26 junio 2009

Dentro de un orden


Tengo un defecto inmenso que casi es pecado mortal, no me gusta trabajar. Defecto que por necesidad he de mantener a dieta, que no puedo, como me gustaría, holgar todo el santo día. Sigo pues, obligado, un horario de trabajo con fines nutricionales. Suena cada día laborable en la mesilla de noche, a menudo bien despierto, el despertador. Así aprendí que nunca nada es del todo malo. Descubrí que para mí, las mejores horas del día resultan ahora las que van entre las seis y las ocho de la mañana, mientras me manejo, aun incontaminado, a solas con mis pensamientos. Una imagen fugaz enciende, esporádica, una cascada de razonamientos que alimentaran después toda esta catarata de reflexiones que luego busco compartir.

¿Cómo no enamorarte del orden? Pensaba de buena mañana mientras para reforzar la imagen recreaba un idílico, pulcro y geométrico jardín.

De pequeño me resultaba incomprensible que fuera pecado la carne y me pellizcaba incrédulo los brazos ante la estupefacta mirada de mi amigo Eduardo. Me sonaba también muy raro lo de animal racional compuesto de alma y cuerpo. Hoy en día, con los grandes porcentajes de ADN compartido con gusanos miro como hermano a los simios. No será tanto el alma lo que nos hace distintos sino la habilidad adquirida de luchar para conquistar frágiles espacios ordenados como perfilados jardines versallescos. ¿Que es sino orden, letras, matemáticas y música para poner unos ejemplos? Nuestras ciudades, muebles y artilugios acotan minuciosamente los intratables absolutos. Es cierto que no hay un único tenedor pero nos entendemos a la perfección cuando los nombramos. Vive el mono en la selva y nosotros en grandes ciudades. Se cubre con una hoja la cabeza cuando llueve y nosotros tenemos aire acondicionado. ¿Es nuestra alma la que genera estos útiles objetos inanimados?

Deploro carecer de carné de conducir y así no poder transitar, sólo, por sinuosos y ordenados caminos, como este del caos que inicié un veintitrés de junio del 2006 en la mágica, tronante e insomne noche de San Juan. Seguí luego con la necesidad de parar el tiempo, pincelé también un poco del arte que cultivo, hablé del sedante delirio de viajar y terminé el mes de junio, hablando de transgredir el orden y acotar el desorden.

Este año, la noche de San Juan la pasé casi a solas de puntillas. A la mañana siguiente, al atardecer, asistí en un tugurio a una reunión de poetas domésticos que recitábamos sentidos poemas protegidos por la amistosa solidaridad de los que se reconocen como hermanos de laberinto. Acusé de sobremanera, en el desordenado y un poco triste ambiente bohemio, una ligera sensación de cálida claustrofobia, de pertenecer a una secta de conspiradores contra la modernidad que enemiga bulle en el exterior, y es posible que en parte, así fuera. Al salir, mientras Ene conducía suave entre el tráfico de la noche, entré en éxtasis medio adormecido por el murmullo de la conversación entre los poetas que viajaban en los asientos posteriores. Sin resistencia alguna mi relajada mente se prendó del estimulante espectáculo luminoso que ofrecían las calles comerciales de Andorra bien protegido dentro del vehículo y bien acompañado por unas azarosas y excelentes melodías que vete a saber que radio emitía. Así, desde mi burbuja automovilista, como espectador privilegiado de un mundo rutilante, aprecié indefenso la rotunda belleza y singularidad de un determinado orden que en aquel momento brillaba perfecto en mis pupilas.

18 junio 2009

Reflejos


Yo no soy nadie pensé en la contemplativa madrugada de hoy y por lo tanto no soy filósofo, quizás, porqué jamás se me ocurrió serlo cuando me tocaba la hora de ser, pero por lo que he entrevisto en este mundo, todos nos sentimos un poco Sócrates aunque luego quien cuenta es Platón. No sé como me atrevo hablar de lo que sólo conozco por referencias en los libros de texto u otras lecturas dispersas, sino es porqué últimamente me asaltan nieblas, o sombras, o espejos, y estos reflejos los asocio a la caverna del filósofo.

Desperté hoy con un leve y matutino insomnio que me hace reflexivo, muy reflexivo si es que debo hacer caso a que, de inmediato, mi atención quedó fijada en el reflejo que daba el cristal de la ventana abierta de mi habitación y que por un efecto espejo, doblaba visualmente una persiana idéntica a la real, una contrastada ilusión sin ninguna solidez. Puede ser que así empezara Platón con sus sombras.

Llevo muchos días de crisis, tantos que no creo que pueda definir el vivir si no es como una discontinua y empalagosa crisis de vivir. Quise por necesidad intentar flotar, me obligué a nadar, pues que yo sepa a nadie le gusta sufrir el ahogo profundo de la insatisfacción y a causa de ello me puse alocado a indagar sobre lo esencial, sobre lo que creía más substancial y me pareció que debía andar alrededor de las grandes cuestiones intemporales, los absolutos de siempre, los de los nombres fundamentales como Dios, la belleza, la justicia, el tiempo, el espacio, el amor, lo real, prendido obsesivo a conciencia por una necesidad vital de conquistar la verdad. Absolutos que resultan luego inabordables, tiempo que parece desperdiciarse en el inútil esfuerzo de comprimirlos, de simplificarlos, de hacerlos comprensibles. En estas lides encuentras, tantas veces, inesperadas simples y gratificantes conclusiones, que quiero pensar que por ello, quedas con creces compensado de la aventura de pensar.

Reflexionaba esta mañana insomne, sobre el efecto espejo y su engañosa verdad cuando descubrí que no empezamos a ser hasta que nos preguntamos por quien es nuestro reflejo, o sea que, sin un físico espejo donde poder vernos no se puede llegar a ser. Nuestro conocimiento nace pues de un espejismo. Nadie puede ser por si mismo. Esta obligada y tangencial manera de acercarse a la realidad es quien crea nuestros enmarañados mundos empañados por la falsa percepción de los espejos. La realidad no puede existir sino es en el marco que desvelan los reflejos, las reflexiones. Reflexiones que acostumbran a ser inciertas y dolorosas pues la anhelada plenitud que se consigue con la felicidad sólo es posible desde la inconsistencia del no ser (esto que viene a resultar la totalidad del ser, otro absoluto incomprensible de por si).

El éxtasis, la felicidad, es pues irreflexiva, inmediata, despersonalizada, situada en el limbo etéreo que nos da la inmediatez del vivir sin pensar. Instintiva y fugaz, abarca en su elementalidad instantánea tanto brillo que su recuerdo --una ilusión-- nos seduce y nos obliga para siempre a la insatisfactoria tarea de perseguir sus reflejos. Estamos castigados a luchar sin descanso con sombras en medio de la niebla para encontrar la luz en contados y ocasionales despistes, cuando desconcentrados e irreflexivos fluimos inconscientes fuera de nosotros mismos, cuando no somos nada y que luego en posteriores reflexiones, pensamos, sabemos y sentimos que fue cuando más fuimos.

06 abril 2009

Un discreto silencio


Hubo un tiempo en que la discreción gozaba de prestigio, hablo de hace mucho tiempo. Hoy la discreción se verá como tara en quien la cultive. También existe lo de dejar morir con discreción cualquier cosa, sin hacer demasiado ruido, como este mismo espacio. Pero hoy necesito hablar desde el desconcertante estado aquel en que, por desgracia, no tengo nada que decir.

Estoy cortejando una crisis, bailo con ella, podría ser de identidad, pero es otra cosa. Se me amontonan latentes crisis personales azuzadas por las otras crisis que inmisericordes nos golpean. Imperceptibles las cosas cambian, se me acabó el gel en la ducha y aproveché al cambiarlo para coger una maquinilla nueva de afeitar y recordé que debo afeitarme durante un tiempo con cuidado para que la maquinilla nueva no me lastime la cara. Mañana cuando ya habré olvidado la novedad caerán unos sangrientos cortes donde repetido tropiezan sus afiladas hojas.

Como en un hormiguero tenemos el mundo atestado de larvas, de larvas de crisis. Las crisis larvadas guardan silencio mientras se alimentan voraces en cualquier agujero. Puede el mismo vociferante silencio ser sintomático de que se cruzarán indeseadas en nuestras vidas revolviéndonos seguridades con cambios decisivos.

Pueden contarme e intento creer optimista en la bondad purificadora de las crisis como pretenden convencerme algunos sabios, pero por más que me esfuerzo en positivo los cambios son como terremotos, cuesta creer que alguien los desee, que puedan llegar a ser experiencias positivas..

Creo en la soledad y el silencio grandes y en este desierto intento llegar a un fondo sólido donde asentar los pies para poder luego andar hacia algún lado. No está garantizado que topes con el. También en las crisis de afuera andan buscando, los que se creen que son sus gestores poder tocar fondo, hacer pié, encontrar el limite aquel donde más bajo es imposible caer y empezar a construir otra cosa, o la misma, que ya es de redomados imbéciles reconstruir lo que se cayó con estrépito.

No tengo nada que decir, pero esto no implica que no desee más que nunca hacerme sentir. Este personaje parásito que alimento piensa que tiene algo importante que decir de vez en cuando, aunque ahora no sepa con precisión que y por esto guarde silencio. La sensación de que tienes algo que decir, es en cierto modo balsámica, es un punto de autoestima robado de puro milagro a la nada, mientras andas con los pies inanes bien lejos del suelo.

La tristeza, es una desnuda laguna de grises aguas turbias donde es difícil encontrar reparador descanso, bien apoyada estuvo por los desapacibles días de este largo invierno. He soñado con soles y lunas, con plácidas y templadas noches que llegaran sin duda a su tiempo, majestuosas, pero no sé si entonces voy a ser capaz de encontrar, para atenderlas, el camino que me aleje del desolado paisaje con que me aprisionas, tristeza.

07 febrero 2009

Un sistema nervioso


La física no tiene otro corazón que no sean las leyes de la atracción universal. Lo digo yo, así, a bote pronto. El corazón lo adquieren posteriormente las estructuras orgánicas que a base de réplicas quieren perpetuarse en el tiempo.

Yo creo que lo que une, gusta, por decirlo de alguna manera y lo que gusta se tiende a querer repetir. Las copias, pero, acostumbran a ser un mal reflejo de la emoción original, aunque con ellas se consigue la ilusión de perdurar en el goce un tiempo y parece que esto es lo que interesa. Cuando deja de interesar, ningún problema, a otra cosa mariposa, aunque las copias generadas quedan como desperfecto, como memoria, en estructuras extremadamente complicadas y posiblemente indescifrables incrustadas a las réplicas recientes. Fíjese sino las tramas de espionaje político en la Comunidad de Madrid. Sin remedio las tramas de espionaje crean su contraespionaje y luego el recontraespionaje y así hasta el infinito.

Cuando los entes de control se vuelven excesivos y todo se desordena, es cuando surgen lógicas con voluntad de ordenar lo descontrolado y lo que fue emoción y vida acaba siendo un apéndice de una comunidad especializada en algo que está regida por un coordinador que es el que dicta su funcionamiento.

Así la vida es una cadena de despropósitos que nacida de una simplicidad original, cabalga obcecada hacia estructuras cada vez más complejas, formando en su deriva laberínticas cadenas jerárquicas

No sé si me entiendo y si se me entiende. El placer, la ley, está en la unión, luego, para que dure algo más en el tiempo se repite lo que gusta, se copia. Surge del caos de copias un organizador de ellas, luego un organizador de organizadores, se van especializando a cada paso los coordinadores etc…

Nos miramos en el espejo y sabemos que su reflejo es copia casi fiel de nosotros mismos y esta conciencia es debida a que toda una inmensa estructura de controlados censores llegó a esta conclusión. Somos lo suficientemente sabios para notar que somos y por lo que parece esto es motivo de orgullo y nos hace diferentes de los que carecen de esta conciencia. En cualquier caso dimos en algún momento de la evolución este salto que nos parece importante. En un lugar del cerebro una coordinación de coordinadores llegó a crear esta conciencia y esto nos hace más eficientes. Pero para llegar a ello es necesario que en esta compleja estructura que somos exista una comunicación perfecta que hace que sintamos como un cuerpo único lo que no es mas que una colección de órganos variopinta unida a base de millones de millones de controles y copias infinitas de gustos dispersos en el tiempo. Una perfecta sociedad de células sumamente eficiente para perdurar gustos un tiempo en el tiempo.

No se si lo que digo tiene algun sentido. Yo iba a que todo tiene su tiempo y lentamente, pienso, el individuo que se reconoce en el espejo se siente cansinamente solo y se une a su pareja como la física impone. Y se mantiene unido a su familia y a su clan para goce y seguridad de futuro. Lo más importante para que las uniones perduren es una constante comunicación y roce. El amor que hace que constantemente pulamos las aristas que nos repelen y nos obliga a crear constantes vinculaciones para que el bien común sea duradero. Por otra parte la comunicación en el cuerpo no deja de estar generada por una gran red de circuitos eléctricos, un sistema nervioso que mantiene una disposición constante de control de los órganos decisivos en todo el cuerpo.

Cuando seamos capaces de mirarnos en no se que inmenso espejo y nos reconozcamos como sociedad indivisible habremos dado otro paso espectacular hacia una complejidad más eficaz. El sistema nervioso se está creando, solo nos falta creer que lo que le ocurre a cualquiera, aunque sea en la antípoda, nos afecta a todos, al bien común que deseamos para lo que hemos bautizado como Humanidad.

21 enero 2009

Obama gobierna


 

Obama ya gobierna, bueno, gobernará, en la medida en que pueda mandar el presidente electo de la nación, que sobre el tapete, es la más poderosa de la tierra. De la traducción en directo que hacían de su discurso por la tele percibí la intención de dar un paso atrás como para tomar carrerilla para dar un salto hacia delante, intentando sortear estos tiempos en que el neoliberalismo a ultranza ha permitido que los listos arramblaran con todo sin descaro, desde la óptica de que la riqueza crea riqueza sin necesidad de ningún tipo de control. Y desde este cuento de la óptica y el paso atrás de Obama me da por recuperar el castizo refrán de que siempre todo es del color del cristal con que se mira.

 

El hombre triunfa o fracasa, o mejor dicho triunfa y fracasa, más allá de lo que se establece como triunfo y fracaso en los varemos contemporáneos, o en el papel cuché o en los concursos televisivos. Incluso diría que, triunfa y fracasa más allá de lo que la sociedad doméstica, o sea, su vecino piense sobre él. Porqué el triunfo y el fracaso es primordialmente una sensación íntima, si, pero que a menudo está condicionada por estados anímicos temporales o circunstanciales. En cualquier caso el triunfo y el fracaso son el reflejo de una simplificación, como el título de una crónica, como el Obama gobierna de este post. Simplificaciones que esconden una historia que no merece nunca tan sucinta síntesis.

 

Las palabras contundentes nos gustan más que un caramelo a un niño y así yo mismo, celebro gozoso, palabras como: triunfo, felicidad, verdad, Dios, fracaso, etc. Palabras falaces, veladuras que esconden detrás de su contundencia, un torrente de triquiñuelas inventadas y consumidas para ir tirando. Cuando te bajas de la nube mística de su potente presencia al terreno llano de la vida cotidiana, percibes que tanto si estas triunfando como si fracasas nada se inmuta, todo sigue igual, como si nada. El soldado reventado moral y físicamente por la batalla, siente piar los pájaros impertérritos, inmunes a su desastre. Es lo que tiene el tiempo, pasa sin remedio, sea cual sea tu estado de ánimo.

 

Resulta que el triunfador televisivo cuenta, pasado el tiempo, que su vida fue un desastre. Subido en la cresta de la ola de la fama, admirado por medio mundo, la vorágine del éxito se lo había comido irreflexivo, perdió pié en la realidad y necesitó media vida para cerciorarse de que el éxito social no llevaba implícito el éxito íntimo. Necesitó media vida para volver a dar valor a lo que el hombre de la calle no pierde nunca de vista.

 

Así reflexionaba de buena mañana y entre el Obama, el éxito y el fracaso, el cristal con que se miran las cosas, se me apareció una palabra pequeña sin la cual la vida se complicaría mucho. Todos apuramos, aún sin salir de casa, felicidad, amor, éxito, fracaso, dolor, olvido, tristeza, alegría, toda la gama de emociones posibles, la representación tragicómica de lo que es una vida. Pero lo que luego resulta casi imprescindible para vivir es una cosa tan pequeña como la ilusión. Sin ilusión, el futuro, la vida es una mierda y la ilusión como su propio nombre indica es sólo un engaño, un ardid, un cuento.

 

Obama es un ilusionista que nos promete cambiar el cristal con que debemos mirar las cosas.  

12 enero 2009

El título.



Sobre la vida, sobre la replica, la memoria. Sobre el tiempo.

Einstein, el genio, buscaba una ley universal que lo explicara todo, que lo contuviera todo. No está muy lejos su concepto científico de lo que otros le dan el nombre de Dios.

Escribo y quiero llamar la atención sobre ello. Sufre, el que cuenta, para encontrar la esencia de un título ideal que sea la contracción perfecta de la historia y hasta puede sentirse orgulloso de haber dado con la mejor síntesis, pero esta ilusión no descubre nada, no sirve para conocer el contenido del cuento.

Sobre la vida espectáculo, que es contar constantemente lo que se ve, lo que se siente, porqué la vida sin la memoria de contar no existe. La vida es réplica de contar lo que escoge la memoria o el azar mismo.

El enemigo imbatible es el tiempo y lo digo muy conciente de lo que no podré entender nunca, la pretendida importancia de su duración, pues al simplificarlo todo en mi deriva hacia la nada no le veo la diferencia en estar un segundo o miles de millones de años si al fin y al cabo el resultado, restado el tiempo, siempre es el mismo, dejar de ser, seas una partícula o un universo.

Lo cierto es, que lo que hay es contra el tiempo, y así hoy sentado en el ordenador, con la ilusión de gravar perenne mi historia, para ganar tiempo al tiempo, utilizo ridículamente este soporte infinitamente más ligero, frágil y caduco que el que la naturaleza seleccionó al azar y fijó con el resultado actual de nosotros mismos, me siento hacer algo positivo y quizás importante.

No son seres lo que vemos vivir sino contenedores de memoria (xips orgánicos) que intentan vencer al tiempo. No quiero, pienso, vivir eternamente, no habrá peor tortura que ser conciente Dios, pero mira, me reservo el interés que tiene llegar hasta el fin del tiempo, para ver por un instante el rostro de su extinción. Aunque lo más probable es que sintiera en este instante concentrado todo el dolor que puede sentirse por dejar de sentir, por dejar de ser

Siento a veces, insistente, que está en mi y replico insistente, imperfectas copias del pulso que todo lo contiene.

26 diciembre 2008

Buenas Fiestas


Nada esta intrínsicamente más cerca de la nada que el caos. Cuando la nada se tambalea, el caos apabulla ocupándolo todo en un solo paso. Duda la nada y su armonía se resquebraja cediendo el contundente poder al caos. La nada se rompe pues, imperfecta, en infinitos pedazos de caos.

Del caos, por otra parte, surge cualquier cosa, por extravagante que sea, como el mismo orden. El orden no es la nada, pero mira, tiene un parecido. Sirve para ocurrencias como que existe algo y el existir aunque no tiene nada que ver con la nada si tiene que ver con el orden.

Existimos más por suposición que como cosa hecha. Nos creemos reales, pero nos pellizcamos para cerciorarlo. Dudamos de que no sea todo más que un sueño, y nuestras razones tenemos, pues parece que intentamos llegar a unos difusos e inestables objetivos las más de las veces siguiendo el sentido contrario. Cuando nos sobrepasan las contradicciones buscamos respuestas divinas o culpamos al azar o al destino o decidimos ignorarlo todo. Lo que en realidad hacemos es fluir siguiendo el paso que nos marcan las circunstancias. Lo hacemos todo, vamos y volvemos, introvertidos y extrovertidos, humildes y soberbios, solo dueños de pulsar las teclas de que disponemos y a fe que las tocamos todas a poco que tengamos la curiosidad o el tiempo suficiente para cerciorarnos de sentir, ver, gustar y oír como van sonando.

Y así, en este desorganizado orden, al fin, nada encontramos extraño, tal es la sutilidad con que nos van manejando sus maneras y más aun, cuando al tocar los acordes de los porqués, suenan más complejos y enrevesados, más laberínticos que la instantánea simplicidad de vivir.

Llegó la navidad como nota ineludible para cerrar la sinfonía de cada año. Celebramos como siempre el acotado orden que robamos al caos. Este orden, el orden en general, no siempre tiene porqué resultar agradable ni digerible y tiene la particularidad, como las alergias, que lo que te sienta estupendamente unos años luego, de golpe, se vuelve insoportable. Tenemos o buscamos medicinas, alivio para todo y como en convaleciente estado de un catarro cualquiera, podemos enfrentarnos a la navidad metiendo cama quince días, o soportando estoicamente en pié y con mal cuerpo la saludable y agotadora actividad de los que, al parecer, no les ataca este determinado virus.

Hoy nieva y conjeturo que lo que celebramos en la navidad es que estamos a resguardo del invierno, que tenemos la alacena llena y también, porqué no, deseamos con profundo y particular egoísmo que de esta prosperidad en tiempo duro, gocen familia y amigos y el mundo en general, aunque bien sabemos todos que es solo un augurio y que, en el mejor de los casos, tiene fecha de caducidad a los pocos días.

28 noviembre 2008

El trayecto de hoy


Hoy.

Vamos a ver.

El no sé si sé, no sé si sirve tanto como el sé que no sé

No sirve de nada saber. Nada. Digo, en este caso, pienso en lo de la explosión descontrolada de excesos, que luego de vigilia, maltrecho, quieres no saber nada de ellos nunca jamás. De los descalabros, de los excesos.

Mas tarde piensas en huir de pensar. No es el caso de hoy que pienso, pienso ocurrente.

Quería entrar en el sol de noviembre que asoma a ratos.

Lee el que no lee y piensa que mientras lee no piensa, absurda teoría. Creía, con la atención desperdigada, hace más de un año, quizás dos o tres que me aventuraba línea a línea, enseñoreándome en la desaparición, despersonalización y suplantación y todo esto, del doctor Pasavento.

Soy Cerillo, digo incrédulo. Si sumo las cifras de mi fecha oficial de nacimiento y luego sigo sumando hasta las unidades, ¿cómo se llama esto?, me sale un cuatro. Cuatro es un número al que no le tengo el menor afecto, aunque porqué iba yo a querer un número? El cuatro y el seis no deberían existir, aunque el seis por lo menos tiene lo de la media docena. Del dos y el ocho nada aprovecha, será que no me gustan los pares, y si no estuvieras tu, tu o tu, me cargo sin dudar todas las parejas. El ocho me parece un engreído y los primos, que manía tenemos todos con los primos.

Voy a llamarle a esto que no sé que nombre tiene, mi número astral lo llame como lo llame quien entendido sea. Poca enjundia tiene poner nombre tan pomposo a un cúmulo casual de casualidades, incluidas el nombre, que es letra y sonido congruente debido a innumerables apaños casuales y que abarca estrechas geografías que por suerte en este caso son la tuya y la mía, sino, no nos entendemos.

Estaba por entrar en el sol de noviembre y quedarme a allí un rato, calientito, pero nada, no sé si llegué a pensar que un cerillo sin cabeza, si se arrima al fuego puede parecer lo que fue, un cabeza colorada perfecta para arder. Aquel doctor que leía distraído penetró en el peor sentido de la palabra dentro de Cerillo y él sin darse cuenta fue, se hizo, suplantó, en fin, se encontró con un lío personal de mucho cuidado.

Si eres otro queda todo por hacer y con tanto no cuentas. Inventar una vida entera con una biografía montada a la ligera. Lo que se olvida y aparece de súbito aunque siempre estuvo allí, este es el reto complicado que acusa el que suplanta.

O poner los pies en el suelo, los pies en el frío suelo y mirar por el balcón, coger revolado la máquina y intentar guardar lo que ves a simple vista y deplorar la National Geographic de uno mismo y arrastrar en este desahucio, no solo a la naturaleza que decidiste encuadrar en el marco de una pantalla, sino objetos, obras y modelos.

Y las formas mismas de la belleza que pasan por el orden que un dictado desconocido eligió no sé con que propósito y al que se acostumbraron, no mis ojos, sino miles de ojos antes para acertar desordenados con una maldita ilusión óptica con presunción estética. Así, si lo que me enamora me duele de maldecir maldigo este barroco otoño.

No interioricé el otoño principesco y como lo veo fuera con el preciso marco que dispongo cada vez, ando con él tieso. No me lleva al huerto. Lucho contra la belleza que me impone el universo, que al fin sé que no es tan diverso por mas que no sé quien, clasificó millones de insectos. Como si a mí me importara. Yo ando atento a desclasificarlo todo para llegar a mi nada, aunque entre medio me asalta lo bello y por mas que huyo no puedo.

Vuelvo a la nada que trabajo me cuesta meter en la pequeña botella transparente, como aquellas que traían penicilina con la que, con terror, me pinchaban de enfermo. Por cierto, recuerdo que me encontraba muy bien, sin colegio, de primera, pero que luego estaba, pestes, el horror doloroso de los pinchazos día si, día también. Llenaba después la botellita, a media, de agua. Si la llenas entera, pienso, parecerá vacía. Entro todo dentro la botellita y así que voy metiendo va siendo nada. Luego le ponía litines, tapaba con tapón de goma, lo dejaba en el suelo y estallaba. Pequeño estallido, y a buscar el tapón vete a saber donde, y así horas y horas.

Me digo, os lo advierto, no juguéis a desaparecer que luego va de cierto. Aunque desaparecer está bien, sirve para que nuestro enfermo entusiasmo por la belleza crea que podemos entrar todo en una botellita de penicilina, como genio. Vas metiendo y asombra todo lo cabe y pienso. Hoy pienso, voy, me meto dentro y desaparezco.

Pero seguido estoy en cuanto Mahler no acaba de terminar con los bombos y platillos. El estruendo de un final apoteósico, atronando increscendo, que parece insuperable una y otra vez. Todo, reflexiono, construido para saborear media décima de segundo de contrastado silencio, pues andan los ansiosos aplaudidores en vilo, intentando atar la emoción con el estallido de las palmas, obviando que en privado la emoción se siente en silencio si no es que brote quejido del pecho. El bravo, bravo, embridado por la espera, desata un ruidoso agradecimiento por lo vibrado y suspende la emoción, adormecido y bien guardado el preciado gemido que atraviesa el vulnerable ánimo.

Pienso en penicilina enfermo y en jugar, mucho antes de que el doctor Pasavento certificara la fragilidad de mis distintas y difusas personalidades, antes de que los instintos pusieran a cada cosa en su sitio en la batalla personal donde nos hieren y herimos, muy lejos de épica alguna. El mundo encogido en una baldosa hidráulica, con un botellín misérrimo de agua, penicilina o nada, con la que juego, siempre huyendo del dolor, aunque sea del que sana.

Sufrir para curarse para sufrir, este es otro dilema. Silencio, que pienso y oigo un constante ruido eterno.

El silencio y la nada serán lo mismo y no lo digo.

Y sigo.

luego

27 noviembre 2008

Insomnio otoñal

El insomnio, me enfrentó al laberinto y como defensa a su extrema complejidad fui acercándome sigilosamente a la nada. Con base tan nimia la contradicción es permanente y desde entonces me siento balbucear si es que tengo que argumentar sobre cualquier cosa. La nada te hace pequeño de la misma manera que la personalidad te agiganta, pero las químicas humanas son tan lentas que nadie percibe en mi cambio alguno. No se enteró ni él yo mismo que sigue defiendo con idéntico ahínco, grandes parcelas personales con el piloto automático puesto.

Con el tiempo, la gota malaya es la que cuenta, así siento, que los agujeros, las grietas, los abismos que se abren con el insomnio duermen un sueño reparador en cuando amanece, pero lo que han horadado en silencio, permanece latente, esperando su momento.

Este otoño me da por andar con las manos en los bolsillos lentamente, contando los pasos que me acercan y alejan sin descanso a lo que brillante me incita y que como urraca avariciosa persigo. Me veo entrando sin dudar en el mismo sol de noviembre, este mes tan triste, que invita a andar ligero.

Tiene gracia esto de sentir los elementos, este fluir tan alejado de las asperezas de la lucha cotidiana, de las miradas condicionadas, de las heridas del tiempo, y claro, disponer como lujo tener los ojos bien abiertos, filmando el concierto de sensaciones y también disfrutando de las representaciones que improvisamos sin cesar al vivir y con las que deleitamos sin querer a ojeadores aviesos.

En este tiempo que dispongo entre paréntesis a mi gusto, aprecio la cuota de espectáculo que estoy dispuesto a concederme, pagando con el esfuerzo de filtrar lo que quiero ver, pero también divertido por el revoloteo inconsciente de palabras que me asaltan afiladas como dardos que buscan dianas perfectas, la desfachatez que da la inmediata posibilidad de salir de foco cuando me viene en gana, el rebuscar entre recuerdos sin sufrir, como arqueólogo de vanidades petrificadas que paladea alimentos elementales o vulgares con sentimiento ancestral, ver lo que me enseñaron a ver otros ojos, descubrir noblezas, miserias y las siempre discretas ternuras, tan costosas de ver, floreciendo en cualquier basurero.

A la nostalgia del tiempo otoñal añado el resquemor de andar de vuelta. Ojo si; es sereno. ¡Que bien, vaya invento! Pero…. nada se funde, nada me arrastra, nada revienta entre mis dedos. Voy a tirarme un pedo.

22 noviembre 2008

No se me ocurre nada




Muchos días, despierto antes del amanecer y pienso.

Despierto y sin pensar, créanme, elijo si puedo, pensar en lo que consuela.

Al despertar, cuando pienso antes del alba, a veces, las razones, caprichosas, tienden a asearse dando desconcertantes tumbos en el aire de la noche y las ideas, luego, aparecen copiosas y serenas, engalanadas para fiesta. Pero es solo espejismo frágil pues se revelan al instante idénticas al vívido sueño que increíble se te olvida solo el sol sale.

No puedo, por desgracia pues, transmitir las certezas que sin fisuras se expanden iluminando ilusorias mis tinieblas, he de conformarme con que dejarán restos de su rastro en la memoria y que aparecerán por encanto en coyuntura favorable. Lo cierto es que deploro este dispendio nocturno de talento, pues sé por perezoso, lo sufrido de picar piedra, que poner las palabras adecuadas en ringlera y los colores con sentido cuesta un trabajo y casi nunca brilla tal y como uno desea.

Que inventen, pienso bien sereno ahora que luce el sol, aparato que escriba y pinte con la velocidad y destreza con que me asaltan excelentes ideas en inoportunos momentos. Que me salve algún invento del tormento de rebuscar con esfuerzo, letra a letra, como transcribir la luz que huyó sin estela, o de bregar como negro, pincelada a pincelada, con los infinitos matices con que juegan al despiste los colores, pues de las palabras y las imágenes lo que más satisface, es el redomado misterio con el que, abandonados, aparecen de milagro acabados, con poder de cegar un instante al personal, aunque sea solo uno el deslumbrado.

La cuestión es que quedó en nada lo que, esta mañana, poco antes de la aurora, gobernaba con soltura en mi ardiente mollera. Se fundió lo que ocurrente argüí desnudo en el lecho. Desaparecieron ristras enteras de frases certeras que cabalgaban embriagadas de esplendor por mis miserias. Se perdió la subyacente proyección de imágenes congraciándose de haber conseguido elegantes anzuelos con los que atraer la compleja atención de quien sea.

Mira que forma de llegar a la nada por la tontería de poner los pies en el suelo y mirar desconcertado, punteado el día en el asomado balcón, como el otoño martiriza duro los ojos con sangrantes tañidos rojos.

Mi ruina de pie, en circulación por la calle y aseado, conjurando con el frío el desvanecido talento en nada, pido con mucha fe al cristalino día, el Cadí atosigando de testigo, el favor de que cosa curiosa me alegre por sorpresa la jornada, que la belleza hace tiempo que me tiene bastante mosqueado.

A la mierda, pensaba bien ido y enojado, las pestilentes fotos del National Geographic, esto que quede claro. Bien amigos….., tiempo hacía que me revoloteaba este rebote al agresivo empalago de las imágenes espectáculo que nos devoran los sentidos con porquería de engaños.

Porqué claro, hay engaños y engaños.

13 noviembre 2008

Lo mínimo


Mi primera contradicción como artista es que me gustan las cosas simples, elementales, pero que no les veo la menor gracia. Yo me entiendo.

Puedes dedicar toda una vida a la oración, alguien te alimentará. Quizás consigas aprender a no rezar, a contactar sin preámbulo con la divinidad que es de lo que se trata y vivir en permanente estado de nirvana, aunque no sé si esto es posible.

Pienso en japonés y me siento relajado aunque tengo la sensación de que estos señores mantienen una constante y controlada tensión.

Pienso en Velázquez, un lujo imposible, un maestro en engañar la mano a base comerse el coco.

La caligrafía, de rasgo depurado.

El concepto, blanco, verde, un cerillo inmenso, enmarcar una pared, importa ahora el equilibrio, ahora el desequilibrio.

Topé con solo tres colores. Blanco y negro. Una geometría limitada, línea y curva. Un marco, el encaje y el equilibrio.

Ando buscando razones para no bendecir la gracia de sentirse orgulloso en lo mínimo que viene a ser la antesala de la nada, por muy complejo que sea llegar a ella. La maestría tiene el efecto de una secta que con complejas hipérboles llegan a la nada para tirar una flecha, hacer un ramo, un traje, una gestual caligrafía, un espacio desnudo. Quisquillosas y rituales ceremonias para iniciados con la que vestir de algo, con símbolos, con artificios, con adornos al inescrutable vacío.

Andan los frailes cantando sin prestar atención a lo que cantan con la precisión del cirujano avezado, del maestro afinado en su oficio, definitivamente olvidado el riesgo por la precisión automática ganada con la devoción de una vida dedicada a ello. Es a lo mismo que yo aspiro, a pintar sin pensar en nada, aunque te encuentras luego siempre pensando, generalmente en comida u otras especies.

Aprendí que solo me interesa pintar para llegar a no pensar, para olvidarme de ser. Y como no me gusta ritualizar, por lo del aburrimiento, me acojo al camino del exceso con el que casi me acerco a la nada también, siguiendo la caótica senda del barroquismo que defiendo ahora, en este mismo instante.

08 noviembre 2008

La atracción




Inmerso en el tiempo, presiento que cuando libra de la absorbente acción, pule habilidades que limitarán con su especificidad mis casuales posibilidades de ficticia unión.

¿Habilidad o herramienta? ¿No es lo mismo? Siempre tropiezo con el huevo o la gallina.

La primera herramienta o la habilidad innata de que disponemos, figuro que es la capacidad de simplificar, aunque, ¿Es una habilidad o una necesidad buscar lo simple? Al no ser abarcable el complejo absoluto, nos encontramos que sin la abstracción no podríamos incidir en él, así que seríamos otra cosa y no lo que somos.

Si nos ponemos a simplificar a fondo, sin piedad, nos encontramos con nada y aquí, pues, nos quedamos sin tiempo, sin historia, sin cuento. La nada no sirve de nada.

Aprecio que con un elemento tampoco hay cuento. Uno sin reflejo no es. Uno como la nada no es nada. Dios es un no es.

En lo factible más simple me salen dos elementos. Con dos elementos aparece el espacio y con el espacio el tiempo, que remedio. Si los dos elementos fueran simétricos se atraerían y se unirían formando un solo elemento y un elemento no es nada, o sea, lo dije, desaparece.

Si los dos elementos de este cuento fueran iguales, al no poderse complementar, cada cual tendría su vida y el tiempo se haría infinito y el espació crecería abismal entre ellos a cada instante. Aquí encuentro, que la nada necesita energía sin límite para mantener el equilibrio que es su esencia y esta energía se muestra en latente atracción para recuperar el equilibrio descompuesto.

Con dos elementos que no fueran ni iguales ni distintos complementarios comienza el pulso de ser. La energía pulsa entre la atracción, residuo de la nada descompuesta, y el rechazo, réplica a la imposibilidad de unirse, de dejar de ser. Pule el tiempo una lenta adecuación de los pares hacia lo antagónico, apreciado como complemento que cumple con el deseo de unidad que anida como norma en todos los elementos.

Tardó, supongo, una cantidad inconmensurable más de tiempo el tiempo, en limar disfuncionalidades para unir lo elemental en el primigenio origen, del que habría de costar luego encontrar pareja en los siguientes pasos. Aunque si no se encuentra par se pierde el tiempo.

Hablo en efecto del amor, aunque sea con los elementos simples de este cuento. Ceden o reciben las partículas lo que deben, suspendidas en el espacio y en el tiempo para limar las asperezas que impidan el ensamble perfecto que las devuelva a la nada.

El amor es la energía que atrae y modifica perceptiblemente los elementos que su influjo hechiza, aún cuando se manifieste leve y fugaz.

31 octubre 2008

Mi Génesis particular


Mi religión surge del insomnio y su cruz: la imposibilidad de dejar de carburar. Por comodidad busco resignado simplicidades que me alejen de las pesadillas.

 No puedo abandonar lo maniqueo, pues esta es la primera y la más básica de las simplificaciones.

 La nada no existe porqué no es, aunque no siendo, pues, lo puede todo.

 Si hay un absoluto perfecto, con la percepción que me regala mi particular visión de artista, este es la nada, aunque sea por exclusión, pues nada es la única que al excluirlo todo contiene todas las posibilidades de ser.

 Cualquiera sabe que un artista delante de un papel blanco, en principio, puede hacer lo que le venga en gana, o sea, todo. Así curiosamente si algo lo contiene todo es la nada, lo que no existe. Me parece incomprensible otro génesis que no cuente con la nada como origen.

 La nada no es hasta que se siente. Sentirse es su aniquilación. La personalidad es el inicio de lo que es. El sentir destroza el equilibrio perfecto, es la grieta, el defecto de donde surge la distancia y el tiempo necesario para sentir. Se expande al instante, incontrolada, la fuerza inconmensurable que anidaba sin esfuerzo en la infinita cohesión. Una fuerza que incontenible crea un espacio y un tiempo que en esencia pertenecen a la nada, y que al existir, pretenderán sin fin.

 La única ley que rige propongo que sea pues desaparecer, borrar lo iniciado, volver al origen de la nada. Acabar con todo, sería una secuela inarmónica de la misma ley. No deja de ser paradójico que la destrucción perfecta pase por la reconstrucción meticulosa de lo que se anula.  Dios anda bien perdido por entre estas paradojas.

 Mientras tanto mi esencia personal viene y volverá a la nada, como señal mimética a todo lo que es. 

25 octubre 2008

Dejar huella


La felicidad, el placer, el gusto de hacer o estar, el bienestar que procura el equilibrio, la serenidad relajada, cualquiera de estas agradables sensaciones puede aparecer como por ensalmo en situaciones de grave crisis. Parece un milagro, pero no. Lo perdí todo, y cuando digo todo pongo por ejemplo una fortuna que presuponía me había de librar de cualquier privación. Puedes perder la seguridad de un futuro previsible y curiosamente, a pesar del desastre y al transcurrir cierto tiempo, empezar a gozar con el presente de lo que antes pasaba desapercibido. Redescubrí la perfecta armonía de las cosas simples. Perdí lo que me ataba a la locura del progreso y me congracié con el pulso de vivir al día. Recuperé el tiempo atmosférico de la calle y el tiempo íntimo que regala una geografía abarcable. Es una muestra de que hay estados que se podrían considerar decepcionantes cuando se atina con lecturas clarificadoras. El trauma nos instala en otra realidad que al fin se muestra más complaciente que la presuntamente óptima en la que vivíamos. La realidad siempre es una ficción que condiciona las circunstancias.

 La utilidad que tienen las crisis, si es que tienen alguna, pasa por el estado reflexivo en el que te sumergen. Si tomas la distancia pertinente para evaluar los errores, el imprescindible optimismo de la supervivencia encuentra caminos alternativos a lo que parecía imperturbable, imperecedero.

 Una ambición sin límites es nuestra tortura y el instinto de hacer como si fuéramos eternos. La constatación no del todo asumida de nuestra fragilidad impulsa, desde un tiempo al que no le guardamos memoria, el deseo de dejar huella, y la impronta de alguien con ambición y suficiente poder, puede llegar a ser del calibre de una pirámide. Si alcanza un tamaño mayor mucho mejor. Así la grandeza acostumbra a mostrarse conceptualmente simple cuando se trata de satisfacer vanidades y sigue construyendo periódicas y barrocas torres de babel con la intención de llegar a un cielo siempre inalcanzable. Nada conocido es capaz de conseguir las hazañas que logró y sigue empeñada en superar la humanidad cada día.

 Lo paradójico, siempre lo paradójico, es que las huellas más perennes las dejaron los dinosaurios con descuido fosilizadas en las rocas. No podrá conseguir el hombre lo que consigue casualmente la naturaleza sin esfuerzo.

 Sé que lo accidental no es casual y que el espectáculo lo ponen las crisis en el instante traumático de su eclosión. Las causas son las condiciones que con el tiempo petrifican las huellas de dinosaurios dejadas en el barro. Tantas veces las razones alcanzan tiempos lejanos, fuera del alcance de la memoria convencional que utilizamos.

 Es una locura construir rascacielos cada vez más altos, no se demuestra por ello más inteligencia que los que pusieron en pié el primer menhir, simplemente las condiciones con el tiempo y la técnica, han variado. No me extraña que los diplodocos se hicieran cada vez más grandes, atrapados por el instinto de explotar cualquier superioridad plausible, aunque al fin un cambio de condiciones demostró la fragilidad competitiva de estos mitos que se median por toneladas.

 Yo creo que estamos inmersos en una crisis que abarca mucho más allá que lo que pueda condicionarla una economía determinada de mercado, pero también sé que las soluciones suelen ser rocambolescas y que necesitan de tiempos sin límite para demostrar su competencia. Vengo a elucubrar que el paso que la humanidad tiene pendiente, el salto que nos propondría horizontes completamente nuevos y relucientes no tiene nada que ver con esta locura que vivimos y que nos colapsa el futuro. Habríamos de interiorizar que esto de dejar huella no tiene el menor mérito ni sentido, que un gusano la deja. Constatar que no por tamaño se perdura mejor en el tiempo para abandonar estos espectáculos colosales que montamos con y por cualquier cosa. 

El hombre se siente cómodo, le excitan los retos difíciles. Nos gusta luchar por imposibles, llegar a la luna, pero debemos ser más inteligentes. Hoy mismo, probablemente, ganaría la carrera en una supervivencia exigente mucho más quien nada tiene que el rico más rico. Los recursos naturales para enfrentarse a la escasez son infinitamente superiores en un mendigo. En un colapso del capitalismo, África volvería a ser un paraíso. El reto no está en ponerle más kilos, más kilómetros, más dinero, más altura, más velocidad, más lo que sea donde sea, sino en poner menos conservando lo que nos beneficia, guardando lo que da calidad a la vida. La exigencia más remarcable no está en dejar espectaculares huellas y montones de mierda, en esto superaremos sin problema cualquier record posible, sino en borrarlas cuidadosamente con la estrategia impune que persigue el homicida. La sociedad adquirirá su madura perfección cuando aproveche la tecnología avanzada para dejar los mares intactos, la atmósfera pura, los ríos limpios, los paisajes naturales, una población contenida o sea un mundo en esplendor y no este desecho miserable a que nos abocan los sistemas especulativos. El éxito imposible por el que luchar es conseguir dejar la tierra como si ningún ser humano la hubiera pisado. Este si es el gran reto.

 Así luego, en este futuro imperfecto, cuando nos invadan los agresivos alienígenas especuladores de otros planetas contaremos con la ventaja de mantener nuestra superioridad oculta, perfectamente camuflada dentro de un variopinto mundo floreciente.

 Aunque no creo que los extraterrestres pierdan el tiempo en visitarnos, ni que la humanidad necesite de regresión alguna tipo el buen salvaje sino que deberíamos afanarnos en encontrar una sofisticada sabiduría que cuide la casa y despeje el futuro como la humanidad merece y necesita. A la mierda los manuales de esta ley de la selva que siempre nos supera.

20 octubre 2008

Cruzando un mundo


Fuera del marco está todo, pero no sirve de nada.

Ahora, de buena mañana, lo que se irá precisando aún no está definido, como el blanco lienzo que a menudo desafío. Este es mi albedrío, llenar de material diverso los límites que dispongo, en gran parte obligado por la radicalidad de lo que acontece, pero también con capacidad de recrear mundos que moldeo a mi medida. Mundos a la altura del nimio, arbitrario y confundido dios que consiento me aturulle, enrabietado con sus limitaciones, comprometido en tareas inútiles, reciclado en cronista de lo que creo que sucede, filtrando constantemente por preciso tamiz con sedal recién apañado lo que hasta ayer pretendía conocer, para reelaborar una nueva y reluciente sabiduría con fecha de caducidad a pocos días vista.

Viajo de espectador pasivo mirando por la ventanilla el paisaje que pasa volando y que, por más que siempre es distinto, mi distraída atención confunde y uniforma. Viajo enfrascado en mi mismo, absorto en geografías íntimas más precisas que los de la cambiante realidad. Viaje que aprecio, acota un paréntesis al monótono presente que pasa veloz, sin otras preocupaciones que imaginarias penalidades de catástrofes que acechan indefinidas.

A veces me siento como pájaro alicaído que picotea en lo que acontece y que contempla con angustia la cada vez más débil voluntad de involucrarme en la actividad que percibo alrededor. Prefiero caer en constantes reflexiones que me alejan de los crudos, instintivos y cotidianos campos de batalla.

No varía sustancialmente el sol que nos cobija, nos distingue la sombrilla, las barreras que cruzamos entre nosotros y lo que se nos resiste o molesta, la lenta configuración de una intratable humanidad autista, abobada en mezquinas y absurdas cuestiones particulares.

Pienso: el paisaje no es tuyo, ni tan siquiera el que encuadras posesivo con tu cámara, el que enmarca la ventana del edificio que te protege, el que fluye desmaterializado desde cualquier vehículo con los que huyes sin descanso de los sitios.

Bajo veloz, mientras percibo más que veo el Mediterráneo a mi izquierda. Viajo anclado no sólo por el cinturón sino también por el aire acondicionado, por la elección de sintonías musicales, por el exceso de equipaje que revienta el maletero y que me protegen como talismanes de un mundo de poco fiar. Cruzo el país amparado por las barreras que me guardan de lo que ocurra más allá de mi fortaleza motorizada, de los estrictos límites de la autovía donde circulo o de los ambientes que elijo con cuidado en las ciudades que visito.

No guardé nunca afición por los viajes concebidos para explorar lo que viene detallado cronológicamente en las guías que distinguen lo que se debe ver y mirar con atención y me cuesta cada día un poco más cultivar la espontaneidad o el trato afectuoso con la gente que encuentro de paso receloso por el obligado y constante intercambio de educadas cortesías con desembolso económico, orillada cualquier resto de hospitalidad por saturación de vecinos, conocidos, inmigrantes, turistas y forasteros, perdida en definitiva la simpática curiosidad por cualquier semejante al que no le distinga el brillo de la fama.

Constato desde mi protegido observatorio rodante que las provincias cambian por la ficción de un rótulo, que los barrios de las ciudades son intercambiables, que los mismos pueblos, castillos, iglesias y monumentos parecen repetirse sin desmayo como los menús corrientes caligrafiados bastamente con yeso en las pizarras de los comederos a base de cerveza o vino, ensaladas, jamón, fritos y queso.

Me distraigo de la agobiante monotonía circundante con los florecientes disparates urbanísticos, con aquellas excentricidades locales que consiguen sorprenderme, con las pequeñas diferencias de aspecto, de trato, de acento que como rugosidades se manifiestan rebeldes sobre la uniformidad general.

Los paisajes pasan sin apenas sufrirlos, nos mantenemos apartados de su peculiar naturaleza por insalvables distancias de todo orden y sólo celebramos su acotada belleza desde reductos consentidos, apropiados para estirar las patas unos minutos y guardar a través de un objetivo, registro digital de que allí estuvimos. Asomamos luego la cabeza, en las ciudades que visitamos, en idénticos aparadores de similares barrios comerciales donde se venden los mismos productos que la que ayer pateamos, y aceleramos intranquilos cuando nos perdemos por descuido en barrios poco transitados o marginales. Y así pasan las horas, los días, las semanas, hasta llegar a añorar los márgenes conocidos, las frutas, las verduras, los amigos, el mismo trabajo que hace poco sufríamos, la cama, el aire, o el mismo cielo que pretendemos nuestro y que llegamos a creer que se estableció para cubrir el lugar donde vivimos.

15 octubre 2008

Más engaños


Desde la primera palabra el engaño está servido. Andas buscando, iluso, la escueta verdad y topas con un infranqueable muro escondido tras la fe con que apañamos nuestras carencias. Para contar lo que cuento; cuente lo que cuente; parto de un principio que asumo como verdad y no pienso repetir lo que pienso de ella. Este es el primer engaño. Arrimo luego con descaro el ascua a mi sardina. Escojo con cuidado palabras, sentimientos, razones inapelables (no existen), y hablo o escribo con voluntad indomable de convencer a la concurrencia y, de regalo y a un tiempo a mí mismo que a menudo conviene. Ando enfrascado en el trance de argumentar con todas las armas que dispongo: agudeza, simpatía, sinceridad (¿de donde salió esta), honestidad (¿quien decide que lo es?), claridad, proximidad y lo que sea, apoyándome si no tengo suficiente con estas cualidades, en el miedo, en la pena, el dolor, todo para satisfacer el regalado don de la palabra, para exigir que existo, para saber que soy, para notar que vivo. Aquel que mejor embauque con sus teorías al vecino, quien logra secuestrar la atención de la audiencia con su discurso, quien consigue convencer a pesar de su segura terciada visión de la realidad, de su sentido particular del equilibrio, de sus específicos gustos, sus proyecciones interesadas del futuro, sus historias concurrentes, este será quien se sienta más comprendido que es a lo que en el fondo todo el mundo aspira.

No es de extrañar que lo que llamamos inteligencia sea un subproducto de la sociabilidad, porqué la inteligencia es el arte que nació explotando las habilidades para convencer y las palabrejas explotar y habilidad tiene su razón en el engaño.

Ya ven, intento convencerles de que vivimos en los apaños, también creo que todo el mundo tiene el derecho y hasta quizás la obligación de vivir en la verdad absoluta sin que tenga porqué percibir en ello ningún tipo de desajuste y así es, ha sido y será, como decía mi abuela.

Yo, es que, lo que digo, para que llueva a mi gusto, es que, si pasáramos de mentirnos con absolutos inaccesibles y llegáramos a entender que lo más importante es vivir a gusto con los vecinos, y vecinos somos todos los que en la tierra estamos, nuestros argumentos se apoyarían en lo que debería ser de ley sin discusión: el bien común. Debemos sospechar que en cualquier otra teoría hay algún engaño del que nos servimos para satisfacer las tropelías de nuestra ínfima voluntad igualitaria. Así siempre acabamos sucumbiendo a pesar de que nuestra felicidad depende de los otros, en sentirnos especiales, distintos y no solo esto, sino que estamos dispuestos a demostrarlo utilizando trampas a espuertas con razones sin argumentos o argumentos sin razones, que más da, y amparados en terciadas verdades ficticias acabamos por enredarnos, que tristeza, a nosotros mismos.

Lo que nos une es lo mismo que nos separa irremediablemente, o…. ¿tiene remedio?

12 octubre 2008

Engaños



Yo mismo no me entiendo pero seguro que para un listo soy elemental. Esto me tiene preocupado, más que nada porqué me irrita aquello de que me utilicen. Por esto, a pesar de que en general no recelo de nadie, ando atento con los que me parece se dedican a extorsionarnos y no me refiero exclusivamente a la explotación económica, sino a la que generan aquellos que insisten en dirigir y manipular nuestras opiniones. No es sólo una pura cuestión estética, no me parece bien que se me imbuyan ideas que puedan ir en contra de mis intereses o de los intereses generales de la mayoría de la población, o sea que me jode que me jodan o nos jodan sin enterarnos.

Me lo dijo Joan cuando andaba batallando con la parte técnica para desarrollar el proyecto de un inmenso reloj de cuarenta metros de diámetro a base de leds. Se encontró con el problema de que en los extremos de algún número, no había espacio suficiente para colocar el led que le tocaba y trataba de explicarme que, aunque desde lejos no se delata su ausencia a simple vista, el cerebro puede notar el defecto e intuir la incorrección.

Es probable que no sea listo, pero recelo de lo que esconde engaños.

Recupero estas líneas escritas hace un tiempo y que no vieron la luz en su día, porqué me parecen pueden asociarse al clima de crisis que se abate sobre nosotros. Le doy a tamaña insensatez financiera, que tragaremos sin remedio, la solemne categoría de monumental desgracia global, adjetivo ajustado a la inapreciable lucidez que me regalan los textos de AAOIUE.

Joan, al que tengo más crédito que él que le confiere su título de ingeniero, me contaba paseando por el Montsià la anécdota de lo que es la bolsa y digo anécdota por su natural dependencia a la increíble fe del ludópata. Todo empieza cuando emprendedores sin el suficiente dinero para determinados proyectos se asocian para crear empresas conjuntamente. Ponen el dinero apropiado y expiden un documento donde consta lo que cada uno ha invertido. Resumiendo, es un reflejo del valor nominal de las acciones. Hasta aquí todo perfecto, pero en esta sociedad todo se compra y se vende y no por lo que cuesta sino por el precio que estén dispuestos a pagar. Así, las empresas que funcionaban bien y daban beneficios encontraban compradores de sus acciones por encima de su valor. La bolsa es el mercado que se ocupó de esta mercancía. Aquí termina lo substancial, todo lo que viene a continuación entra en terreno de lo especulativo o sea de lo intangible, imaginativo, irracional o casual y por lo tanto caldo de cultivo de la mala fe que estos señores explican de maravilla

Me subleva la dependencia a la palabrería. Me irrita y asusta que la sociedad dependa de que la fe en el todo va bien la sostenga. Y es que la fe, digan lo que digan los creyentes tiene unas bases frágiles. En defensa de mi integridad psíquica, para no perder el tiempo, reconvengo en que casi todo es inevitable y…., y esto lo doy por seguro, hay otros mundos mucho peores que los de este cacho que hasta ahora me tocó lidiar. Así, un día, quisiera luchar por la consecución de este mundo mejor que todos guardamos en nuestras entrañas y me siento traicionado por multitud de deslealtades de la gente que me rodea y otro me resigno más que me conformo con las comodidades que mi situación me permite disfrutar y me hago el longuis.

Sé que no somos santos y por ahí me acosa una contrita desazón. La desidia, la dejadez o el abandono general de valores que todos deberíamos seguir para dar ejemplo y que sirven para hacer habitable la sociedad, deterioran hasta lo insoportable el crédito que nos merece el actual montaje. Debemos empezar a volver a pisar el suelo firme de lo que realmente importa. Me parece que es urgente meditar con rigor que es lo que íntimamente necesitamos de verdad y no sólo en el aspecto material y actuar en consecuencia a partir de estas prioridades.

16 septiembre 2008

Desvaríos

  

Pensar es vivir en otro mundo. Las palabras enloquecen en este desierto que machacón propone sin control. 

Pensaba pues, irreflexivo, que la verdad tiene su sentido profundo en lo oculto, en lo que no se deja ver. Pienso mientras de refilón me repaso el ombligo, que tras la verdad se encuentra el caos percibido a través de espejos o sombras, así como entreveo mi  barriga, de pasada, poco antes de entrar en la ducha. Pienso que damos por buenos los reflejos, los afeites, los velos con que camuflamos nuestros defectos, conjurado todo el mundo en ver solo lo que queremos. 

Me relacioné por afinidad, por roce, por el gusto de quien me sorprendía, o por quien me divierte y también, sin razón, atraído por químicas enloquecidas. Luego, la afinidad, la sorpresa, la diversión o la química se desvanecen y el engaño se muestra desnudo aunque la fidelidad permite que muchas vinculaciones sigan. Decido mientras me froto con energía la espalda con la toalla, que la gente con la que te relacionas la acabas queriendo más por sus defectos que por sus escurridizas virtudes. Pienso de que ni el tiempo, que descubre sin misericordia cualquier enredo, puede erosionar la ciega y apasionada mirada con que distinguimos a los que queremos.

 Este puede ser el esfuerzo primero, recomponer cierta inocencia en la mirada que permita creer la realidad de los efectos y otro, volver a asumir que cada segundo es eterno

 Me aburro. Podría incluso decir que hasta la angustia que tan mal sobrellevo me produce hastío. Cada día que pasa se pone más difícil, perdido el punto de voluntad suficiente, caer en los efectos chispeantes que alelan la vida con banales obcecaciones que regalan de propina el no enterarte de nada. Siento extinguirse, el gusto de saltar electrocutado de una a otra ligera obsesión hasta caer agotado de placentera actividad. La felicidad anda por parajes elementales para los que en principio no ambicionamos nada, pero la mente es frágil y pide siempre contradictorias compensaciones. Le cojo pues inquina al tiempo que anda midiendo en falso lo que deben durar los afectos. Tiempo que, cuando nos va bien, conjuramos para que nos duren con profusión y que el mismo tiempo, sin variaciones cualitativas que constatar, se ocupa en deteriorar hasta lo insoportable, y anhelamos que el cambio al que accedemos gozosos después de acabar con lo que nos oprimía sea otra vez eterno, como nosotros mismos, patológicamente enseñoreados con engaños parecidos.

Me veo en la obligación de reconquistar, mal que me pese, la fe en la eternidad de lo que cambia a cada momento, de admitir la solvencia y la certeza de lo que sólo son bambalinas, de rogar que mi desierto se conforme con lo incierto y el argumento incuestionable que me permito presentar es que el espectáculo lo es todo, que sólo hay eso. Aunque siempre busque razones que amparen la necesidad de no propasarse en la virtualidad extrema, pues la nada, me parece, insostenible.

25 agosto 2008

Casa


Me intriga Salvador, el niño que contemplaba asombrado la caótica actividad de las hormigas un instante antes de aplastarlas concienzudamente con una piedra. Así es la vida. Un día apareció a mi resguardo, no recuerdo cuanto tiempo hace, con alguna de sus múltiples teorías. Aparece y desaparece desde entonces como el pulso en las sienes cuando los pulmones no dan abasto con el oxigeno que filtran del aire, de sopetón. Este es el encanto que tiene lo de las emociones.

Leo hoy en una entrevista a Benicio del Toro, (vaya nombrecito), que se preparó con rigor el papel para encarnar al Che en la pantalla. El actor o el narrador parece que deban documentarse a fondo para ser fieles a los personajes que interpretan, ellos deben saber bien a que fidelidad se refieren. La mía con Salvador responde a imágenes fugaces y también a las cavilaciones que me obligan sus inapelables visitas. El manejo de documentos pienso, no descubre otra cosa que la química de nuestros propios sentimientos cuando mezclan interesados con historias ajenas.

Voy al trote a casa para comer. A mi lado anda Salvador con el trato árido que le obliga la penuria de tiempo. Voy andando galopando con un Salvador despistado que me deja sin comerlo ni beberlo sin casa, me induce pues a recapacitar mas tarde sobre esta necesidad imperiosa que a veces nos ocupa, de conquistar espacios íntimos, de uso estrictamente particular, lugares donde nos sintamos a salvo.

Recuerdo el día en que aterrado después de ver un documental sobre un pueblo inundado por un pantano, Salvador, me participó del vértigo asociado a aquella pérdida que sentía como irreparable. Anegadas sus casas, los recuerdos, las vivencias, dolía el silencio y la tristeza de unas desamparadas familias mirando compungidas el agua estancada. Una mar que seguro, sentían como cementerio marinero.

Podría pedirle el texto de lo que hace tiempo me dictó para documentar su teoría sobre la casa, aunque para qué lo quiero, si recuerdo lo que decía con la engañosa precisión que guarda la memoria. Andaba la cosa por una casa donde la cotidiana monotonía permitiera meditar sin sobresaltos, sin la atención distraída en los menesteres que nos acucian en la calle. Tenía la idea que a una casa se le ha de exigir aquel tipo de comodidad que el hábito vuelve invisible y su ficticia desaparición sirva para reflexionar sin apremios. La casa sería como el sueño que repara de la vigilia, un lugar para valorar las luchas que entablamos en la intemperie, libres de las cargas emocionales con que nos turba la acción. Era la casa que le cubría en aquel tiempo sus necesidades.

Ahora Salvador tiene muchas casas que contar y teorías que ya no le cumplen la función encomendada.

***

El niño seguía con absorta atención la guerra que desvelaba a ratos y a cachos el padre, como el tiempo aquel que contaba, levantaba sin desmayo ni futuro en cada trinchera, espacio de acogida, cubículo donde dormir y eludir sorpresas y asperezas climáticas. Alimentando esta fantasía la cama le servía como casa, y la sabana, cubriéndole la cabeza, era el techo de la barraca. Le guardaba aquel lecho protector, convertido en casa, de los monstruos que acechan sin desmayo y al amparo de la noche las mentes infantiles.

Puestos a buscar casa, me susurra, elijo con preferencia el terrado donde subía de niño huyendo del rigor de la disciplina familiar. Mi reino era un caos de tejados quejumbrosos poblados de avispas, el cielo y un laberinto de cegadoras sábanas blancas oreándose al sol y si no, bajaba brincando por la escalera, cinco pisos para abajo y salía con espíritu franco a la luminosa plaza de tierra que era toda mía, tan mía como nunca lo fue nada tanto en parte alguna.

Expulsado con suavidad y sin descuido de las casas familiares, y de la plácida niñez, la calle se vuelve habitáculo y las casas de los amigos, y la de los conocidos o la de cualquiera que te tolere y el mismo cielo, espacio íntimo. Casa es el mundo entero. Allá donde te hospedas está tu casa, aunque luego, sin apenas voluntad ni decisión, acabes abrazando el cálido gozo que sirve unos generosos brazos. Arrumacos que te arriman y anclan, perdida la noción del tiempo, del espacio y cegada la razón, en la imperceptible y lenta elaboración del núcleo germinal de otra familia, de otra casa.

Al paso del tiempo cuentan nos espera, que el mismo mundo que adecuamos con pasión a nuestra conveniencia nos reviente la morada. Nada entiendes, desaparece sin arte de magia el paisaje donde, a gusto o a disgusto, se orquestó la función que protagonizaste y te encuentras buscando casa en la inconmensurable geografía de la infancia, donde el sueño de futuro resulta siempre inagotable.

18 agosto 2008

El dinero da la felicidad


Me gusta hablar de absolutos porqué me digo, son parientes del caos. Lo pienso porqué aunque representan algo concreto como Dios o Verde en cuando intentamos aprenderlos se escurren caóticos. Lo malo de estas cosas cuando crecen sin contención es que no sirven absolutamente para nada, o sí, para tergiversar lo que llamaré cotidianeidad. Influyen con su absoluta desmesura a simplificarnos o a complicarnos la vida, según se mire.

Es curioso que un absoluto a pesar de ser incomprensible, se convierta en el centro de nuestra existencia, pero esporádicamente ocurre y arruina al instante nuestra lectura de la realidad en proporción directa a la importancia que adquiera. El absoluto puede resignarnos o enfurecernos de tal forma que nos absorba para su uso exclusivo, lo que se dice un negocio ruinoso para atinar con lo correcto en un mundo variopinto.

Juan José Millás, vio escrito en letras de molde “El dinero da la felicidad” y como la felicidad es de estos absolutos que todos deseamos morder se perdió en desentrañar lo que consideró la mejor frase publicitaria que nunca había leído. No sé si le leí mal pero acaba contando lo evidente, que es un articulista y que cobra por ello quedando todo lo demás en el terreno de lo especulativo. Seguro que leí mal, pero como todos yo voy a lo mío.

La fonética en catalán de “massa” (demasiado) y “maça” (mazo) es la misma. Esta similitud se aprovecha para construir un refrán que juega con este doble sentido: todos los mazos (demasiados) pican (duelen). Yo creo que los demasiados, que son nuestros penosos absolutos domésticos, por descontado que duelen y duelen en sentido figurado y en el real.

Si alguien está libre de pecado que tire la primera piedra. ¿No será otro incordio absoluto estas historias mías con tantos absolutos y tanto caos?

Todos los excesos acaban siendo perjudiciales y si no, pregúntenle a mi hígado. Y ya, en plan sermón de andar por casa paraboralearé que la vida es como un cocido en el que pueden entrar un buen fajo de ingredientes, pero la olla, como cualquier olla, tiene una capacidad determinada y abusar de un gusto le quita espacio a los demás y el guiso pierde una buena colección de matices. Apreciará el cocido en todo caso el que tenga aficiones parecidas. Seguro que estas recetas con ingredientes dominantes aburrirán con el tiempo a sus más fanáticos defensores.

Así como el verde es un absoluto humilde y relativo, el dinero es un absoluto total y poderoso. La historia la escriben los vencedores cuenta la misma historia: “Pagant sant Pere canta” Si el dinero manda la historia se escribe su gusto. Así pues debe quedar claro que el dinero da la felicidad y atendiendo a su legendario prestigio además lo da todo, exactamente todo y cuando digo todo, digo todo lo demás. No quiero abordar en este texto, ni puedo, el interminable detalle de este otro absoluto que es todo lo demás.

Si el dinero lo es todo, el guiso es un desastre en cuestión de matices. Miren, yo pienso que el dinero, al que le tengo cierta inquina porqué no me quiere nada de nada, puede ser en esta deriva en espiral que es la civilización, lo que en su tiempo significó la crueldad. Su exceso ejemplariza una de las múltiples caras del poder, la intimidación que pueden ejercer unos hombres sobre otros fuera de lo que sería pertinente y correcto: el poder de la seducción para conseguir el natural y complejo deseo de amar y ser amado, la posibilidad de ser comprendido y consolado.

Comodidades a parte, los excesos de dinero vienen a solventar el: si no me quieren al menos que me obedezcan o que me teman, no me digan que esto no tiene su pizca de crueldad.