inmemorial, el hombre feliz no tiene camisa, es seguro que la sociedad seria mas eficaz en el uso de los recursos necesarios para nuestra supervivencia con sólo modificar la escala de valores que la sociedad occidental ha impuesto al mundo entero.

Ay, me parece que la cuestión con la que tropezamos es el espectáculo. Las demás especies se asoman al mundo del espectáculo sólo cuando toca, que acostumbra a ser con los números que se montan con el asunto de las danzas nupciales y basta. Ahí nos pilló la cosa. Nos mediatiza el instintivo pavoneo, origen de todos los espectáculos, y el espectáculo en que degeneró nuestra danza nupcial sale carísimo y no digamos la danza nupcial de algunos escogidos prepotentes que se permiten arrasar con los recursos y energías de la humanidad entera. Joder con el joder.

14 noviembre 2009

Fe


La inteligencia no es suficiente para que seamos razonables, es más, cualquiera, -y acostumbra a ser bastante común-, puede poner su inteligencia al servicio de alguna idea descabellada sin dudar en ningún momento de la bondad de su criterio. Pero bueno, esta es nuestra fortaleza o debilidad, según se mire, porqué la vida se nutre de la fragilidad de lo artificioso, de la trampa, de la locura, de una fe incombustible en que los milagros son posibles y que de ordinario suceden.

Si acuerdo motu proprio, que nada roza siquiera la verdad porqué la verdad tiene tantos perfiles como intereses nos mueven, quedo sin uno de los fundamentos que nos sustentan, pero sin duda, necesito de su apoyo, aunque sea ficticio, porqué es el que me indica la dirección de lo que espero que sea correcto. La verdad se confunde pues, mucho más a menudo de lo que pensamos con la fe y certifico que con ella es cierto que se mueven montañas. La fe tiene el mismo poder que la fuerza de la atracción universal. Cuando nada quede, persistirá inagotable su energía.

Al mismo tiempo he de tener cuidado con estos delirios que me invaden y transcribo, pues tienen el poder de confundirme con su apariencia de certeza, de tersa verdad y me alejan sin buscarlo de la compleja realidad en la que se halla inmerso el mundo, mi mundo. Las paradojas quedan flotando en el aire con aspecto de estupideces infranqueables. Mientras ponen al descubierto otra de las fronteras que no se pueden rebasar. Son el muro donde, constantemente, nos damos de bruces, donde se hace añicos el esfuerzo que dedicamos en descifrar los enigmas que esporádicamente nos planteamos.

Invento la realidad, mi realidad, con un minucioso deambular que ocupo a menudo en reconstruir el pasado o que dedico a elaborar propuestas para condicionar el futuro. Pero mi realidad y cualquier proyección de esta, está seriamente condicionada por las premisas derivadas del lugar en el que vivo. Es decisivo, no solo porqué es donde he de afanarme en cubrir las necesidades que me indican he de satisfacer, sino porqué influyen en que vea un tipo de mundo que con precisa arquitectura entiendo como mío.

Actuamos con un exceso de condiciones determinantes para luego creer, como creemos, que podemos modificar a nuestro antojo cualquier realidad vigente y esta fe que sin palpable razón defendemos, actúa con rigor extremo, no en forma de milagro, -que los milagros o los accidentes no surgen de la nada-, sino como gota malaya que desmenuza con sutil paciencia conceptos o mundos de sólida apariencia. El espectáculo se da cuando explota en violento instante lo que su oculta actividad hizo posible con la ayuda insobornable del tiempo y se obra el milagro de que cualquier deseo es factible y en esto, muchas veces, la fe, ocupa un lugar predominante. Otra cosa es que sean los mismos que soñaron los que vean cumplidos sus ideales deseos.

Piensa Joan, razonable a su manera y con él un buen puñado de inteligentes, que no es posible eludir la violenta ley de la selva que subrepticiamente nos rige y que esta ley favorece siempre al más hábil, fuerte o listo. El caso es que esta ley sirve de oculto designio divino para que no se anden con excesivos remilgos por la vida, aunque algunos alimenten luego su condición creyente a base de confortables dioses con más ritos que milagros. Parece a menudo que están en lo cierto, pues pocos indicios hay de que pueda cambiar esta histórica tendencia. Ambición y poder. Utilización interesada de miedos y fuerza violenta para imponer prebendas y criterios. Egoísmos, amores y odios, todo un dramático mundo de pasiones elementales que pretendidamente nos van llevando a un sostenido progreso. No sé si luego es tan evidente como dan por supuesto los telediarios o los libros de texto. Si añadimos a todo ello, la necesidad personal de afianzarnos con constantes e ineludibles demostraciones de habilidad o competencia con los que adquirir superiores niveles de supervivencia, parece imposible blindar el acuerdo para unas reglas de juego más civilizadas, reglas que regulen la crueldad de los excesos y esto no solo se refleja en los relatos de nuestra historia escrita, sino también en el sordo y violento batallar que observamos en todas las especies… aunque maestros en utilizar a gusto las verdades, somos bastante hábiles para encontrar, esto si, siendo liberales con el rigor, aquellos ejemplos que nos dan la razón y que refuerzan lo que queremos demostrar.

En estas luchas establecidas entre los que defienden que no se pueden eludir los instintos primarios y los que tenemos fe en la posibilidad de un mundo ideal, parece, en una primera impresión, que siempre vencen los primeros, sin valorar, que todo lo que nos enorgullece, se consiguió a base de cantidades industriales de fe dedicada a conseguir imposibles y que sólo con esta fe se consigue hacer evolucionar los instintos más primarios. El problema de la fe es que sus efectos son lentos, lentísimos, casi imperceptibles, pero tan duraderos que luego son estos descreídos los que creen que lo que se consiguió a base de fe no se puede modificar, que es instintivo.

Así es que en estos temas he decidido no desesperar, lo que no deja de ser una curiosidad y como yo, tanto hoy en día como en tiempos pasados, encontramos una multitud de ejemplos de hombres y acciones tendentes, sea con la ayuda de leyes o de revoluciones de distintos calibres, intentar conseguir un mundo más justo, intentar domesticar, civilizar la barbarie que demasiado a menudo nos enfrenta al furor de los instintos. Piensan algunos listos que no tiene solución, que los episodios de crisis y violencia, la extrema pobreza, las situaciones de sumisión o esclavitud son necesarias, como si las guerras fueran aires regeneradores para la sociedad, como si todos los desastres fueran higiénicos recursos naturales para autorregular los excesos de lo que sea, hombres incluidos.

Discuto con Joan o con quien sea, que lo que no ocurrió en diez mil años puede suceder ahora mismo o en un inmediato futuro, más que nada porque en este momento, si no cambiamos en un tiempo relativamente corto, los efectos producidos por nuestro sistema económico pueden resultar catastróficos. Creo que existe en la sociedad actual una conciencia bastante generalizada de que el sistema actual empieza a ser insostenible. Ahora es cuando se debe demostrar que nuestra adaptabilidad es tan increíble como pretendemos pues hemos de ser capaces de vencer los instintos primarios de este egoísmo material que consideramos natural y que ahora resulta autodestructivo. Para regular el egoísmo parece imprescindible valorar positivamente la funcionalidad y la ética de una sociedad más justa y equitativa.

La cosa no es nada fácil y más si me contemplo a mí mismo. Predico y soy conciente de que el mundo necesita para sobrevivir una inflexión hacia parajes menos agresivos, pero también sé que cualquier evolución no es posible si antes no la interiorizamos hasta absorber genéticamente sus mecanismos y también que no hay mecánica sin práctica. Observo mis mecanismos y desconfío. Parece que aún me queda un largo camino y sé que el tiempo se agota y que hemos de darnos prisa en empezar a andar decididamente en este sentido si queremos llegar a tiempo con el remedio. No me digan que esto no es tener fe en imposibles.

19 septiembre 2009

Miedos


Se me pasó el tiempo de acusar de los males del capitalismo a unos señores vestidos de frac con sombrero de copa aunque alguno habrá que escenifique esta imagen a la perfección, y aunque todo el mundo puede ir señalando con el dedo a este, aquel o el de más allá, al que tengamos más manía del exclusivo puñado de potentados con excesivo poder o con riquezas desmesuradas, no creo que a estos sujetos se les pueda culpabilizar de otra cosa que de ejercer de ganadores en una sociedad en la que prima la competitividad y que es muy permisiva con especuladores y enriquecimientos de todo tipo. Seguro que tampoco faltan alquimistas dispuestos a ejercer de demiurgos, con la no sé si muy sana intención de influir interesadamente de por donde debe ir el mundo mundial. No creo que con estas componendas ni con cualquier otra varita mágica se pueda dirigir por donde ha de tirar la sociedad, así es que me pregunto muchas veces, supongo que como todo quisque, el porqué de determinadas situaciones cuando no tengo claro a quien benefician cuando es complicado distinguir al culpable, cuando creo que ni Maquiavelo pueda urdir tamaños desatinos. Así es que culpabilizo, como si de una cuestión de moda se tratara a unas tendencias que surgen de imprevisto como restos incontrolados de maquinaciones interesadas y me da por pensar que estos desechos son como el fuego amigo y que pueden adquirir, a veces, calibre suficiente para acabar con todo lo pacientemente construido.

Prevé la inteligencia enrevesadas componendas para llevar el agua a su molino, a gusto con su estricta y personal razón de la misma manera que quiere el artista, pincelada a pincelada, crear una obra maestra. Lo dijo hace tiempo el insigne Tàpies, que su ideal sería hacer una obra de una sola y perfecta pincelada que resumiera las justas y certeras pinceladas imprescindibles para llegar al deseado fin, pero lo que ocurre es que, como la primera pincelada no acostumbra a plasmarse con tal milagrosa rotundidad, debe el artista ir corrigiendo desde buen principio los errores cometidos y así le toca pasar subrepticiamente de la obra maestra al salvemos lo que podamos. Aunque luego lo que impera es esta precisa voluntad de perfección, de competencia, esta previsión ideal de cómo se debe armar tanto el futuro inmediato como el más lejano, esta gota malaya que quiere protegernos de todos los imprevistos que nos acosan y todo esto ha empezado a generar, en el caldo de cultivo de la sociedad de la abundancia, sentimientos contradictorios, situaciones delirantes como puede ser esto de los preenfermos, escogidos colectivos de riesgo que se medican antes de padecer enfermedad alguna u obligaciones que bajo la excusa de la seguridad personal atentan directamente contra la libertad del individuo para decidir sobre su estricta integridad física. Pero lo que más asombra de esta sociedad de la previsión y de la abundancia es el coloquial acojono general de continuo alimentado, desde todos los frentes, por la publicidad dada a una selecta colección de intangibles posibilidades de desastres reales o imaginarios.

¿A quien puede beneficiar una sociedad en constante situación de alarma, acongojada por una ristra de peligros latentes, ciertos o inventados, que no sean las sectarias y retorcidas mentes que piensan que la óptima felicidad es sospechosa de algo inconfesable y que puede llegar a ser peligrosa? No deja de ser curioso que estos selectos miedos no tengan en cuenta peligros parejos en estadística y que como en España mueren cada año cuarenta personas pilladas por un rayo no sea obligatorio a la primera insinuación de tormenta guarecerse bajo techo y cerrar toda actividad y las escuelas de la parte geográfica afectada. Otros miedos… miedo de morir en atentado terrorista que es una micro insignificancia estadística cuando mueren seguro miles de personas en absurdos accidentes domésticos, miedo a perder el empleo con gran jolgorio de empleadores sin escrúpulos, miedo a vivir asumiendo riesgos que es lo que nos haría más fuertes, miedo a enfermar sin estar enfermo o un miedo a tener miedo que nos convierte en civilizadas avestruces paranoicas.

Miedo al extranjero, a lo ajeno o a lo desconocido, miedo al mismo paso del tiempo proceloso. Miedo que debería ostentar la muerte en exclusiva justo en el preciso instante del glorioso transito a la nada, puesto que todo lo demás es sólo impedimento para la exaltación de vivir, para el goce de, esto si debería ser obligatorio, disfrutar a conciencia de lo que sea que dispongamos.

Pues esto, que deberíamos tener la obligación imperiosa de guarecernos siempre bajo un horizonte lleno de utopías posibles y felices y no dejarnos atormentar por los oscuros nubarrones con que nos amenazan las coercitivas catástrofes de siempre. Cuervos que acechan oscuros para amargarnos, concientes o inconscientes, la existencia.

Pues nada, a pasar de ellos…. si se puede.

Ya lo iremos viendo.

26 junio 2009

Dentro de un orden


Tengo un defecto inmenso que casi es pecado mortal, no me gusta trabajar. Defecto que por necesidad he de mantener a dieta, que no puedo, como me gustaría, holgar todo el santo día. Sigo pues, obligado, un horario de trabajo con fines nutricionales. Suena cada día laborable en la mesilla de noche, a menudo bien despierto, el despertador. Así aprendí que nunca nada es del todo malo. Descubrí que para mí, las mejores horas del día resultan ahora las que van entre las seis y las ocho de la mañana, mientras me manejo, aun incontaminado, a solas con mis pensamientos. Una imagen fugaz enciende, esporádica, una cascada de razonamientos que alimentaran después toda esta catarata de reflexiones que luego busco compartir.

¿Cómo no enamorarte del orden? Pensaba de buena mañana mientras para reforzar la imagen recreaba un idílico, pulcro y geométrico jardín.

De pequeño me resultaba incomprensible que fuera pecado la carne y me pellizcaba incrédulo los brazos ante la estupefacta mirada de mi amigo Eduardo. Me sonaba también muy raro lo de animal racional compuesto de alma y cuerpo. Hoy en día, con los grandes porcentajes de ADN compartido con gusanos miro como hermano a los simios. No será tanto el alma lo que nos hace distintos sino la habilidad adquirida de luchar para conquistar frágiles espacios ordenados como perfilados jardines versallescos. ¿Que es sino orden, letras, matemáticas y música para poner unos ejemplos? Nuestras ciudades, muebles y artilugios acotan minuciosamente los intratables absolutos. Es cierto que no hay un único tenedor pero nos entendemos a la perfección cuando los nombramos. Vive el mono en la selva y nosotros en grandes ciudades. Se cubre con una hoja la cabeza cuando llueve y nosotros tenemos aire acondicionado. ¿Es nuestra alma la que genera estos útiles objetos inanimados?

Deploro carecer de carné de conducir y así no poder transitar, sólo, por sinuosos y ordenados caminos, como este del caos que inicié un veintitrés de junio del 2006 en la mágica, tronante e insomne noche de San Juan. Seguí luego con la necesidad de parar el tiempo, pincelé también un poco del arte que cultivo, hablé del sedante delirio de viajar y terminé el mes de junio, hablando de transgredir el orden y acotar el desorden.

Este año, la noche de San Juan la pasé casi a solas de puntillas. A la mañana siguiente, al atardecer, asistí en un tugurio a una reunión de poetas domésticos que recitábamos sentidos poemas protegidos por la amistosa solidaridad de los que se reconocen como hermanos de laberinto. Acusé de sobremanera, en el desordenado y un poco triste ambiente bohemio, una ligera sensación de cálida claustrofobia, de pertenecer a una secta de conspiradores contra la modernidad que enemiga bulle en el exterior, y es posible que en parte, así fuera. Al salir, mientras Ene conducía suave entre el tráfico de la noche, entré en éxtasis medio adormecido por el murmullo de la conversación entre los poetas que viajaban en los asientos posteriores. Sin resistencia alguna mi relajada mente se prendó del estimulante espectáculo luminoso que ofrecían las calles comerciales de Andorra bien protegido dentro del vehículo y bien acompañado por unas azarosas y excelentes melodías que vete a saber que radio emitía. Así, desde mi burbuja automovilista, como espectador privilegiado de un mundo rutilante, aprecié indefenso la rotunda belleza y singularidad de un determinado orden que en aquel momento brillaba perfecto en mis pupilas.

18 junio 2009

Reflejos


Yo no soy nadie pensé en la contemplativa madrugada de hoy y por lo tanto no soy filósofo, quizás, porqué jamás se me ocurrió serlo cuando me tocaba la hora de ser, pero por lo que he entrevisto en este mundo, todos nos sentimos un poco Sócrates aunque luego quien cuenta es Platón. No sé como me atrevo hablar de lo que sólo conozco por referencias en los libros de texto u otras lecturas dispersas, sino es porqué últimamente me asaltan nieblas, o sombras, o espejos, y estos reflejos los asocio a la caverna del filósofo.

Desperté hoy con un leve y matutino insomnio que me hace reflexivo, muy reflexivo si es que debo hacer caso a que, de inmediato, mi atención quedó fijada en el reflejo que daba el cristal de la ventana abierta de mi habitación y que por un efecto espejo, doblaba visualmente una persiana idéntica a la real, una contrastada ilusión sin ninguna solidez. Puede ser que así empezara Platón con sus sombras.

Llevo muchos días de crisis, tantos que no creo que pueda definir el vivir si no es como una discontinua y empalagosa crisis de vivir. Quise por necesidad intentar flotar, me obligué a nadar, pues que yo sepa a nadie le gusta sufrir el ahogo profundo de la insatisfacción y a causa de ello me puse alocado a indagar sobre lo esencial, sobre lo que creía más substancial y me pareció que debía andar alrededor de las grandes cuestiones intemporales, los absolutos de siempre, los de los nombres fundamentales como Dios, la belleza, la justicia, el tiempo, el espacio, el amor, lo real, prendido obsesivo a conciencia por una necesidad vital de conquistar la verdad. Absolutos que resultan luego inabordables, tiempo que parece desperdiciarse en el inútil esfuerzo de comprimirlos, de simplificarlos, de hacerlos comprensibles. En estas lides encuentras, tantas veces, inesperadas simples y gratificantes conclusiones, que quiero pensar que por ello, quedas con creces compensado de la aventura de pensar.

Reflexionaba esta mañana insomne, sobre el efecto espejo y su engañosa verdad cuando descubrí que no empezamos a ser hasta que nos preguntamos por quien es nuestro reflejo, o sea que, sin un físico espejo donde poder vernos no se puede llegar a ser. Nuestro conocimiento nace pues de un espejismo. Nadie puede ser por si mismo. Esta obligada y tangencial manera de acercarse a la realidad es quien crea nuestros enmarañados mundos empañados por la falsa percepción de los espejos. La realidad no puede existir sino es en el marco que desvelan los reflejos, las reflexiones. Reflexiones que acostumbran a ser inciertas y dolorosas pues la anhelada plenitud que se consigue con la felicidad sólo es posible desde la inconsistencia del no ser (esto que viene a resultar la totalidad del ser, otro absoluto incomprensible de por si).

El éxtasis, la felicidad, es pues irreflexiva, inmediata, despersonalizada, situada en el limbo etéreo que nos da la inmediatez del vivir sin pensar. Instintiva y fugaz, abarca en su elementalidad instantánea tanto brillo que su recuerdo --una ilusión-- nos seduce y nos obliga para siempre a la insatisfactoria tarea de perseguir sus reflejos. Estamos castigados a luchar sin descanso con sombras en medio de la niebla para encontrar la luz en contados y ocasionales despistes, cuando desconcentrados e irreflexivos fluimos inconscientes fuera de nosotros mismos, cuando no somos nada y que luego en posteriores reflexiones, pensamos, sabemos y sentimos que fue cuando más fuimos.