28 agosto 2010

Dudas



La realidad es el tiempo que hace y no el tiempo que pasa. Hace calor y esta es la realidad de hoy, todo lo demás que pueda ir desgranando desde estas líneas, es fantasía. El calor es en general un fastidio, como el frío, o el hambre, o el dolor o cualquier inclemencia que martirice nuestro cuerpo. Pueden reunirse juntas varias de estas inclemencias fastidiosas, sufrir, me parece, consiste en esto. Como no soy especial, me cuesta como todo el mundo, más aún si cabe, dormir estas noches calurosas de verano. Lo cierto es que tengo la sensación, desnudo en la cama, que paso la noche intentando dormir y que quizás en algún momento duermo. Intento dormir y duermo, intento dormir y duermo y así pasa de lenta la noche.

Esta mañana pensaba en el querer y en el hacer, en el quiero dormir y duermo que me acuciaba por la noche y así me vino la imagen de deshojar la margarita, pero no con el me quiere no me quiere convencional, sino con el te quiero o no te quiero que desgrana nuestro particular egoísmo. No sé como se puede sacar nada en limpio de las encuestas de opinión si en cuestiones importantes nos ponemos a deshojar, a menudo, margaritas para que decida el azar. Quizás por esto divagamos sin parar y sea esta una de las razones de lo poco que nos cuesta hablar aunque no tengamos nada que decir. Tengo muy, pero que muy claro como debe actuar todo el mundo, presidente de Estados Unidos incluido, pero en lo que a mi se refiere, me carcomen tanto las dudas que deshojo margaritas sin cesar. Me piden que decida, que escoja entre Pinto y Valdemoro y sin dudar elegiría Pinto si Pinto fuera sólo mío. Como de ordinario esto no ocurre empezamos con el juego de las balanzas, con los larguísimos listados de pros y de contras, con sus derivaciones infinitas que nos colapsan y que intentamos superar luego con simplificaciones excesivas. Abrumado pues, con un sinfín de dudas insuperables, cuando me preguntas: ¿Me quieres? respondo que si mientras te tengo delante, quizás dudando un poco, aunque al rato te quiero mucho al recuperar una dulce imagen que recuerdo con cariño, o porqué me siento solo, o porqué me azuza el deseo, o porqué no quiero pensar y se estableció desde hace tiempo que te quiero. Las dudas propias no las perdonamos en cambio en los ajenos. ¡Decide ya de una vez si me quieres o no me quieres! No quiero sufrir más por esto, concédeme de una vez el amor eterno.

Muchas veces deseo no pensar. Ahora mismo lo tendría como premio porqué, siento que me recreo demasiado en pensar en lo que pienso. Pensaba el otro día que no es fácil vivir sin Dios, hace años que una parte del mundo lo intenta y poco a poco parece lo van consiguiendo. Así que me encuentro sonriendo cuando pienso en los que predican que sin Dios, sin las normas y mandamientos que implica, nos convertiríamos en animales salvajes y que la sociedad resultaría así ingobernable. Vaya, como si los poderosos estuvieran todo el tiempo pidiendo consejo a Dios al cometer sus continuas tropelías, si al fin parece que Dios es un invento sólo para los gobernados y que se legisla en exclusiva para ellos. Ocurre que se nos impone a Dios, o las leyes, o las normas como si no fueran un acuerdo, como si fueran algo indiscernible, inapelable e inmodificable. Demasiados ins para mi gusto disoluto aunque lo cierto es que cuando empiezas a dudar de Dios, de las leyes, de las normas, las cosas se te complican. Sin el corpiño de unas obligaciones imperativas a las que obedecer debes decidir y como no puede ser, o no debería ser lo de luchar contra todo el mundo, se ha de negociar los términos en cada cuestión que surge. Has establecer los límites y las necesidades que han de regir, desde el respeto que ha guardar el que elige vivir sin el acomodo de unas reglas que le limiten. Desbrozar las posibilidades que tiene el que se siente libre de escoger sin cortapisas lo que ha de importar en su vida. Así que vuelve a determinar el azar en lo que cansa de discernir, que sea pues el fluir quien decida, decides tantas veces aturullado, quizás demasiadas, por las insistentes dudas.


15 mayo 2010

Voto particular


Como acostumbramos a valorar el mundo desde opciones particulares, la objetividad no existe. Todo se puede cuestionar, y los puntos de vista pueden llegar a ser contradictorios sin dejar por esto de ser honorables, de común la jerarquía, el poder o la fuerza se impone para que prevalezca una opinión por encima de las demás. Así funciona y seguirá funcionando nuestro mundo. Los listos saben que honorable será, aunque a la fuerza sea, la opción que sale vencedora, que una cosa es el presente y otra la historia. Con este silogismo creen que las argucias son válidas y hasta justas si con ellas se vence. Pienso que a nadie le gusta ser el malo de la película, aduladores se acopia para ello y que más bien los protagonistas se quieren ver como adalides de las esencias, como aquellos que solo debe juzgar la historia, esta que queda en un lejano futuro, tan lejano y circunspecto como la muerte. Actúan como los creyentes, con margen de maniobra para el arrepentimiento por si se tercia.

Los de a pie, los que dirimimos batallas domésticas y de supervivencia sabemos que la historia nunca cuenta con nosotros pero a cambio nos permite dictaminar quien será el bueno y a quien le tocará el papel del malo de cada dilema que se nos ofrece. Formamos parte de una opinión pública que la modernidad intenta doblegar con todos los mecanismos que dispone y este dictamen, manipulado o no, no acostumbra a ser tan generoso con los que vencen como lo son los cronistas de la prensa diaria.

No tienes que ser un lince para discernir quien, de la estricta actualidad, pasará a la historia como el bueno o como el malo de cada conflicto, que la justicia popular no tiene tanta retranca ni vericuetos como los que nos toca penar con los rigores o los caprichos de las oficiales. Sé que es puro romanticismo y que no sirve de nada, pero me gusta pensar que merecida o inmerecidamente los protagonistas de las historias sienten en sus entrañas la calificación popular del papel que hacen. Supongo que a la mayoría les importará un bledo, aunque seguro que si ha de ser de propina a todos les gustaría hacer el papel del bueno. Pero que si no se da, tienen suficiente con el, si no puede ser que no sea, yo a lo mío y a la historia que la zurzan.

Si los conflictos que se dirimen son entre jueces, ¡para que les voy a contar!

27 marzo 2010

Estratos



Dicen, que si tienes dinero para invertir (que no es el caso), lo hagas en algo que entiendas, que si no entiendes el negocio o la palabrería con la que cualquier banquero intenta embaucarte, no pongas ni un duro. La cosa parece evidente. Yo predico a mi hija que lo que se conoce, por complicado que sea, resulta sencillo y lo desconocido por elemental que sea, muy complicado y difícil. Muchas veces leo artículos en que no entiendo nada, claro que esto no me cuesta ni un duro, y a pesar de ello y aunque diserten, y quizás por ello, de física cuántica, casi siempre acabo encontrando una poética metáfora iluminadora o frases como “Lo más importante es el agua” que me reconcilian con lo oscuro.

Me gustan, como a todo el mundo los milagros y pienso, como ayer cuando leía una embrollada defensa del lenguaje que aunque no entienda nada o poco, algo queda. Mantengo este tipo absurdo de fe.

Estratos, esta mañana pensaba en estratos, en los dichosos estratos. Estratos, niveles, capas, que no son más que miradas, marcos… distintos puntos de vista coincidentes en el tiempo y que conforman la instantánea realidad. Cada uno es parcialmente real pero la realidad cierta sólo es el enrevesado todo. Ahora me da por bautizar lo que pinto, tu haces una cosa, les das argumento y nombre y tienes una película. Un figurado y transparente cacho de realidad, da igual que sepas o que no sepas lo que has hecho. Pinté este fin de semana unos estratos que no sé si, más adelante, derivarán en orgánicos o en cualquier otra cosa. Así pues de la nada me permito crear pintura estratificada vete a saber sí orgánica. ¡Que lujos me permito!.

Que nadie me acuse de maniqueo por decir blanco, o guapo, o viejo, o malo, o pesimista, por la necesidad que tengo a veces de partir la realidad de un tajo y darle un nombre a cada mitad, porqué es lo más elemental y lo más cierto, el único nivel que poco tiene para discutir. De esta manera nos defendemos enérgicamente de lo que se nos escurre sin remedio de entre los dedos. Ahora me pilló esto de ser de derechas o de izquierda, conservador o revolucionario y luego no me digan que el uso de según que palabras para identificar una idea no sea tendencioso. ¿Porqué últimamente no nos dejan creer que es posible el progreso entendido como un bien para todos? Que anda la machacona derecha en que las únicas recetas que funcionan son las suyas aunque luego marginen a tres cuartas partes de la humanidad, (si no a más), que todo lo otro son cuentos, y tanto y tanto lo repiten y aseguran y de tantos voceros disponen, que han convertido en un plis plas al mundo entero en una colección de seniles conservadores. No entiendo ni me puedo fiar de lo que con artimañas aseguran en disertaciones estériles o ininteligibles. No sé que daría para que el mundo de las ideas fuera más sencillo, más maniqueo, que ya somos mayorcitos y la sociedad lleva perdiendo muchas guerras y me parece que ya toca tener claro por fin que es lo que queremos, que es lo que nos favorece, a que aspiramos, hacia donde hemos ir y ya por pedir, hacer algo urgente que nos proteja de tanto ruido mediático, de tantos mensajes tendenciosos que nos colapsan, anulan, torturan y nos acaban convirtiendo en un sacrificado y adormecido rebaño de dóciles y quisquillosos insatisfechos.

Parece que solo sepamos decir, mande?

06 marzo 2010

La inconsciencia



Ayer por la tarde estaba dibujando exactamente igual que otras muchas tardes de mi vida y como otras tardes, aprecié con gusto que en aquel momento me lo estaba pasando bien, y intente razonar, que ahora a menudo me da por aquí, el porqué unas veces me lo paso mejor que otras si siempre hago lo mismo. ¿Es quizás a causa mi estado de ánimo o será que estoy inspirado, o beodo, (que no era el caso), o… vete a saber? Decidí, tras cavilar un poco, que lo paso bien cuando relajado, dibujo de manera intuitiva, irreflexiva, sin otra voluntad que dejarme llevar por ocultos automatismos, siguiendo musical el onanista placer de sorprenderme a mi mismo. El problema es que cuando atiendo que estoy en este trance se rompe enseguida la magia que lo inspiraba.

No me costaba, hace unos lustros, atender curioso cuando pasaban por televisión los luctuosos documentales que reflejan la fiera vida animal. Pero me saturé de ello y ahora pienso que todos los que nos empapamos de estos selváticos dramas somos como doctores en zoología antropológica o como sea que se diga esto de la vida animal, desde los protozoos a los homínidos. Ahora quedo colgado al instante de las historias que cuentan de la prehistoria, que bonito. En uno de estos documentales aseguraban hace poco que la funcionalidad de los utensilios usados por los Neandertales y los Cromagnon era muy parecida. Así es que, no sé muy bien con que argumentos decidían que los Cromagnon fundamentaron su superioridad en la capacidad de transmitir, de relacionarse, de hacer arte elaborando los primeros objetos sin clara funcionalidad, gratuitos. Con unos recién estrenados guantes de látex una doctora mostraba con sumo cuidado y delicadeza el resultado de reconstruir una flauta de hueso hecha trizas… Esto para los prehistóricos, decía la doctora ensimismada, es como ir a la luna para el hombre moderno. Vete a saber, digo yo, si no serán estas opiniones también conjeturas gratuitas.

Hablo tantas veces del mejor momento del día que… esta mañana en los minutos que tengo de paseo mientras voy al trabajo, pensaba que sí, que es posible que el arte sea una increíble fuerza evolutiva, porque el arte no pertenece al cronometrado tiempo de la competición por la supervivencia, sino que pertenece a un inalterable y suspendido tiempo del azar, del gusto puro, de aquella increíble química y satisfacción que nos comunica con lo que es, mucho antes de que podamos concretarlo, mucho antes y mejor de lo que aún no atinamos a nombrar.

28 febrero 2010

Caixa Forum



“La mirada de l’artista” de Caixa Forum, es esto, la cultivada mirada de un artista a sus contemporáneos para deleite de aquellos que gustan de muestras compactas. Importa, lo sé, el simbolismo de una selección porqué refleja una manera determinada de mirar, también para conocer las señas de identidad del que selecciona o como mínimo la definición de un determinado gusto. Pero se le debería añadir a cualquier exposición el significativo gesto que implica la mirada del consumidor, de la que, por desgracia, no tengo otra referencia fiable que la mía. Así que, de la misma manera que en cada exposición lucha el artista para definirse con las obras que escoge, con su unidad o la diversidad, con lo que le atrae o repele, el espectador también tiene la opción de entrar a saco, limpiamente, lo que se dice a pecho descubierto o de manera tangencial, sesgada, de tendencioso refilón en cada muestra. Entro a saco, pues, en Arco y me dejo inundar por las sensaciones. Entro sesgado siguiendo crítico la especulativa mirada de la selección de Luis Gordillo y su personal gestión de mundos. De hace años contemplo a las exposiciones que tienen aires museísticos o de colectividades inconmensurables, de reojo, porqué se me cansa rápidamente la vista. Decae aturdida o por la ingente cantidad o por la calidad, la atención mínima que necesito para gozar de las obras.

Y que conste que no me interesan nombres, ni cronologías, ni estilos, ni necesito centrarme en ismos académicos, no es de mi gusto y tengo licencia para ello desde hace tiempo. No voy, ni miro de cada cuadro su autoría, título, técnica, tamaño y tiempo o cualesquier otro dato que sea para otros significativo, lo que me sé, me sé, es lo que hay, y lo que no me sé, si no gusta a bote pronto, sigo las imposiciones de la banal conciencia moderna que predispone a olvidar de inmediato. Craso error, pues conozco lo intrincados que pueden resultar los senderos del placer, tantas veces escondido el gusto y disfrute detrás del esfuerzo de un casual o estudioso tesón… O sea que, me acostumbro a dejar llevar por las sensaciones y siempre de refilón, pues ya dije que ando con ojo de no agotar mi mirada y perder intensidad en lo que me interesa. Así es que gasto un conjunto de miradas que se soslayan o superponen y supongo que me defienden de las obras a las que atribuyo vanamente la cualidad de superfluas. Me parece que lo que ocurre es que lo paso bien con mi hoja de ruta compuesta de distintas miradas trasversales: los ojos del artista y los míos y los de mis vecinos de aventura y los del observador que se observa y los del guardia que previsiblemente me reprimirá al acto por tocar lo intocable. Luego están los que andan en trance de flotar como sensibles espectadores de nivel que son y chirrían los comentarios legos mientras me escabullo al trote del mal envejecer de algún factótum sagrado de otros tiempos. La oficialidad protege lo que fue y que a más, claro, es negocio o inversión, pero que me dejan a veces el regusto amargo de lo decrépito. Poco de lo reciente envejece bien para unos ojos acostumbrados o viciados por la fugacidad de los vibrantes espectáculos modernos.

Y este es otro tema, pues pienso que no tiene sentido ver lo expuesto a la carrerilla, que es lo mismo que intentar ver todo Paris, o cualquier otro sitio en un fin de semana por aquello de poder decir, estuve allí, foto incluida, en una cena de amigos. El arte debería llevarse a casa como los libros y tenerlos un tiempo para poder mirarlos, retozar con ellos, sentirlos enteros y no sólo rozar lo que es superfluo. Quizás entonces podríamos descubrir sin intermediarios lo que vete a saber si inventan los ceñudos críticos en sus comentarios en diarios y libros de texto. Yo, he decidido guardar tres paredes de mi casa para instalar y contemplar con detenimiento tres obras de cada exposición que me interese. La primera pared para gozar de lo que atrae a mi atención de inmediato, la otra para la obra que rechazo, incomoda, abomino o lo que sea y la tercera reservada para más tarde, para aquella obra que sin mirar vi y que luego incomprensiblemente aparecerá en el recuerdo. Una vez empapado de ellas, pasado un tiempo, las cambiaré por otras de cualquier otra exposición que reúnan los mismos intereses o maldiciones. Aunque ya sé que esto es un sueño, que este es uno de aquellos placeres que, en fin, nos están vedados.

Que hi farem

08 febrero 2010

Geografía vital

Meritxell me entrega un DIN-A 4 para que le haga un dibujo abstracto que represente el espacio por donde he circulado, por donde ha transcurrido mi experiencia vital. La cosa tiene gracia porque, reflexiono, ¿no es esto lo que he descubierto hacemos toda la vida, buscar, adaptarnos a una geografía íntima donde sentirnos cómodos? ¿Poder subir a un taburete y orgullosos vocear éste soy yo, éste es el reflejo de mi actividad vital? Claro que yo hablo como artista plástico y para mi, la pregunta no tiene doblez, así es que voy y pinto cualquier cosa, esto mismo que encabeza mi escrito y que resulta que es mi último dibujo, y en él se encuentra un detallado mapa de lo que ahora es mi geografía vital. Pero, ¿qué busca Meritxell, licenciada en bellas artes y futura antropóloga? ¿Encontrar en el hombre moderno los rasgos abstractos que los prehistóricos pintaban o rayaban en los salientes de roca o en las cavernas, o el mundo que ocultan los automáticos dibujos de oficina a los que mi gusto ha sucumbido?

Conceptos, teorías, he aquí el mapa físico donde se establece el actual campo de batalla en el mundo del arte.

Me bajo del taburete donde voceé mis logros para sentarme a suspirar por las pérdidas y reflexiono que el concepto viene a ser para el arte como la especulación en la economía, una cosa que da beneficios sin el engorro de tener que producir riqueza, sin la necesidad de labrar obra. Y, ya puesto, como me he sentado cómodo en el taburete, las piernas abiertas, los codos sobre las rodillas y las manos enmarcando el rostro, me permito el lujo de pensar en el minimalismo, que es un paso anterior al concepto puro. Vete a saber donde está mi territorio. El caso es que no puedo alejarme de lo que me absorbe, mi geografía, donde cualquier atisbo de equilibrio se encuentra seguro en el siguiente rasgo, en la siguiente acción, en el siguiente ataque, aunque poca fe tengo en ello. Una vez asumes que la vida se establece a partir del desequilibrio, qué mejor que el caos como modelo de geografía. No seré yo el que doblegue su prolífica capacidad de desorden.

Pero no piensen mal, me gusta, adoro el orden. No encontraremos en parte alguna la seguridad que emana del orden, de lo que se establece sin sombras, la poderosa fuerza de la perfección cuando muestra con orgullo que esto es así porque no puede ser de otra forma. El orden puede llegar a ser muy convincente, y de hecho me da por pensar que es el único que tiene alguna posibilidad de convencernos. De hecho, hace años que debiera haber sucumbido a su encanto y ahora sería un hombre de orden, y no un desnortado, como es el caso. El problema del orden es que deja poco espacio a la imaginación, y puede encorsetar de tal modo que en vez del pretendido equilibrio convierta su rigidez, la comodidad en sudario. Ya descansaremos al morir.

Así es que veo el minimalismo como muy franco, todo se ve muy desnudo, sin ninguna doblez, como sin trampa, como poca cosa, es aquello de mover aquella piedra en un campo de arena arado y caer en satisfactorio trance. No sé porqué se extraña Moneo si el cardenal, para dar algo de vidilla a su elemental catedral, pone unos cuantos relicarios kitsch en medio de tanto diseño serio.

Si, me gusta el orden, pero tanto el orden como el equilibrio del que tanto presume la gente de bien no dejan de ser un aburrimiento, un solemne tostón. Así, me gusta pensar que el diseñador famoso sale escopeteado de su residencia, de su mínima nadería a cualquier sucio e infecto tugurio para sentir o sentirse con vida.

Tenemos lo de siempre, unos pocos y simples elementos que combinados hasta la saciedad por la acción especulativa del caos, se conviertan en absolutos y, como muestra de tal desvarío, estamos nosotros mismos que, para podernos aproximar a lo que somos, necesitamos montar un tinglado a base de imágenes, que, para poder acercarnos a nuestra naturaleza, ideamos una infinidad de conceptos que solo llegan a esbozarnos ligeramente.

Ay, encontrar el concepto perfecto, esto me parece que es la fórmula que andan persiguiendo los físicos teóricos desde Einstein para poder contestar sin problema todos los enigmas planteados.

03 febrero 2010

Pintura orgánica


Cuando me pongo a escribir sé sobre lo que voy a hablar aunque luego me lío con el antes o el después de lo que pretendidamente quería decir. Los últimos y gratificantes coletazos del romanticismo me llevaron a creer en la posibilidad de que el poeta, en estado de absorta inspiración y mientras juega con la musical alquimia de las palabras, crea oscuras metáforas que otras mentes iluminarán. El poeta sería pues el inconsciente profeta de lo que con posterioridad se desvela. En su constante batallar con el hechizo de las palabras y con la ayuda de una obsesiva insistencia en la perfección, consigue que las palabras se rebelen libres para revelar lo oscuro, para que trasciendan en luz. De la oscuridad a la luz al amparo de una imagen, esta es la fuerza de la metáfora. Embargado por tales emociones no puedo dejar de celebrar cuando descubrí que la luz tiene que ver con el conocimiento. Cuando la tentación de la luz se convirtió en mística inalcanzable.

No es conveniente abandonar la fe, algún tipo de fe que valide las imágenes con las que habitualmente convivimos y que sinuosamente conforman nuestra existencia. Así adquirí la fe de que el trabajo aparentemente sin provecho de embadurnar papeles podía producir en algún momento el milagro del poeta en mi y que, en crucial estado de trance, pudieran mis manos recrear milagrosas imágenes que sin entender fueran para otros reveladoras. Esta fe me convirtió en sacerdote de la luz que es como acostumbran a ser todos los sacerdocios, una especie de intermediario que venden milagrosa claridad a quien la busca y pretende, vete a saber a cambio de que.

De la luz a la oscuridad hay un solo paso y la llave puede ser una metáfora, una imagen, pero también una mezcla de colores o de formas que generen la ilusión de ser, el estado de ánimo óptimo para recrear la conciencia de que estamos inventando, de que podemos inventar un limpio y nuevo futuro. Este tipo de fe libera de convenciones y miedos de aventurarse en la oscuridad de lo desconocido. El talento artístico se identifica pues con la facilidad para encontrar rápidamente estos caminos.

De joven creí que, por un milagroso designio divino, podía tener talento, hasta que crueles me abandonaron designios, milagros y dioses y quedé de humilde y simple condición humana. Así es que, en mi reconstrucción personal desde el barro, cualquier tipo de fe era bienvenida y la fe de que con largos y agotadores rituales componiendo incomprensibles dibujos también podía, vete a saber que razones encontré, llegar a alcanzar algún milagroso resultado luminoso. Esta fue una tabla de salvación y mi bautismo iniciático en el honorable mundo del trabajo que, como todo el mundo parece hoy saber, tan reñido está con el talento.

Lo que sigue quería decir y no pienso prologarlo con más preámbulo ni prolongarlo con otras disquisiciones, aunque podría. Se me ocurrió el otro día y me dije, a esto lo bautizo yo como pintura orgánica porqué me da la gana. De la mano del absurdo voy y vengo de lo abstracto a lo concreto sin voluntad ni deseo de definirme. En plena abstracción veo figuras y según el estado de ánimo contemplo si intervengo y las persigo o abandono y descompongo. Nunca empiezo con prefiguraciones, es más, no las quiero. La cuestión es que hace un tiempo me enamoré de los dibujos de oficina, estos dibujos que la gente hace mientras mantiene la atención en otras cosas. Son como caligrafía del alma. Sobre esta base profundamente orgánica de distraídos dibujos míos o de otros, empieza la reflexión y poco a poco adquieren la solera necesaria para que me estimulen. No entiendo los dibujos que me salen, para que lo quiero, solo deseo no perder la capacidad de que sigan sorprendiéndome y suspiro, esto si, para que a alguien iluminen.

26 enero 2010

Coletillas


¿Adónde vas? Siento que digo.

Debería sentirme avergonzado de estas coletillas que lanzo de vez en cuanto mecánicamente, más que nada porqué luego la gente, obligada, me cuenta lo que hace o se lo inventa que no sé lo que es peor. Muchos de estos dardos resultan impertinentes, eres un tío raro, suelto a un tío que estupefacto le noto que carbura a toda pastilla preocupado por donde veo su rareza. ¿Triunfaste este fin de semana? Pregunto a una funcionaria que se le retratan en los ojos las dudas, más que nada para intentar averiguar que es lo que sé y que es lo que debe o puede contarme. Es como el ¿estudias o trabajas? que tanta cancha dio en el paleolítico superior. Tú no me quieres, vocea mi hija tres veces cada día cuando la tengo en casa. Las sueltas sin pensar, sin esperar respuesta, quizás solo para que se note que existes o para notar que tú mismo existes, que tienes voz.

¿Qué haces? Notas que estas preguntando sin voluntad de que te contesten, como cuando con educado interés lanzas un ¿Cómo estas?, sin valorar que luego puede haber sorpresas. Voces insustanciales, espasmos incontrolados de la necesidad de ser, como toses o tics indeseados que surgen abruptamente, incontrolados y a veces inoportunos. ¿Y tú mujer? Preguntas al viudo a veces no muy reciente y otras meteduras de pata de muy distintos calibres. Muchas veces por culpa de andar por el mundo haciéndote notar con el piloto automático puesto. Es el tributo que se cobra la cortés descortesía provocada por lo que más que preguntar soltamos. No creo que haya escondido en ello otro subconsciente que no sea la imposibilidad de estar al loro, de estar al día, de poder mantener un trato específico con cada persona. Tenemos límites sociales que intentamos sobrepasar con trampa. Trucos que utilizamos para abarcar ámbitos que no tenemos capacidad para atender con atención personalizada. Cortesías que en general tienen mucho que ver con la buena educación, pero que al ritualizar, sirven, más que como trato personal, para descubrir con bochorno que estamos en todo lo contrario.

Y si te sientes maltratado al verte objeto de este tipo de trato. Si te consideras una víctima de la indeferencia que de él resulta, debes recordar que mucha gente vive agarrada al amparo de este mínimo sustento. Que estos hilos automáticos que tendemos con el mundo conocido son los que mantienen tensa la red que entre todos tejemos, la urdimbre que nos cohesiona y que hace más confortable y seguro el mundo en que vivimos. Que vivan pues estas coletillas, estas convenciones inofensivas o estas simples meteduras de pata.

16 enero 2010

Biologia



Eficacia biológica viene a ser el grado de adaptación de un organismo en el medio donde vive, adquirido a lo largo de la evolución, que le permite aprovechar al máximo los recursos de los que dispone. Sin esta facultad, la supervivencia peligraría. Nuestra facilidad para adaptarnos, hasta ahora, a todo tipo de condiciones a las que nos hemos enfrentado certifica la eficacia de nuestra especie para sobrevivir y cuando digo especie, digo especie, pues al contrario que el león, curiosidades aparte, ahora, solos, perderíamos casi toda funcionalidad. Somos de fundamentos sociales y, con lo de la globalización, de la humanidad entera sin remedio. Así, a pesar de lo arbitrario que resulta escoger cualquier marco para valorar la realidad, para adquirir nuestra máxima eficacia debemos atender los valores del bien común. Nunca me pareció tan claro como ahora que el bien, lo ético, anda por lo que favorece a la sociedad y que podemos señalar como malo las actividades que vulneran este principio o aquellas actitudes egoístas que hace que acaparemos hasta el escándalo mucho más de lo que necesitamos para ser felices. Si, como se sabe desde tiempo inmemorial, el hombre feliz no tiene camisa, es seguro que la sociedad seria mas eficaz en el uso de los recursos necesarios para nuestra supervivencia con sólo modificar la escala de valores que la sociedad occidental ha impuesto al mundo entero.

Ay, me parece que la cuestión con la que tropezamos es el espectáculo. Las demás especies se asoman al mundo del espectáculo sólo cuando toca, que acostumbra a ser con los números que se montan con el asunto de las danzas nupciales y basta. Ahí nos pilló la cosa. Nos mediatiza el instintivo pavoneo, origen de todos los espectáculos, y el espectáculo en que degeneró nuestra danza nupcial sale carísimo y no digamos la danza nupcial de algunos escogidos prepotentes que se permiten arrasar con los recursos y energías de la humanidad entera. Joder con el joder.

14 noviembre 2009

Fe


La inteligencia no es suficiente para que seamos razonables, es más, cualquiera, -y acostumbra a ser bastante común-, puede poner su inteligencia al servicio de alguna idea descabellada sin dudar en ningún momento de la bondad de su criterio. Pero bueno, esta es nuestra fortaleza o debilidad, según se mire, porqué la vida se nutre de la fragilidad de lo artificioso, de la trampa, de la locura, de una fe incombustible en que los milagros son posibles y que de ordinario suceden.

Si acuerdo motu proprio, que nada roza siquiera la verdad porqué la verdad tiene tantos perfiles como intereses nos mueven, quedo sin uno de los fundamentos que nos sustentan, pero sin duda, necesito de su apoyo, aunque sea ficticio, porqué es el que me indica la dirección de lo que espero que sea correcto. La verdad se confunde pues, mucho más a menudo de lo que pensamos con la fe y certifico que con ella es cierto que se mueven montañas. La fe tiene el mismo poder que la fuerza de la atracción universal. Cuando nada quede, persistirá inagotable su energía.

Al mismo tiempo he de tener cuidado con estos delirios que me invaden y transcribo, pues tienen el poder de confundirme con su apariencia de certeza, de tersa verdad y me alejan sin buscarlo de la compleja realidad en la que se halla inmerso el mundo, mi mundo. Las paradojas quedan flotando en el aire con aspecto de estupideces infranqueables. Mientras ponen al descubierto otra de las fronteras que no se pueden rebasar. Son el muro donde, constantemente, nos damos de bruces, donde se hace añicos el esfuerzo que dedicamos en descifrar los enigmas que esporádicamente nos planteamos.

Invento la realidad, mi realidad, con un minucioso deambular que ocupo a menudo en reconstruir el pasado o que dedico a elaborar propuestas para condicionar el futuro. Pero mi realidad y cualquier proyección de esta, está seriamente condicionada por las premisas derivadas del lugar en el que vivo. Es decisivo, no solo porqué es donde he de afanarme en cubrir las necesidades que me indican he de satisfacer, sino porqué influyen en que vea un tipo de mundo que con precisa arquitectura entiendo como mío.

Actuamos con un exceso de condiciones determinantes para luego creer, como creemos, que podemos modificar a nuestro antojo cualquier realidad vigente y esta fe que sin palpable razón defendemos, actúa con rigor extremo, no en forma de milagro, -que los milagros o los accidentes no surgen de la nada-, sino como gota malaya que desmenuza con sutil paciencia conceptos o mundos de sólida apariencia. El espectáculo se da cuando explota en violento instante lo que su oculta actividad hizo posible con la ayuda insobornable del tiempo y se obra el milagro de que cualquier deseo es factible y en esto, muchas veces, la fe, ocupa un lugar predominante. Otra cosa es que sean los mismos que soñaron los que vean cumplidos sus ideales deseos.

Piensa Joan, razonable a su manera y con él un buen puñado de inteligentes, que no es posible eludir la violenta ley de la selva que subrepticiamente nos rige y que esta ley favorece siempre al más hábil, fuerte o listo. El caso es que esta ley sirve de oculto designio divino para que no se anden con excesivos remilgos por la vida, aunque algunos alimenten luego su condición creyente a base de confortables dioses con más ritos que milagros. Parece a menudo que están en lo cierto, pues pocos indicios hay de que pueda cambiar esta histórica tendencia. Ambición y poder. Utilización interesada de miedos y fuerza violenta para imponer prebendas y criterios. Egoísmos, amores y odios, todo un dramático mundo de pasiones elementales que pretendidamente nos van llevando a un sostenido progreso. No sé si luego es tan evidente como dan por supuesto los telediarios o los libros de texto. Si añadimos a todo ello, la necesidad personal de afianzarnos con constantes e ineludibles demostraciones de habilidad o competencia con los que adquirir superiores niveles de supervivencia, parece imposible blindar el acuerdo para unas reglas de juego más civilizadas, reglas que regulen la crueldad de los excesos y esto no solo se refleja en los relatos de nuestra historia escrita, sino también en el sordo y violento batallar que observamos en todas las especies… aunque maestros en utilizar a gusto las verdades, somos bastante hábiles para encontrar, esto si, siendo liberales con el rigor, aquellos ejemplos que nos dan la razón y que refuerzan lo que queremos demostrar.

En estas luchas establecidas entre los que defienden que no se pueden eludir los instintos primarios y los que tenemos fe en la posibilidad de un mundo ideal, parece, en una primera impresión, que siempre vencen los primeros, sin valorar, que todo lo que nos enorgullece, se consiguió a base de cantidades industriales de fe dedicada a conseguir imposibles y que sólo con esta fe se consigue hacer evolucionar los instintos más primarios. El problema de la fe es que sus efectos son lentos, lentísimos, casi imperceptibles, pero tan duraderos que luego son estos descreídos los que creen que lo que se consiguió a base de fe no se puede modificar, que es instintivo.

Así es que en estos temas he decidido no desesperar, lo que no deja de ser una curiosidad y como yo, tanto hoy en día como en tiempos pasados, encontramos una multitud de ejemplos de hombres y acciones tendentes, sea con la ayuda de leyes o de revoluciones de distintos calibres, intentar conseguir un mundo más justo, intentar domesticar, civilizar la barbarie que demasiado a menudo nos enfrenta al furor de los instintos. Piensan algunos listos que no tiene solución, que los episodios de crisis y violencia, la extrema pobreza, las situaciones de sumisión o esclavitud son necesarias, como si las guerras fueran aires regeneradores para la sociedad, como si todos los desastres fueran higiénicos recursos naturales para autorregular los excesos de lo que sea, hombres incluidos.

Discuto con Joan o con quien sea, que lo que no ocurrió en diez mil años puede suceder ahora mismo o en un inmediato futuro, más que nada porque en este momento, si no cambiamos en un tiempo relativamente corto, los efectos producidos por nuestro sistema económico pueden resultar catastróficos. Creo que existe en la sociedad actual una conciencia bastante generalizada de que el sistema actual empieza a ser insostenible. Ahora es cuando se debe demostrar que nuestra adaptabilidad es tan increíble como pretendemos pues hemos de ser capaces de vencer los instintos primarios de este egoísmo material que consideramos natural y que ahora resulta autodestructivo. Para regular el egoísmo parece imprescindible valorar positivamente la funcionalidad y la ética de una sociedad más justa y equitativa.

La cosa no es nada fácil y más si me contemplo a mí mismo. Predico y soy conciente de que el mundo necesita para sobrevivir una inflexión hacia parajes menos agresivos, pero también sé que cualquier evolución no es posible si antes no la interiorizamos hasta absorber genéticamente sus mecanismos y también que no hay mecánica sin práctica. Observo mis mecanismos y desconfío. Parece que aún me queda un largo camino y sé que el tiempo se agota y que hemos de darnos prisa en empezar a andar decididamente en este sentido si queremos llegar a tiempo con el remedio. No me digan que esto no es tener fe en imposibles.

19 septiembre 2009

Miedos


Se me pasó el tiempo de acusar de los males del capitalismo a unos señores vestidos de frac con sombrero de copa aunque alguno habrá que escenifique esta imagen a la perfección, y aunque todo el mundo puede ir señalando con el dedo a este, aquel o el de más allá, al que tengamos más manía del exclusivo puñado de potentados con excesivo poder o con riquezas desmesuradas, no creo que a estos sujetos se les pueda culpabilizar de otra cosa que de ejercer de ganadores en una sociedad en la que prima la competitividad y que es muy permisiva con especuladores y enriquecimientos de todo tipo. Seguro que tampoco faltan alquimistas dispuestos a ejercer de demiurgos, con la no sé si muy sana intención de influir interesadamente de por donde debe ir el mundo mundial. No creo que con estas componendas ni con cualquier otra varita mágica se pueda dirigir por donde ha de tirar la sociedad, así es que me pregunto muchas veces, supongo que como todo quisque, el porqué de determinadas situaciones cuando no tengo claro a quien benefician cuando es complicado distinguir al culpable, cuando creo que ni Maquiavelo pueda urdir tamaños desatinos. Así es que culpabilizo, como si de una cuestión de moda se tratara a unas tendencias que surgen de imprevisto como restos incontrolados de maquinaciones interesadas y me da por pensar que estos desechos son como el fuego amigo y que pueden adquirir, a veces, calibre suficiente para acabar con todo lo pacientemente construido.

Prevé la inteligencia enrevesadas componendas para llevar el agua a su molino, a gusto con su estricta y personal razón de la misma manera que quiere el artista, pincelada a pincelada, crear una obra maestra. Lo dijo hace tiempo el insigne Tàpies, que su ideal sería hacer una obra de una sola y perfecta pincelada que resumiera las justas y certeras pinceladas imprescindibles para llegar al deseado fin, pero lo que ocurre es que, como la primera pincelada no acostumbra a plasmarse con tal milagrosa rotundidad, debe el artista ir corrigiendo desde buen principio los errores cometidos y así le toca pasar subrepticiamente de la obra maestra al salvemos lo que podamos. Aunque luego lo que impera es esta precisa voluntad de perfección, de competencia, esta previsión ideal de cómo se debe armar tanto el futuro inmediato como el más lejano, esta gota malaya que quiere protegernos de todos los imprevistos que nos acosan y todo esto ha empezado a generar, en el caldo de cultivo de la sociedad de la abundancia, sentimientos contradictorios, situaciones delirantes como puede ser esto de los preenfermos, escogidos colectivos de riesgo que se medican antes de padecer enfermedad alguna u obligaciones que bajo la excusa de la seguridad personal atentan directamente contra la libertad del individuo para decidir sobre su estricta integridad física. Pero lo que más asombra de esta sociedad de la previsión y de la abundancia es el coloquial acojono general de continuo alimentado, desde todos los frentes, por la publicidad dada a una selecta colección de intangibles posibilidades de desastres reales o imaginarios.

¿A quien puede beneficiar una sociedad en constante situación de alarma, acongojada por una ristra de peligros latentes, ciertos o inventados, que no sean las sectarias y retorcidas mentes que piensan que la óptima felicidad es sospechosa de algo inconfesable y que puede llegar a ser peligrosa? No deja de ser curioso que estos selectos miedos no tengan en cuenta peligros parejos en estadística y que como en España mueren cada año cuarenta personas pilladas por un rayo no sea obligatorio a la primera insinuación de tormenta guarecerse bajo techo y cerrar toda actividad y las escuelas de la parte geográfica afectada. Otros miedos… miedo de morir en atentado terrorista que es una micro insignificancia estadística cuando mueren seguro miles de personas en absurdos accidentes domésticos, miedo a perder el empleo con gran jolgorio de empleadores sin escrúpulos, miedo a vivir asumiendo riesgos que es lo que nos haría más fuertes, miedo a enfermar sin estar enfermo o un miedo a tener miedo que nos convierte en civilizadas avestruces paranoicas.

Miedo al extranjero, a lo ajeno o a lo desconocido, miedo al mismo paso del tiempo proceloso. Miedo que debería ostentar la muerte en exclusiva justo en el preciso instante del glorioso transito a la nada, puesto que todo lo demás es sólo impedimento para la exaltación de vivir, para el goce de, esto si debería ser obligatorio, disfrutar a conciencia de lo que sea que dispongamos.

Pues esto, que deberíamos tener la obligación imperiosa de guarecernos siempre bajo un horizonte lleno de utopías posibles y felices y no dejarnos atormentar por los oscuros nubarrones con que nos amenazan las coercitivas catástrofes de siempre. Cuervos que acechan oscuros para amargarnos, concientes o inconscientes, la existencia.

Pues nada, a pasar de ellos…. si se puede.

Ya lo iremos viendo.

26 junio 2009

Dentro de un orden


Tengo un defecto inmenso que casi es pecado mortal, no me gusta trabajar. Defecto que por necesidad he de mantener a dieta, que no puedo, como me gustaría, holgar todo el santo día. Sigo pues, obligado, un horario de trabajo con fines nutricionales. Suena cada día laborable en la mesilla de noche, a menudo bien despierto, el despertador. Así aprendí que nunca nada es del todo malo. Descubrí que para mí, las mejores horas del día resultan ahora las que van entre las seis y las ocho de la mañana, mientras me manejo, aun incontaminado, a solas con mis pensamientos. Una imagen fugaz enciende, esporádica, una cascada de razonamientos que alimentaran después toda esta catarata de reflexiones que luego busco compartir.

¿Cómo no enamorarte del orden? Pensaba de buena mañana mientras para reforzar la imagen recreaba un idílico, pulcro y geométrico jardín.

De pequeño me resultaba incomprensible que fuera pecado la carne y me pellizcaba incrédulo los brazos ante la estupefacta mirada de mi amigo Eduardo. Me sonaba también muy raro lo de animal racional compuesto de alma y cuerpo. Hoy en día, con los grandes porcentajes de ADN compartido con gusanos miro como hermano a los simios. No será tanto el alma lo que nos hace distintos sino la habilidad adquirida de luchar para conquistar frágiles espacios ordenados como perfilados jardines versallescos. ¿Que es sino orden, letras, matemáticas y música para poner unos ejemplos? Nuestras ciudades, muebles y artilugios acotan minuciosamente los intratables absolutos. Es cierto que no hay un único tenedor pero nos entendemos a la perfección cuando los nombramos. Vive el mono en la selva y nosotros en grandes ciudades. Se cubre con una hoja la cabeza cuando llueve y nosotros tenemos aire acondicionado. ¿Es nuestra alma la que genera estos útiles objetos inanimados?

Deploro carecer de carné de conducir y así no poder transitar, sólo, por sinuosos y ordenados caminos, como este del caos que inicié un veintitrés de junio del 2006 en la mágica, tronante e insomne noche de San Juan. Seguí luego con la necesidad de parar el tiempo, pincelé también un poco del arte que cultivo, hablé del sedante delirio de viajar y terminé el mes de junio, hablando de transgredir el orden y acotar el desorden.

Este año, la noche de San Juan la pasé casi a solas de puntillas. A la mañana siguiente, al atardecer, asistí en un tugurio a una reunión de poetas domésticos que recitábamos sentidos poemas protegidos por la amistosa solidaridad de los que se reconocen como hermanos de laberinto. Acusé de sobremanera, en el desordenado y un poco triste ambiente bohemio, una ligera sensación de cálida claustrofobia, de pertenecer a una secta de conspiradores contra la modernidad que enemiga bulle en el exterior, y es posible que en parte, así fuera. Al salir, mientras Ene conducía suave entre el tráfico de la noche, entré en éxtasis medio adormecido por el murmullo de la conversación entre los poetas que viajaban en los asientos posteriores. Sin resistencia alguna mi relajada mente se prendó del estimulante espectáculo luminoso que ofrecían las calles comerciales de Andorra bien protegido dentro del vehículo y bien acompañado por unas azarosas y excelentes melodías que vete a saber que radio emitía. Así, desde mi burbuja automovilista, como espectador privilegiado de un mundo rutilante, aprecié indefenso la rotunda belleza y singularidad de un determinado orden que en aquel momento brillaba perfecto en mis pupilas.

18 junio 2009

Reflejos


Yo no soy nadie pensé en la contemplativa madrugada de hoy y por lo tanto no soy filósofo, quizás, porqué jamás se me ocurrió serlo cuando me tocaba la hora de ser, pero por lo que he entrevisto en este mundo, todos nos sentimos un poco Sócrates aunque luego quien cuenta es Platón. No sé como me atrevo hablar de lo que sólo conozco por referencias en los libros de texto u otras lecturas dispersas, sino es porqué últimamente me asaltan nieblas, o sombras, o espejos, y estos reflejos los asocio a la caverna del filósofo.

Desperté hoy con un leve y matutino insomnio que me hace reflexivo, muy reflexivo si es que debo hacer caso a que, de inmediato, mi atención quedó fijada en el reflejo que daba el cristal de la ventana abierta de mi habitación y que por un efecto espejo, doblaba visualmente una persiana idéntica a la real, una contrastada ilusión sin ninguna solidez. Puede ser que así empezara Platón con sus sombras.

Llevo muchos días de crisis, tantos que no creo que pueda definir el vivir si no es como una discontinua y empalagosa crisis de vivir. Quise por necesidad intentar flotar, me obligué a nadar, pues que yo sepa a nadie le gusta sufrir el ahogo profundo de la insatisfacción y a causa de ello me puse alocado a indagar sobre lo esencial, sobre lo que creía más substancial y me pareció que debía andar alrededor de las grandes cuestiones intemporales, los absolutos de siempre, los de los nombres fundamentales como Dios, la belleza, la justicia, el tiempo, el espacio, el amor, lo real, prendido obsesivo a conciencia por una necesidad vital de conquistar la verdad. Absolutos que resultan luego inabordables, tiempo que parece desperdiciarse en el inútil esfuerzo de comprimirlos, de simplificarlos, de hacerlos comprensibles. En estas lides encuentras, tantas veces, inesperadas simples y gratificantes conclusiones, que quiero pensar que por ello, quedas con creces compensado de la aventura de pensar.

Reflexionaba esta mañana insomne, sobre el efecto espejo y su engañosa verdad cuando descubrí que no empezamos a ser hasta que nos preguntamos por quien es nuestro reflejo, o sea que, sin un físico espejo donde poder vernos no se puede llegar a ser. Nuestro conocimiento nace pues de un espejismo. Nadie puede ser por si mismo. Esta obligada y tangencial manera de acercarse a la realidad es quien crea nuestros enmarañados mundos empañados por la falsa percepción de los espejos. La realidad no puede existir sino es en el marco que desvelan los reflejos, las reflexiones. Reflexiones que acostumbran a ser inciertas y dolorosas pues la anhelada plenitud que se consigue con la felicidad sólo es posible desde la inconsistencia del no ser (esto que viene a resultar la totalidad del ser, otro absoluto incomprensible de por si).

El éxtasis, la felicidad, es pues irreflexiva, inmediata, despersonalizada, situada en el limbo etéreo que nos da la inmediatez del vivir sin pensar. Instintiva y fugaz, abarca en su elementalidad instantánea tanto brillo que su recuerdo --una ilusión-- nos seduce y nos obliga para siempre a la insatisfactoria tarea de perseguir sus reflejos. Estamos castigados a luchar sin descanso con sombras en medio de la niebla para encontrar la luz en contados y ocasionales despistes, cuando desconcentrados e irreflexivos fluimos inconscientes fuera de nosotros mismos, cuando no somos nada y que luego en posteriores reflexiones, pensamos, sabemos y sentimos que fue cuando más fuimos.

06 abril 2009

Un discreto silencio


Hubo un tiempo en que la discreción gozaba de prestigio, hablo de hace mucho tiempo. Hoy la discreción se verá como tara en quien la cultive. También existe lo de dejar morir con discreción cualquier cosa, sin hacer demasiado ruido, como este mismo espacio. Pero hoy necesito hablar desde el desconcertante estado aquel en que, por desgracia, no tengo nada que decir.

Estoy cortejando una crisis, bailo con ella, podría ser de identidad, pero es otra cosa. Se me amontonan latentes crisis personales azuzadas por las otras crisis que inmisericordes nos golpean. Imperceptibles las cosas cambian, se me acabó el gel en la ducha y aproveché al cambiarlo para coger una maquinilla nueva de afeitar y recordé que debo afeitarme durante un tiempo con cuidado para que la maquinilla nueva no me lastime la cara. Mañana cuando ya habré olvidado la novedad caerán unos sangrientos cortes donde repetido tropiezan sus afiladas hojas.

Como en un hormiguero tenemos el mundo atestado de larvas, de larvas de crisis. Las crisis larvadas guardan silencio mientras se alimentan voraces en cualquier agujero. Puede el mismo vociferante silencio ser sintomático de que se cruzarán indeseadas en nuestras vidas revolviéndonos seguridades con cambios decisivos.

Pueden contarme e intento creer optimista en la bondad purificadora de las crisis como pretenden convencerme algunos sabios, pero por más que me esfuerzo en positivo los cambios son como terremotos, cuesta creer que alguien los desee, que puedan llegar a ser experiencias positivas..

Creo en la soledad y el silencio grandes y en este desierto intento llegar a un fondo sólido donde asentar los pies para poder luego andar hacia algún lado. No está garantizado que topes con el. También en las crisis de afuera andan buscando, los que se creen que son sus gestores poder tocar fondo, hacer pié, encontrar el limite aquel donde más bajo es imposible caer y empezar a construir otra cosa, o la misma, que ya es de redomados imbéciles reconstruir lo que se cayó con estrépito.

No tengo nada que decir, pero esto no implica que no desee más que nunca hacerme sentir. Este personaje parásito que alimento piensa que tiene algo importante que decir de vez en cuando, aunque ahora no sepa con precisión que y por esto guarde silencio. La sensación de que tienes algo que decir, es en cierto modo balsámica, es un punto de autoestima robado de puro milagro a la nada, mientras andas con los pies inanes bien lejos del suelo.

La tristeza, es una desnuda laguna de grises aguas turbias donde es difícil encontrar reparador descanso, bien apoyada estuvo por los desapacibles días de este largo invierno. He soñado con soles y lunas, con plácidas y templadas noches que llegaran sin duda a su tiempo, majestuosas, pero no sé si entonces voy a ser capaz de encontrar, para atenderlas, el camino que me aleje del desolado paisaje con que me aprisionas, tristeza.

07 febrero 2009

Un sistema nervioso


La física no tiene otro corazón que no sean las leyes de la atracción universal. Lo digo yo, así, a bote pronto. El corazón lo adquieren posteriormente las estructuras orgánicas que a base de réplicas quieren perpetuarse en el tiempo.

Yo creo que lo que une, gusta, por decirlo de alguna manera y lo que gusta se tiende a querer repetir. Las copias, pero, acostumbran a ser un mal reflejo de la emoción original, aunque con ellas se consigue la ilusión de perdurar en el goce un tiempo y parece que esto es lo que interesa. Cuando deja de interesar, ningún problema, a otra cosa mariposa, aunque las copias generadas quedan como desperfecto, como memoria, en estructuras extremadamente complicadas y posiblemente indescifrables incrustadas a las réplicas recientes. Fíjese sino las tramas de espionaje político en la Comunidad de Madrid. Sin remedio las tramas de espionaje crean su contraespionaje y luego el recontraespionaje y así hasta el infinito.

Cuando los entes de control se vuelven excesivos y todo se desordena, es cuando surgen lógicas con voluntad de ordenar lo descontrolado y lo que fue emoción y vida acaba siendo un apéndice de una comunidad especializada en algo que está regida por un coordinador que es el que dicta su funcionamiento.

Así la vida es una cadena de despropósitos que nacida de una simplicidad original, cabalga obcecada hacia estructuras cada vez más complejas, formando en su deriva laberínticas cadenas jerárquicas

No sé si me entiendo y si se me entiende. El placer, la ley, está en la unión, luego, para que dure algo más en el tiempo se repite lo que gusta, se copia. Surge del caos de copias un organizador de ellas, luego un organizador de organizadores, se van especializando a cada paso los coordinadores etc…

Nos miramos en el espejo y sabemos que su reflejo es copia casi fiel de nosotros mismos y esta conciencia es debida a que toda una inmensa estructura de controlados censores llegó a esta conclusión. Somos lo suficientemente sabios para notar que somos y por lo que parece esto es motivo de orgullo y nos hace diferentes de los que carecen de esta conciencia. En cualquier caso dimos en algún momento de la evolución este salto que nos parece importante. En un lugar del cerebro una coordinación de coordinadores llegó a crear esta conciencia y esto nos hace más eficientes. Pero para llegar a ello es necesario que en esta compleja estructura que somos exista una comunicación perfecta que hace que sintamos como un cuerpo único lo que no es mas que una colección de órganos variopinta unida a base de millones de millones de controles y copias infinitas de gustos dispersos en el tiempo. Una perfecta sociedad de células sumamente eficiente para perdurar gustos un tiempo en el tiempo.

No se si lo que digo tiene algun sentido. Yo iba a que todo tiene su tiempo y lentamente, pienso, el individuo que se reconoce en el espejo se siente cansinamente solo y se une a su pareja como la física impone. Y se mantiene unido a su familia y a su clan para goce y seguridad de futuro. Lo más importante para que las uniones perduren es una constante comunicación y roce. El amor que hace que constantemente pulamos las aristas que nos repelen y nos obliga a crear constantes vinculaciones para que el bien común sea duradero. Por otra parte la comunicación en el cuerpo no deja de estar generada por una gran red de circuitos eléctricos, un sistema nervioso que mantiene una disposición constante de control de los órganos decisivos en todo el cuerpo.

Cuando seamos capaces de mirarnos en no se que inmenso espejo y nos reconozcamos como sociedad indivisible habremos dado otro paso espectacular hacia una complejidad más eficaz. El sistema nervioso se está creando, solo nos falta creer que lo que le ocurre a cualquiera, aunque sea en la antípoda, nos afecta a todos, al bien común que deseamos para lo que hemos bautizado como Humanidad.

21 enero 2009

Obama gobierna


 

Obama ya gobierna, bueno, gobernará, en la medida en que pueda mandar el presidente electo de la nación, que sobre el tapete, es la más poderosa de la tierra. De la traducción en directo que hacían de su discurso por la tele percibí la intención de dar un paso atrás como para tomar carrerilla para dar un salto hacia delante, intentando sortear estos tiempos en que el neoliberalismo a ultranza ha permitido que los listos arramblaran con todo sin descaro, desde la óptica de que la riqueza crea riqueza sin necesidad de ningún tipo de control. Y desde este cuento de la óptica y el paso atrás de Obama me da por recuperar el castizo refrán de que siempre todo es del color del cristal con que se mira.

 

El hombre triunfa o fracasa, o mejor dicho triunfa y fracasa, más allá de lo que se establece como triunfo y fracaso en los varemos contemporáneos, o en el papel cuché o en los concursos televisivos. Incluso diría que, triunfa y fracasa más allá de lo que la sociedad doméstica, o sea, su vecino piense sobre él. Porqué el triunfo y el fracaso es primordialmente una sensación íntima, si, pero que a menudo está condicionada por estados anímicos temporales o circunstanciales. En cualquier caso el triunfo y el fracaso son el reflejo de una simplificación, como el título de una crónica, como el Obama gobierna de este post. Simplificaciones que esconden una historia que no merece nunca tan sucinta síntesis.

 

Las palabras contundentes nos gustan más que un caramelo a un niño y así yo mismo, celebro gozoso, palabras como: triunfo, felicidad, verdad, Dios, fracaso, etc. Palabras falaces, veladuras que esconden detrás de su contundencia, un torrente de triquiñuelas inventadas y consumidas para ir tirando. Cuando te bajas de la nube mística de su potente presencia al terreno llano de la vida cotidiana, percibes que tanto si estas triunfando como si fracasas nada se inmuta, todo sigue igual, como si nada. El soldado reventado moral y físicamente por la batalla, siente piar los pájaros impertérritos, inmunes a su desastre. Es lo que tiene el tiempo, pasa sin remedio, sea cual sea tu estado de ánimo.

 

Resulta que el triunfador televisivo cuenta, pasado el tiempo, que su vida fue un desastre. Subido en la cresta de la ola de la fama, admirado por medio mundo, la vorágine del éxito se lo había comido irreflexivo, perdió pié en la realidad y necesitó media vida para cerciorarse de que el éxito social no llevaba implícito el éxito íntimo. Necesitó media vida para volver a dar valor a lo que el hombre de la calle no pierde nunca de vista.

 

Así reflexionaba de buena mañana y entre el Obama, el éxito y el fracaso, el cristal con que se miran las cosas, se me apareció una palabra pequeña sin la cual la vida se complicaría mucho. Todos apuramos, aún sin salir de casa, felicidad, amor, éxito, fracaso, dolor, olvido, tristeza, alegría, toda la gama de emociones posibles, la representación tragicómica de lo que es una vida. Pero lo que luego resulta casi imprescindible para vivir es una cosa tan pequeña como la ilusión. Sin ilusión, el futuro, la vida es una mierda y la ilusión como su propio nombre indica es sólo un engaño, un ardid, un cuento.

 

Obama es un ilusionista que nos promete cambiar el cristal con que debemos mirar las cosas.  

12 enero 2009

El título.



Sobre la vida, sobre la replica, la memoria. Sobre el tiempo.

Einstein, el genio, buscaba una ley universal que lo explicara todo, que lo contuviera todo. No está muy lejos su concepto científico de lo que otros le dan el nombre de Dios.

Escribo y quiero llamar la atención sobre ello. Sufre, el que cuenta, para encontrar la esencia de un título ideal que sea la contracción perfecta de la historia y hasta puede sentirse orgulloso de haber dado con la mejor síntesis, pero esta ilusión no descubre nada, no sirve para conocer el contenido del cuento.

Sobre la vida espectáculo, que es contar constantemente lo que se ve, lo que se siente, porqué la vida sin la memoria de contar no existe. La vida es réplica de contar lo que escoge la memoria o el azar mismo.

El enemigo imbatible es el tiempo y lo digo muy conciente de lo que no podré entender nunca, la pretendida importancia de su duración, pues al simplificarlo todo en mi deriva hacia la nada no le veo la diferencia en estar un segundo o miles de millones de años si al fin y al cabo el resultado, restado el tiempo, siempre es el mismo, dejar de ser, seas una partícula o un universo.

Lo cierto es, que lo que hay es contra el tiempo, y así hoy sentado en el ordenador, con la ilusión de gravar perenne mi historia, para ganar tiempo al tiempo, utilizo ridículamente este soporte infinitamente más ligero, frágil y caduco que el que la naturaleza seleccionó al azar y fijó con el resultado actual de nosotros mismos, me siento hacer algo positivo y quizás importante.

No son seres lo que vemos vivir sino contenedores de memoria (xips orgánicos) que intentan vencer al tiempo. No quiero, pienso, vivir eternamente, no habrá peor tortura que ser conciente Dios, pero mira, me reservo el interés que tiene llegar hasta el fin del tiempo, para ver por un instante el rostro de su extinción. Aunque lo más probable es que sintiera en este instante concentrado todo el dolor que puede sentirse por dejar de sentir, por dejar de ser

Siento a veces, insistente, que está en mi y replico insistente, imperfectas copias del pulso que todo lo contiene.

26 diciembre 2008

Buenas Fiestas


Nada esta intrínsicamente más cerca de la nada que el caos. Cuando la nada se tambalea, el caos apabulla ocupándolo todo en un solo paso. Duda la nada y su armonía se resquebraja cediendo el contundente poder al caos. La nada se rompe pues, imperfecta, en infinitos pedazos de caos.

Del caos, por otra parte, surge cualquier cosa, por extravagante que sea, como el mismo orden. El orden no es la nada, pero mira, tiene un parecido. Sirve para ocurrencias como que existe algo y el existir aunque no tiene nada que ver con la nada si tiene que ver con el orden.

Existimos más por suposición que como cosa hecha. Nos creemos reales, pero nos pellizcamos para cerciorarlo. Dudamos de que no sea todo más que un sueño, y nuestras razones tenemos, pues parece que intentamos llegar a unos difusos e inestables objetivos las más de las veces siguiendo el sentido contrario. Cuando nos sobrepasan las contradicciones buscamos respuestas divinas o culpamos al azar o al destino o decidimos ignorarlo todo. Lo que en realidad hacemos es fluir siguiendo el paso que nos marcan las circunstancias. Lo hacemos todo, vamos y volvemos, introvertidos y extrovertidos, humildes y soberbios, solo dueños de pulsar las teclas de que disponemos y a fe que las tocamos todas a poco que tengamos la curiosidad o el tiempo suficiente para cerciorarnos de sentir, ver, gustar y oír como van sonando.

Y así, en este desorganizado orden, al fin, nada encontramos extraño, tal es la sutilidad con que nos van manejando sus maneras y más aun, cuando al tocar los acordes de los porqués, suenan más complejos y enrevesados, más laberínticos que la instantánea simplicidad de vivir.

Llegó la navidad como nota ineludible para cerrar la sinfonía de cada año. Celebramos como siempre el acotado orden que robamos al caos. Este orden, el orden en general, no siempre tiene porqué resultar agradable ni digerible y tiene la particularidad, como las alergias, que lo que te sienta estupendamente unos años luego, de golpe, se vuelve insoportable. Tenemos o buscamos medicinas, alivio para todo y como en convaleciente estado de un catarro cualquiera, podemos enfrentarnos a la navidad metiendo cama quince días, o soportando estoicamente en pié y con mal cuerpo la saludable y agotadora actividad de los que, al parecer, no les ataca este determinado virus.

Hoy nieva y conjeturo que lo que celebramos en la navidad es que estamos a resguardo del invierno, que tenemos la alacena llena y también, porqué no, deseamos con profundo y particular egoísmo que de esta prosperidad en tiempo duro, gocen familia y amigos y el mundo en general, aunque bien sabemos todos que es solo un augurio y que, en el mejor de los casos, tiene fecha de caducidad a los pocos días.

28 noviembre 2008

El trayecto de hoy


Hoy.

Vamos a ver.

El no sé si sé, no sé si sirve tanto como el sé que no sé

No sirve de nada saber. Nada. Digo, en este caso, pienso en lo de la explosión descontrolada de excesos, que luego de vigilia, maltrecho, quieres no saber nada de ellos nunca jamás. De los descalabros, de los excesos.

Mas tarde piensas en huir de pensar. No es el caso de hoy que pienso, pienso ocurrente.

Quería entrar en el sol de noviembre que asoma a ratos.

Lee el que no lee y piensa que mientras lee no piensa, absurda teoría. Creía, con la atención desperdigada, hace más de un año, quizás dos o tres que me aventuraba línea a línea, enseñoreándome en la desaparición, despersonalización y suplantación y todo esto, del doctor Pasavento.

Soy Cerillo, digo incrédulo. Si sumo las cifras de mi fecha oficial de nacimiento y luego sigo sumando hasta las unidades, ¿cómo se llama esto?, me sale un cuatro. Cuatro es un número al que no le tengo el menor afecto, aunque porqué iba yo a querer un número? El cuatro y el seis no deberían existir, aunque el seis por lo menos tiene lo de la media docena. Del dos y el ocho nada aprovecha, será que no me gustan los pares, y si no estuvieras tu, tu o tu, me cargo sin dudar todas las parejas. El ocho me parece un engreído y los primos, que manía tenemos todos con los primos.

Voy a llamarle a esto que no sé que nombre tiene, mi número astral lo llame como lo llame quien entendido sea. Poca enjundia tiene poner nombre tan pomposo a un cúmulo casual de casualidades, incluidas el nombre, que es letra y sonido congruente debido a innumerables apaños casuales y que abarca estrechas geografías que por suerte en este caso son la tuya y la mía, sino, no nos entendemos.

Estaba por entrar en el sol de noviembre y quedarme a allí un rato, calientito, pero nada, no sé si llegué a pensar que un cerillo sin cabeza, si se arrima al fuego puede parecer lo que fue, un cabeza colorada perfecta para arder. Aquel doctor que leía distraído penetró en el peor sentido de la palabra dentro de Cerillo y él sin darse cuenta fue, se hizo, suplantó, en fin, se encontró con un lío personal de mucho cuidado.

Si eres otro queda todo por hacer y con tanto no cuentas. Inventar una vida entera con una biografía montada a la ligera. Lo que se olvida y aparece de súbito aunque siempre estuvo allí, este es el reto complicado que acusa el que suplanta.

O poner los pies en el suelo, los pies en el frío suelo y mirar por el balcón, coger revolado la máquina y intentar guardar lo que ves a simple vista y deplorar la National Geographic de uno mismo y arrastrar en este desahucio, no solo a la naturaleza que decidiste encuadrar en el marco de una pantalla, sino objetos, obras y modelos.

Y las formas mismas de la belleza que pasan por el orden que un dictado desconocido eligió no sé con que propósito y al que se acostumbraron, no mis ojos, sino miles de ojos antes para acertar desordenados con una maldita ilusión óptica con presunción estética. Así, si lo que me enamora me duele de maldecir maldigo este barroco otoño.

No interioricé el otoño principesco y como lo veo fuera con el preciso marco que dispongo cada vez, ando con él tieso. No me lleva al huerto. Lucho contra la belleza que me impone el universo, que al fin sé que no es tan diverso por mas que no sé quien, clasificó millones de insectos. Como si a mí me importara. Yo ando atento a desclasificarlo todo para llegar a mi nada, aunque entre medio me asalta lo bello y por mas que huyo no puedo.

Vuelvo a la nada que trabajo me cuesta meter en la pequeña botella transparente, como aquellas que traían penicilina con la que, con terror, me pinchaban de enfermo. Por cierto, recuerdo que me encontraba muy bien, sin colegio, de primera, pero que luego estaba, pestes, el horror doloroso de los pinchazos día si, día también. Llenaba después la botellita, a media, de agua. Si la llenas entera, pienso, parecerá vacía. Entro todo dentro la botellita y así que voy metiendo va siendo nada. Luego le ponía litines, tapaba con tapón de goma, lo dejaba en el suelo y estallaba. Pequeño estallido, y a buscar el tapón vete a saber donde, y así horas y horas.

Me digo, os lo advierto, no juguéis a desaparecer que luego va de cierto. Aunque desaparecer está bien, sirve para que nuestro enfermo entusiasmo por la belleza crea que podemos entrar todo en una botellita de penicilina, como genio. Vas metiendo y asombra todo lo cabe y pienso. Hoy pienso, voy, me meto dentro y desaparezco.

Pero seguido estoy en cuanto Mahler no acaba de terminar con los bombos y platillos. El estruendo de un final apoteósico, atronando increscendo, que parece insuperable una y otra vez. Todo, reflexiono, construido para saborear media décima de segundo de contrastado silencio, pues andan los ansiosos aplaudidores en vilo, intentando atar la emoción con el estallido de las palmas, obviando que en privado la emoción se siente en silencio si no es que brote quejido del pecho. El bravo, bravo, embridado por la espera, desata un ruidoso agradecimiento por lo vibrado y suspende la emoción, adormecido y bien guardado el preciado gemido que atraviesa el vulnerable ánimo.

Pienso en penicilina enfermo y en jugar, mucho antes de que el doctor Pasavento certificara la fragilidad de mis distintas y difusas personalidades, antes de que los instintos pusieran a cada cosa en su sitio en la batalla personal donde nos hieren y herimos, muy lejos de épica alguna. El mundo encogido en una baldosa hidráulica, con un botellín misérrimo de agua, penicilina o nada, con la que juego, siempre huyendo del dolor, aunque sea del que sana.

Sufrir para curarse para sufrir, este es otro dilema. Silencio, que pienso y oigo un constante ruido eterno.

El silencio y la nada serán lo mismo y no lo digo.

Y sigo.

luego

27 noviembre 2008

Insomnio otoñal

El insomnio, me enfrentó al laberinto y como defensa a su extrema complejidad fui acercándome sigilosamente a la nada. Con base tan nimia la contradicción es permanente y desde entonces me siento balbucear si es que tengo que argumentar sobre cualquier cosa. La nada te hace pequeño de la misma manera que la personalidad te agiganta, pero las químicas humanas son tan lentas que nadie percibe en mi cambio alguno. No se enteró ni él yo mismo que sigue defiendo con idéntico ahínco, grandes parcelas personales con el piloto automático puesto.

Con el tiempo, la gota malaya es la que cuenta, así siento, que los agujeros, las grietas, los abismos que se abren con el insomnio duermen un sueño reparador en cuando amanece, pero lo que han horadado en silencio, permanece latente, esperando su momento.

Este otoño me da por andar con las manos en los bolsillos lentamente, contando los pasos que me acercan y alejan sin descanso a lo que brillante me incita y que como urraca avariciosa persigo. Me veo entrando sin dudar en el mismo sol de noviembre, este mes tan triste, que invita a andar ligero.

Tiene gracia esto de sentir los elementos, este fluir tan alejado de las asperezas de la lucha cotidiana, de las miradas condicionadas, de las heridas del tiempo, y claro, disponer como lujo tener los ojos bien abiertos, filmando el concierto de sensaciones y también disfrutando de las representaciones que improvisamos sin cesar al vivir y con las que deleitamos sin querer a ojeadores aviesos.

En este tiempo que dispongo entre paréntesis a mi gusto, aprecio la cuota de espectáculo que estoy dispuesto a concederme, pagando con el esfuerzo de filtrar lo que quiero ver, pero también divertido por el revoloteo inconsciente de palabras que me asaltan afiladas como dardos que buscan dianas perfectas, la desfachatez que da la inmediata posibilidad de salir de foco cuando me viene en gana, el rebuscar entre recuerdos sin sufrir, como arqueólogo de vanidades petrificadas que paladea alimentos elementales o vulgares con sentimiento ancestral, ver lo que me enseñaron a ver otros ojos, descubrir noblezas, miserias y las siempre discretas ternuras, tan costosas de ver, floreciendo en cualquier basurero.

A la nostalgia del tiempo otoñal añado el resquemor de andar de vuelta. Ojo si; es sereno. ¡Que bien, vaya invento! Pero…. nada se funde, nada me arrastra, nada revienta entre mis dedos. Voy a tirarme un pedo.