28 abril 2008

Una sociedad feliz


Cuentan las crónicas que el asesino deja sin remedio, pistas que le comprometen.

Busca el narrador una verdad que trascienda y con la pretensión de establecer honestas certezas recrea un relato que se nutre de la realidad pero que establece, quizás sin querer, una nueva conciencia.

Se diluye la verdad que pretendía con rigor desvelar. Se oculta, enmascarada tras los encontrados recuerdos en los que me sumergí para descifrarla. En estas reflexiones introspectivas, nos vence alguna concesión que caricaturizará la simpleza del acto de vivir, hasta el punto de hacerlo irreconocible y al fin, el hilo del relato, poco a poco nos arrebatará la furia de vivir y nos condicionará a representar por momentos a personajes con recursos literarios. ¿Quién dice que la literatura no es importante?

Así al iniciar esta crónica como en todas, busco las razones que me impulsan a hacer esto y no lo contrario, sin atinar que las razones son prescindibles, pero descubriendo también lo poco que cuesta, a poco de insistir, el encontrar variadas razones para justificar las acciones más peregrinas.

Guardo más motivos para no viajar que para viajar y nunca me pregunto, cuando decido hacerlo el porqué lo hago si no es que, luego, o desde el mismo instante, pretenda relatar lo acaecido. La cuestión es que sin comerlo ni beberlo, unas cuantas veces cada año, me encuentro en trance de viajar, en este caso fue en doméstica aventura, o sea, por territorio conocido, y así, estos días pasados me dio por acudir al reclamo del día el libro en Barcelona.

La libertad que siempre me regaló Barcelona contrasta con el recuerdo de aquellos que como Fe, (que ahora anda ensimismada en quien sube y como bajan por las escaleras sospechosos y misterios) la ciudad oprime.

Soy bicho solitario y nada me parece mejor que una gran ciudad para andar a mis anchas y pasar desapercibido. Una ciudad como Barcelona da para recrearte en la suerte que desees y en mi caso dio para un inusual baño de multitudes. Iba yo con la voluntad expresa de sumergirme en el río humano en que se convierte buena parte de la ciudad en tan señalada fecha. Prescindí a bote pronto y durante la mayor parte del día, de aquellas cuestiones que me distrajeran del ritmo dictado por la corriente, un estado de fluidez que resultaría inalcanzable si hubiera atendido a vendedores o a lo que vendían. Con sorpresa no encontré, como temía, tan grotesca la condición de víctima propiciatoria, rol que asumimos con habitual resignación la gran mayoría en tales celebraciones. Liberado pues de las ataduras que podrían haber secuestrado mi atención pude disfrutar del esplendido día y de la laboriosa humanidad festiva. Vi, como toca, un continuo desfile de rosas y una cierta ansiedad en comprar libros. Ni siquiera me recreé sarcástico, en aquellas imágenes que confirmaran la previsible idiotez que nos caracteriza cuando establecemos con meteórica rapidez y sin evidencias de injerencias de la autoridad competente, competiciones en ver quien consigue la rosa más exquisita, o la más rara, o quien acapara más rosas, o aquellas rosas que me figuro, cuentan con ansiados premios de amor, o cuando se da el caso de que las rosas y su poseedor/a no se avienen para nada, cosa que ocurre con inusitada frecuencia. Pasé también de largo, al trote, de la feria de vanidades en que se convierten las paradas para conseguir, de firmas autorizadas, una dedicatoria personalizada.

Me rendí agotado y con sedientas urgencias en la mismísima plaza Real donde cayó una caña con unos chipirones fritos como premio por haberme pateado la ciudad siguiendo el río que inicié en la Calle Verdi y seguí por Passeig de Gràcia, Plaça Catalunya, Portal de l’Àngel, Carrer del Bisbe, Plaça de Sant Jaume, Carrer de Ferran i Rambla del Caputxins o sea el “rovell de l’ou” de esta fiesta laborable. Incrédulo al certificar una práctica inexistencia de hooligans del Manchester en la plaza Real y sus alrededores, subí otra vez por las Ramblas y volví a casa sin rosa y sin haber leído aún título de libro alguno.

Leo poco, pero compro algún libro y este día en que todo era previsible, la compra de libros la reservé para la última hora de la tarde, en la librería Taifa, de la Calle Verdi, un recinto literario que con asiduidad visito cuando vengo a Barcelona. Me decidí adquirir el jocoso, delirante y asombroso viaje de Pomponio Flato del inefable Eduardo Mendoza. Fue exactamente un poco antes o un poco después de la visita a esta librería cuando me invadió una serena paz que en contadas ocasiones nos permite nuestra civilización. La tarde iba decayendo espléndida y entraba sugerente la noche entre las tamizadas luces en la transitada calle. Liberados de la tensión que genera la enloquecida circulación, la gente paseaba sin ninguna prisa con sosegada placidez y ademanes familiares y me llegaban amortiguadas sus voces, como suave y musical arrullo. Estaba disfrutando de uno de estos extraños momentos burbuja que salvaguardan de vez en cuando a este mundo feliz y que me hizo recordar, salvando todas las distancias, aquel atardecer que entré distraído al centro de Taormina por la puerta de Catania y de cuando, embriagado por aquel ambiente de relajada comodidad me permití, abusando de todos los tópicos conocidos, cenar en una terraza mientras hipnotizado contemplaba las espectaculares erupciones del Etna, bebiendo vino y comiendo contento y distraído algún plato de pasta o una pizza.

22 abril 2008

En el refugio o en la intemperie


Parece que tenemos dos potes en el cerebro, uno analítico y serio, y otro emocional y desparramado, pero de hecho sé que conviven en el mismo tarro.
Este tipo de paridas que sin ser mentira tampoco son verdades me vencen, así es que me permito seguir con el mismo cuento. Cuidamos de cultivar una suerte de parcelas que nos sirven para uso cotidiano y mientras, también alimentamos, sin solución de continuidad, parajes singulares desde donde elaboramos mitología. Luego todo se nos divide en una marabunta de apartados que visitamos como relámpagos. En estas divisiones de no acabar hay de todo y es usual que algunas se contradigan. Son como casas distintas y sin ser muy conscientes de ello, actuamos de manera distinta según sea el caso, el momento, el lugar o las personas con las que establecemos relación. Así pues en una casa aseguramos con absoluta seriedad y convicción lo que desde otra no podríamos defender. Para que esta radicalidad no nos venza guardamos espacios donde nos paramos a meditar, lugares que vienen a ser como la calle de en medio o cuando disponemos de tiempo para reflexionar, de un tipo de espacios que conservamos sin urbanizar. Estos parajes singulares reservados a una ilusión de objetividad, solo los podemos habitar en determinados momentos pues son un no vivir y es que sin casa es como que no puede ser. El cerebro no se habitúa a la intemperie y construye sin remedio casa que le proteja. A pesar de vivir comúnmente a resguardo en este laberíntico interior compartimentado de casas, la calle esta muy transitada pues a menudo a cambiamos de casa. De un razonamiento a otro, en un suspiro nos acomodamos a otra distinta y quedamos tan panchos. Esta es la gran paradoja que soportamos, la de ser seres contradictorios, muy distintos si nos contemplamos desde una desapasionada observación analítica o cumpliendo con aquellos deberes cotidianos personales y colectivos ineludibles para sobrevivir o cuando nos encontramos afectados por pasiones que nos ciegan de cualquier objetividad que no sea la de satisfacer los deseos que nos dictan los excitados instintos.

A mí me gustan estos parajes objetivos desde donde intentamos reflexionar desapasionadamente sobre nosotros mismos o sobre la sociedad o sobre los mitos o sobre cualquier materia que nos afecte o interese. Son desabridos y secos y como menos al abrigo de construcciones defensivas estén, mejores son para elaborar los conceptos con que alimentar luego el futuro y el progreso de nosotros mismos. Es como ir de acampada, son lugares incómodos, duros y agotadores pero de una gran belleza, con aire puro para respirar, vivificantes y enérgicos y si por un casual se da el caso de que entras en comunión con el todo, la gratificante sensación de plenitud es extrema, allá se pueden encontrar estas inexplicables esperiencias que sirven para creer en algo sin dejar luego de creer en nada

Pero la intemperie es la intemperie y cuando el tiempo no acompaña, cuando se desatan las fuerzas incontrolables de la hostil naturaleza, nos encontramos sufriendo a pecho descubierto embates que nos pueden empujar hasta el mismo borde del abismo. Aunque si vences, si sobrevives, es el mismo agujero el que se retira, es el abismo el que se aparta servil unos cuantos metros.

16 abril 2008

Hacer nos cuesta un montón, deshacer una eternidad.


Hasta hoy no había parado en valorar las sensaciones que me embargan cuando veo algunas imágenes fotográficas de templos misteriosos de la India o del sudoeste asiático o los precolombinos o de cualquier otro lugar exótico. Me parecen construcciones oscuras, o intrigantes, o enigmáticas, o crípticas, pero siempre, siempre delirantes. Luego recapacitando sobre el porqué de tales razones percibo que no es una condición específica de estos templos sino de aquellos que me son ajenos. Los templos son un delirio de piedra, una enajenación para los sentidos en estado sólido, torres de Babel construidas por dementes iluminados. El hecho de convivir con ellos nos facilita, narcotizados por la rutina, el que nos parezcan familiares y si me apuran, él poder admirar con cierta naturalidad su desproporcionada condición, pero esto no me substrae de la sensación de que en general son la representación de una pesadilla o como mínimo, un conjunto de lugares proclives a la desmesura e inhabitables. Quizás su monumentalidad sea una consecuencia del miedo, el intento de aplacar con excesos arquitectónicos el resquemor que nos provoca divinidades de terrorífico y incontrolable poder o aquel que fue impuesto concienzudamente a través de los tiempos para amedrentar a súbditos y enemigos.

Estas moles de oscuros sentimientos no surgen de la nada, sino que van creciendo piedra a piedra desde el dolmen megalítico, y esta sucesión, que asumimos siguiendo el hilo que nos marca tradición y cultura, nos inhabilita para una mirada franca, aquella que nos descubriría la locura de su hechura.

Aprendí, aunque parezca un contrasentido, que es mucho más fácil construir que destruir. Es más, destruir resulta misión imposible. Hurgando en el cielo los astrónomos reconocen las trazas de una gran explosión primitiva. Nadie consigue liberarse de las ataduras de los pegadizos vínculos aunque los aborrezca. Todo lo real o lo ficticio deja sus trazas imborrables en algún lugar del ancho mundo. Nada escapa a las huellas que el existir obliga constantemente.

No somos tan listos como pretendemos. La felicidad anda oculta en parajes que no conseguimos dominar y la razón, que a menudo se vuelve irrazonable, nos empuja a desertar de lo establecido hacia desiertos alejados de los paraísos que con fruición cultiva nuestro particular hedonismo, y de la misma manera que no podré huir del trance físico de la muerte me resulta imposible cortar con lo que con claridad veo que es irresponsable, absurdo o delirante. No consigo eludir lo que considero profundamente alejado de unas necesidades percibidas con nitidez desde algún sentido común descontaminado de todas las ataduras que nos condicionan y que se establecieron fuera del alcance de nuestro control.

No consigue el tiempo con su corrosiva insistencia destruir estos habitáculos de los dioses que son los templos, pero más difícil todavía nos resulta contrarrestar el poso de su influencia en el maltrecho equilibrio de nuestro pensamiento. A pesar de esta sensación de velocidad geométrica que nos envuelve al acusar el paso del tiempo, todo va muy lento cuando se trata de que nos sea útil lo que desentrañamos con iluminada razón y es que, aunque no espero rentabilizar de inmediato toda idea nueva, siento que pasan los años y todavía me encuentro a menudo luchando en batallas que pretendidamente vencí y que ya deberían pertenecer al ámbito del “Te acuerdas de cuando…..”

El viejo decrépito ve en el espejo su verdadera imagen un solo un instante y huye tan lejos de sí mismo que juega en el segundo siguiente en el barro de su niñez. Si hay una vida después de la muerte se circunscribirá en el barro donde Dios creó al hombre. El futuro, nuestro futuro, si existe, estará en una vuelta al origen de nuestras desdichas, en el tiempo de cuando todo carecía de nombre.

08 abril 2008

Pepitus

Hubo un tiempo que llamaba a todos mis amigos Pepito en parte porque tenía y tengo muchos José en mi círculo de conocidos y también por esta necesidad de significarme con anécdotas aparentemente chistosas. Tengo desde niño la tendencia de tomarme este tipo de tontas libertades de las que abuso demasiado.

Ayer, fui a tomar con Pepe unas copas apalabradas desde la cena de fin de año. Copas postergadas tras una larga descoordinación de tiempos malgastados en ocupaciones que se ocupan en tenernos ocuparnos. Este Pepito es un gran conversador y así se nos pasó volando el tiempo de tertulia. Insistió un par de veces en señalar la necesidad de perspectiva para percibir mejor el alcance de las cosas. La defensa de la distancia o del tiempo para discernir el acertado juicio sobre algún hecho me pareció siempre una mala arte. Esta prevención viene precedida por el recuerdo de aquellos sátrapas que dejan al tiempo como juez de sus despóticos actos, cuando no, aquel que gobierna con la pretensión de una gracia divina para saltarse, con la aquiescencia vergonzosa del clero, cualquier tipo de control cívico sobre sus acciones.

Estos últimos años en que el tiempo empieza a pesar sobre mis hombros, no puedo evitar ver con la perspectiva de la distancia situaciones pasadas y en algunos momentos lamento no haber tenido la serenidad o el arrojo de haber actuado de distinta manera. A toro pasado parece fácil acertar con lo que deberíamos haber hecho. Lo cierto es que yo creo que algo de perspectiva no viene mal para situar los problemas en su preciso contexto pero sin duda sin pasarse, puesto que las cosas valoradas desde lejos quedan a menudo diluidas en nada. No me parece que esto sea una novedad remarcable.

He aprendido que no podemos jugar demasiado con la mente pues luego se vuelve incontrolable. Aprendes a tomar distancia y paso a paso te alejas tanto de la realidad cotidiana que todo pierde importancia. La pretensión de ver con ecuanimidad con la ayuda de excesivas distancias lleva simplemente a no ver nada. Te vuelves extravagante y raro, cosa que sirve más que nada, para distinguirte del comportamiento general de la gente común, cuestión no baladí y que para algunos acaba trasformándose en virtud cultivable como uno de los rasgos que caracterizan su carácter

El tiempo y la distancia servirán para escribir excelentes novelas, ensayos rigurosos, remarcables opiniones elaboradas desde una curtida experiencia personal, pero para vivir no sirve para nada. El tiempo y la distancia acicalados como sabiduría o experiencia sirven para acomodarse en lo útil o en lo práctico, para evitar lo qué puede doler, nos convierte en previsibles y nos proponen ponernos a resguardo de los estragos causados por las emociones, señalan el camino de una comodidad que anuncia el más puro aburrimiento. Estos ruinosos talentos son los que ganas con la perspectiva y el paso del tiempo.

30 marzo 2008

Equilibrios

El equilibrio es un estado que no está al alcance del ser vivo. La palabreja y su condición se convirtieron de pronto en objeto de deseo para una buena parte de nuestra zarandeada sociedad. No puede, ni me debería extrañar la fe depositada en sus pretendidos beneficios pues he padecido estos últimos años un infierno con las angustias provocadas a cuenta de desequilibrios varios. No nos da con los dedos de las manos ni aún sumando todas las patas si ciempiés fuéramos, para contar las múltiples crisis que continuamente padecemos, astenias primaverales aparte. Empiecen a contar sin miramientos, cumpleaños con sus tristes decenios, desajustes provocados por la pasión amorosa o por cuestiones de salud, o de dinero, o líos familiares, o de política, o de competencia, o de orgullo, o de cualquier tontería con la que nos empecinemos. Los desequilibrios nos afectan como parte no declarada del trato que conlleva la condición de existir. Así el admirado espectáculo de los equilibristas al borde del abismo es un fiel reflejo de lo que nos tocará lidiar viviendo. ¿Que tiene pues de raro que andemos como locos buscando el tan ansiado equilibrio si sus virtudes, insinúan nos liberarán de toda desdicha?

Es triste de aceptar, pero parece que las soluciones que tenemos para combatir las crisis de estabilidad que padecemos son las mismas que las del esforzado equilibrista de la cuerda floja: andamos hacia delante o hacia atrás, corremos o vamos lento, a trompicones braceamos, nos encorvamos y contorsionamos sin freno, incluso durante un instante parece que quedamos quietos. Nos valemos de tanto gesto y aspaviento que en algún momento parece montaje ritual, pero todos sabemos que lo que importa es no caer de bruces en el duro suelo donde espera la fatídica imagen de inmóvil quietud.

Así enumerando desdichas innumerables es bueno cuestionar nuestras maneras de enfrentarnos a lo inevitable pues en el intento de mantener una equilibrada compostura desfiguramos siluetas, formas, principios, objetivos y resultados. Resumiendo, hacemos concienzudamente el ridículo más espantoso y luego resulta que todo este vivir en tan compleja condición funámbula no da para ser feliz y que la felicidad se encuentra extraviada en los tres pasos o pases perfectos y saludos desde el tercio, en aquellos mágicos momentos que casualmente olvidamos que estamos en peligro y andamos como si nada, iluminados con la fluidez que marca el tiempo, aunque cabalguemos en la puta cuerda floja.

Y es que pienso deberíamos olvidarnos del espectáculo que sin respiro nos acosa y zarandea y nos sume en estados de vivir catalépticos en esta aldea global llena de hipnóticas luces de colores que nos alejan sin remedio del fluido respirar que deberíamos acompasar con el tiempo y la felicidad de estar vivos. Y gozar de la compañía del inestable movimiento durante todos y cada uno de los segundos que ganemos al traidor, triste, fijo y hermético equilibrio.

Aunque el espectáculo es el espectáculo y yo creo que nuestra condición dominante en el mundo de la vida no está en la habilidad de las manos, ni en la potencia asombrosa del cerebro, ni en cualquier otro peregrino argumento, sino en la extraordinaria condición de bípedos que nos adorna. Mantenemos desde hace años la atención de toda la zoología por nuestra erguida planta y nos admiran y nos temen por el espectacular, milagroso y majestuoso equilibrio que con inapelable y orgullosa dignidad mantenemos sobre solo un par patas.

08 marzo 2008

Cansancio


Soy un bobo perezoso que se apalanca con facilidad en la comodidad de no hacer nada. Al contrario que a los favorecidos con caracteres enérgicos, no sufro estando inactivo, es que casi ni me aburro. Pero a pesar de esta débil voluntad para la acción, trabajar cansa decía Pavese, no puedo evitar que entre las rutinas que me vencen anide un discreto pero efectivo caudal de cambio. Así es que me zarandea a menudo un gusanillo que me impulsa a cuestionar lo que se me convirtió en norma.

Siento ahora que ya escribí suficiente. Sé que puedo hablar, con habitual poca fortuna, de cualquier cosa que se refiera a mi persona o personajes. Elijo lo que quiero oírme en este momento mientras oculto deliberadamente a los monstruos que presiento, es un juego. No domino este arte y esto me agrada pues considero que la técnica oculta más que muestra y mi paladar celebra los sabores primitivos, pero al fin, esta falta de habilidad me deja con pocos recursos y se me agotó el tiempo de aprendizaje.

No me aburre hacer siempre lo mismo, pues mis actividades ordinarias son desde hace un tiempo una deplorable colección de hábitos, pero dentro lo habitual de mis costumbres, las actividades figuradamente creativas son las únicas que se reservan el derecho de revolverse hastiadas y protestar cuando en exceso me acomodo.

Para un vago impenitente como yo, representa un tormento el incontrolable deseo, cuando me posee, de abarcarlo todo. Me excita hacer cosas nuevas, engreído, pienso que puedo con todo y que si me lo hubiera propuesto seria un buen arquitecto, un buen filósofo, un buen cocinero, un buen carpintero, una buena ama de casa y no es cierto. El hilo que cose todos mis afectos y con el que guardo una frágil fidelidad es el dibujo, a él me aferro en momentos delicados. Esta dedicación intermitente a las labores artísticas no me dio gloria alguna, pues el éxito exige en todas partes, si el azar no lo remedia, dedicación, trabajo y fidelidad a las obsesiones particulares, hábitos antagónicos a mi tendencia de deambular por comodidades caóticas. Lo cierto es que no llegando a excelente en lo que más esfuerzo he dedicado, ¿qué es lo que me permite suponer, así, a bote pronto que puedo con cualquier otra actividad? Nada se perderá pues, si sigilosamente ocupo más de mi poco tiempo en dibujar.

Aunque no debe predicar lo que ocurrirá en un futuro inmediato, alguien dispuesto a aceptar por comodidad, lo que el azar o el destino le tenga reservado.

01 marzo 2008

Andar entre hábitos


Si en mi casa tuviera colgado el cuadro Las Meninas de Velázquez, que es casi mi único mito, seguro que se daría el caso de que a pesar de que no me cansara de contemplarlo, iría perdiendo el interés que se merece y despierta cuando solo lo puedes admirar de vez en cuando. Por suerte la evolución nos equipó, además de con cinco o seis sentidos, con un buen par de patas. Esto de las patas es muy útil para huir y también para esto del aburrimiento, y son esenciales para uno de los mayores placeres que conozco: andar al azar por laberínticos tramados de calles en ciudades que desconocemos.

La voluntad de andar, que es un motor que nos impele a ver cosas nuevas, no parece en un principio que sea nada conflictivo pero lo acaba siendo por diversas causas, las más comunes, el cansancio que se acumula al repetirse la sensación de estar viendo constantemente lo mismo, o cuando las cosas nuevas no te producen la anhelada sorpresa sino desasosiego, o cuando ya no te apetece ver cosas nuevas. Son cosas de la edad y suelen ocurrir cuando las patas ya no están para muchos trotes.

Así pues el cuadro de Las Meninas, colgado en el comedor de mi casa, como en cualquier otra casa, tiene que ver con la muerte. La muerte, se arremolina sin querer en las casas de los viejos, casas convertidas en museos de reliquias y también en refugios que desde fuera pueden vislumbrarse como tumbas. Es inevitable, como la sensación de que en las modernas residencias minimalistas ultramodernas sobran los viejos. Estos son sentimientos antiguos que recupero para constatar que quizás la mejor vida para los viejos sea en las casas de sus hijos, con sus nietos, o sea en un limbo entre lo viejo y lo nuevo. La modernidad arrasó con todo ello.

Las patas son importantes, contando que además de lo predecible que resulta el que sirvan para moverse de un lado para otro, está el hecho de que, limitaciones físicas o accidentes naturales aparte, no hay nada que les impida ir hacia donde les apetezca. Así por culpa de este par de elementos móviles se pierden los niños, los abuelos, los cónyuges y hasta nosotros mismos. Acostumbrados como estamos a elaborar nuestras teorías en base a pautas de movimientos, por reacciones repetidas, en exactas formulaciones físicas o matemáticas, nuestro caótico andar parece impredecible. Esto no es del todo cierto ya que como hace tiempo descubrieron los naturalistas, todos los bichos acaban siguiendo los mismos caminos, o sea, al parecer hacemos siempre las mismas cosas.

Cuando me siento prisionero de lo que dicta un autoritario destino me pregunto si vale la pena el esfuerzo que dedicamos en mantener toda una galería de ficciones en cuestiones vitales tales como cultivar una cierta curiosidad, tener intereses del tipo que sean, cuidar el aspecto personal, acariciar deseos de cambio aún que sepamos que nada sustancial va a cambiar, adquirir conocimientos nuevos, en fin, aparentar que somos aptos para disfrutar y vivir, mostrar que las cosas nos van estupendamente, y siempre, por ahora, siempre me respondo que sí, que sí vale la pena.

No es superfluo el frenesí de limpiar la casa para que reluzca como nueva, o mantenerla con cierto abandono para que no pierda el encanto de lo activo. Son opciones personales con sentido. Pero cuando se convierten en fijaciones tienen el efecto contrario al presumiblemente deseado. Nuestros hábitos se convierten en refugios que aunque parezcan saludables o simplemente inocuos acaban convirtiéndose en surcos profundos que nos entierran de por vida.

24 febrero 2008

Los cambios violentos


No siento y siento tener que tirar a base de intuiciones ya que ignoro los intríngulis de mis deseos. El caos que me adoptó más que adopté intuyo que sin orden no existiría. El orden que de él emana estudian, ceño fruncido, los inteligentes antes de que se conviertan en sabios inútiles. Hablar de caos, de sistemas, de elementos, de tecnicismos con criterio y poder pontificar, es un excelente cielo de puro regocijo y aunque no se da el caso, no me corto y así, saben a purgatorio mis peroratas.

El orden es sólido, un sistema cerrado al azar, de hecho el orden es como un cristal. Nuestro ingenio de supervivientes acostumbra a superar los obstáculos acotándolos, los simplificamos hasta que podemos actuar sobre ellos, y así, en cierto punto obligados, procuramos reparar los ruidos que distorsionan el inmediato futuro. Civilizados como somos, ideamos sistemas o lo intentamos, que nos despejen el horizonte deseado. De hecho estos sistemas son impredecibles en su funcionamiento, no se puede prever resultados como pretenden estos profetas del presente que quieren ser los economistas. El problema surge cuando sistemas que funcionaban dejan de ser funcionales, un día quedan obsoletos pero siguen activos, se convierten en una rémora grave para lo que se pretendía subsanar.

Como los borbotones del agua hirviendo, las rutinas tienen la rutina de cambiar de rutina dado que se deteriora su funcionalidad. Las fórmulas fijas quedan obsoletas en sistemas complejos pues el orden con el tiempo gripa su mecánica.

Tengo entendido que hay investigadores que buscan fórmulas para sistemas caóticos, aunque no cabría llamarlas fórmulas si por lo que parece no tienen formulación concreta. O sea, intentan domeñar el caos con formulas que se configuran azarosas, un autentico desorden, no sé si me explico. Por supuesto no sé si lo que digo tiene algo de científico.

El caso es que la obturación del caudal provocado por la rutina desborda el río en trágico instante y crea un nuevo cauce que derivará mas tarde en rutina desbordable y así sin fin, se van formando los dibujos fractales que con metódica precisión dibuja el agua de lluvia en los márgenes de barro.

Tenemos nulas posibilidades de eludir la violencia de los cambios. Este si que es un problema gordo e irresoluble. ¿O no?

17 febrero 2008

Puntos de apoyo

“Dadme una palanca y un punto de apoyo y moveré el mundo” Arquímedes.

Para existir se debe interaccionar, me parece elemental. Nada es por si mismo. El universo todo, es un tramado de puntos de contacto, de influencias, de fricciones del micro al macrocosmos. Otra cosa es que estas uniones se estén quietas. El universo tiene su punto social, sus rencillas, sus afectos y su repelús. En esto andan los físicos o filósofos, buscando ideales puntos de apoyo para mover el mundo. Yo creo que este punto de apoyo absoluto que nos seduce como solución perfecta no existe y cuando crees que te acercas a uno con pinta de determinante al poco sucumbes a la necesidad de buscar otros soportes con que sustentarle.

Estas mañanas frías de febrero espabilan que es un contento. Vete a saber, pensaba, hasta donde tendría de remontarse uno para encontrar un punto fijo. Después de un somero repaso a tres o cuatro principios fundamentales luego convertidos en relativos, consideré que no existe, y así llegué a la solemne deducción que no hay teoría que pueda sostenerse con rigor definitivo. Cuando pierdes pié debes empezar a nadar. Si lo de hacer el muerto funcionara, nadie se ahogaría. Volvamos pues al optimismo que es una especie de fe sin absurdos teóricos ni fantasías. El, soy buena persona y tengo un puñado excelentes razones para ir tirando funciona requetebién, luego vienen los demás y se encargan de hacerte ver que no eres tan bueno ni tienes toda la razón, es conveniente pues intentar llegar a puntos de acuerdo comunes.

Mis trece, exigen estos puntos fijos que defiendo mientras se mantienen erguidos. Esta es mi fe y lucho por ellos, pero ojo al parche, nada es tan decepcionante como descubrirte defendiendo empecinado, principios insostenibles. Tozudez contra conciliación este es nuestro real albedrío. No es malo cambiar de chaqueta, principios, ideales o lo que sea si es para bien, otra cosa son las regresiones interesadas, perniciosas o acomodaticias que a menudo nos cautivan.

Mira por donde, con la flexibilidad que da el no creer en absolutos, el punto este de apoyo que pienso debería regir en nuestras acciones debería ser el bien común con tintes de posible, la viabilidad del proyecto hombre y para ello no deberíamos olvidar que nuestra supremacía actual no nos permite, ni mucho menos, actuar como si fuéramos los dueños de una finca llamada tierra. Lo sostenible, no solo es una idea bonita como las ilustraciones con que pintan algunas iglesias mundos en tono pastel, sino una ardua negociación donde se deben hacer muchas y dolorosas concesiones. Muchas más de las que parece dispuesta a asumir nuestra voluntad y las consiguientes posiciones políticas que silenciosa o perniciosamente mantenemos.

Hablo solo. Murmullo solitario por las calles de mi pueblo con la sensación de que ya no hay nadie que defienda nada que vaya mas allá de este flotar insatisfechos en la podrida abundancia. Hay demasiados elementos en suspensión en estas aguas donde nos bañamos vestidos para que luego podamos gozar del placer de nadar. Saturado de laberínticas doctrinas, rechazo definitivamente defender otra bandera que no sustente el mismo cromatismo que el cristalino aire de esta fría mañana de febrero, o de las aguas del río en que me sumergía de niño, donde las piedras se contorneaban ondulantes al ritmo que dictaba la corriente.

08 febrero 2008

Optimismo y Cuaresma


La melancolía nace con el recuerdo, también como proyección fatalista del futuro y si de algo sirve, si es que sirve de algo es de contraste para que la felicidad brille con más intensidad, por este motivo tiene en la adolescencia un dulce y enfermizo sabor. Un desmemoriado como yo, aun recuerda, que a los dieciocho años escribía en un plomizo diario adolescente por fortuna extraviado, que la chica de la que andaba enamorado había llegado a mi vida irremediablemente tarde. El dulce sabor de la tristeza por un amor que pretendía inalcanzable me embargaba de dolor y añoranza al no poder satisfacer tan anhelada felicidad. Craso error de bulto en esta apreciación desolada, pues este tipo de emociones son el caldo de cultivo ideal para que arraigue el optimista fuego del amor con su consecuente estallido de locuras, plenitudes y desdichas. Sin el correspondiente pesimismo el optimista pierde el picante contraste que da la explosiva alegría de cuando se consigue lo que con tristeza se daba por perdido.

El optimismo es la fuerza que nos impulsa a vivir, a superar todo tipo de adversidades. Es la flor que enraíza en la piedra o las bacterias que viven en las aguas ácidas de Riotinto. El optimismo es capital imprescindible y fundamental para la vida y como todo capital debemos cuidarlo con mimo para que no pierda valor. El optimismo se trabaja, se busca si es necesario debajo de las piedras como agua de mayo. Es un capital social irrenunciable, pues el optimista arrastra con su confianza no solo su propio destino sino la vida de los que le rodean. El optimista es como un imán al que todos nos arrimamos aunque sea poco razonable porqué celebramos gustosos las veces que, con su fe, dobla las rodillas a la razón.

Es por todo esto que me satisface y celebro el comentario de Gallardón a cuenta de los contrincantes de su mismo partido que presuntamente le vencieron recientemente: “Triunfó Doña Cuaresma, la del gesto agrio y la estricta conducta”. Frase que me reafirma en la convicción de que no debería estar permitido que sea la melancolía, el catastrofismo, las predicciones fatalistas, argumentos válidos para hacer política ni desde el gobierno ni en la oposición. De la misma manera que nos arrimamos en la vida cotidiana a los constructivos optimistas deberíamos exigir a todos los políticos que sean positivos.

Aprovecho esta reflexión para hablar de la institucionalización de una melancolía que sienta sus reales en muchas religiones, la religión católica como primera inductora. Desde muy pequeño tuve la sensación de que curas, frailes y monjas eran pájaros de mal agüero. Como chico melancólico intuía que no me convenían derivas más extremas que las que ya padecía motu propio. Mi parte optimista reclamaba dudar de sus oscuras manifestaciones y así paré consciente atención de que frailes y curas se movían a sus anchas, eran tristemente felices en tiempos de cuaresmas y semanas santas, que si de ellos dependiera todo el año seria de penitencia, que su bandera es la tristeza, el temor y la oscuridad por mucho que luego prediquen luz, amor y vida. Y así siguen, capitalizando predicciones desgraciadas, impregnando de resquemor todo aquel que queda prendado de sus malévolas artes.

Deberíamos luchar para que no nos depriman el presente los que nos atosigan con tormentas del pasado, del futuro y hasta de los más ocultos pensamientos.

31 enero 2008

Perder el tiempo


Cuando se trata de trabajar tengo un culo de mal asiento y en mi trabajo debería estar sentado todo el tiempo. Así es que vivo sometido a un resorte que me levanta y me lanza a visitar regularmente otros departamentos. Si se me concede alguna gracia de cualidad social o divertida se debe sin lugar a dudas a estas visitas imprevistas. Como la mayoría de las veces no dispongo de ninguna justificación para mis apariciones sorpresivas, me someto a ser amable y si me apuran hasta ocurrente y divertido.

Impulsado por el muelle de marras subí hoy a visitar a Fe bien pasado el mediodía. Debo aclarar que aunque el resorte me impulsa a rodar, mis destinos no son del todo azarosos pues me decanto indefenso hacia determinados despachos inducido por previsibles afecciones. El caso es que, entre otras divagaciones, le insistí a Fe para que visitara alguno de los blogs que me gustan en particular y ahí saltó la sorpresa en forma de respuesta inesperada: No tengo demasiado tiempo y cuando lo tengo me lo paso haciendo solitarios. Es que los solitarios me libran de pensar.

Desde siempre que recuerde he necesitado perder el tiempo disputando con el azar juegos reglados o inventados para la ocasión y es cierto que son ideales como terapia momentánea para no pensar en lo que te preocupa. Es del tipo de rutina que absorbe la atención con poco gasto.

Somos seres vivos y sociables. Precisamos para sentirnos bien de acción y compañía pero, paradojas de la vida, necesitamos también de la soledad y descansar. Vivimos inmersos en una lucha diaria con nuestros vecinos. Es la parte relevante de cualquier biografía pero lo cierto es que cuando estamos solos, sin estos tiempos muertos sin pensar, que parece que no sirven para nada, quizás enloqueceríamos.

Nadie piense que libra de tales momentos pues además de solitarios, los hay que hacen crucigramas, sudokus, sopas de letras, rompecabezas u otros pasatiempos. Dentro de este cesto pongo también el que constriñe barcos de velas en botellas, levanta catedrales con palillos, elabora sofisticadas maquetas de vete a saber que o el simple ganchillo, el macramé, bricolaje, salir a pescar con caña y todo el tiempo gastado en clasificar, admirar, valorar y guardar cualquier colección de lo que sea y tantas y tantas actividades solitarias que su gancho y pretensión es hacernos olvidar por un tiempo lo que nos toca vivir bueno o malo, lo mismo da, pues todo necesita de esta nada para respirar, para no pensar, para relajarse antes de volver a la actividad. Es la cuota imprescindible de tiempo de desecho.

25 enero 2008

De la geografía de la infancia


Lo que más me gustaba de la religión era la Biblia. Quedaba extasiado de lo que me contaban de aquella saga que se iniciaba con la creación mágica del universo y que proseguía en el paraíso con un doloroso e incomprensible episodio de pérdida. Un paraíso que ahora sé que no es más que un borroso recuerdo de la infancia del género humano al que me acojo sin remedio. Poco después de la espectacular creación narrada en el Génesis con gran despliegue de fantásticos poderes divinos aparece la sangre, el sudor y las lágrimas del pueblo. La Biblia se convierte en el entrecortado y recompuesto cuerpo de una narración, de raíces orales, de una buena parte de la historia de la humanidad traficada por los sacerdotes.

Hablo por hablar y siempre generalizando porqué este es nuestro estilo para la explicación fácil, motivo por el que nos quedamos demasiado a menudo en la superficie de las cosas, siempre y cuando entendamos las cosas como una aproximación a la realidad de lo que sentimos en el momento vivir y que guardamos en una instantánea y falsa sedimentación en el recuerdo.

Aquel paraíso se cruzó con el mío. La singularidad de la infancia consiste en que todo ocurre por primera vez lo que obliga a una atención constante. Las irremediables lagunas negociadas en aquellos tiempos precipitan luego océanos de dudas para el resto de la vida.

La iglesia católica, supongo que igual que todas las consagradas iglesias de todos los tiempos y todas la creencias, con el añadido de usos y costumbres familiares, de clan, de tribu, de nación o las ideas y manejos de cualquiera de las múltiples asociaciones humanas con tópicos intereses terrenales, tienen la tendencia, que a veces convierten en obligación prioritaria, de apuntar con sus dardos ideológicos a la fértil alma infantil. Todos siembran sin parar entrecruzando sus dispares leyendas en los sufridos niños con la intención de sedimentar creencias o mitos y preservar de paso, clientes, dominios o lo que sea en el futuro miembro honorario de la sociedad.

La mente infantil no está para discernir ni el alcance, ni la virtud, ni la procedencia de los relatos y crea un mundo propio, una Biblia particular a base de retazos de aquellos leyendas que desde tantos y variopintos orígenes germinan en su alma y más que la razón o el sentido común es la jerarquía, la insistencia o la presión social la que inclina a que prevalezcan unos mitos sobre otros. Sería muy curiosa, probablemente cómica y muy reveladora una narración académica relatando la cosmogonía de un niño.

Todo esto para decir que mientras la religión consistió en unos relatos que andaban parejos o mezclaban con la Caperucita, las brujas, Pinocho, los Reyes Magos de Oriente, la zarza ardiente, los personajes del TBO, el caldero de oro que señala el arco iris, la cigüeña que trae los niños de París, el coco y el ratoncito Pérez, los cuentos contados cerca de la estufa y un sin acabar de personajes buenos, malos, divertidos y peligrosos con cada una de sus interesantes anécdotas todo fue miel sobre hojuelas. La geografía de la infancia es un mundo hermoso, cruel y excitante inmerso como está en este desordenado batiburrillo de leyendas, lo que me anima a señalar y con esto ya termino, que las mezclas caóticas son el territorio más fértil para la vida. Espacios y tiempos donde no es necesario tener concierto, ni orden, ni siquiera los ojos abiertos sino unas buenas dosis de ilusión por explorar, conocer y vivir con intensidad, condición que es cruelmente atajada, atada y despedazada por la sabiduría. Virtud que para estos menesteres no sirve de una puta mierda.

19 enero 2008

De rebajas


Justo ayer estaba sentado en un banco al final del paseo de San Joan de Barcelona, cerca del Arco de Triunfo, recomponiéndome de la tensión que me ocasionó haber salido de compras con Ene.

Tiene Ene por costumbre, como es de recibo, reclamar mi atención para opinar sobre cualquier objeto que podamos adquirir y esto me resulta complejo y estresante o sea que, al cabo de unas interminables horas de compras, me derrumbo derrotado en un banco atacado por una crisis de angustia, mientras, ella, aprovecha para curiosear en una extraordinaria tienda de cómics que por allí se encuentra.

Después de unos días por la capital empiezo a añorar el doméstico caos pirenaico. Elegir me erosiona, lo siento. Por esto prefiero refugiarme en disputas conocidas, cauces dictados de antemano al que gustoso me someto y si no es posible, me decanto en cuando puedo hacia un caos que tampoco tuvo elección cuando, en su desvarío infinito, fecundó un orden.

¿Puede alguien elegir, si desde el mismo inicio, nadie preguntó al caos si gustaba o no del orden? Se hizo pues el orden con el suplemento de su imprescindible e inquebrantable deseo de pervivir, negociando incansable con el cáustico tiempo sin pedir permiso a nadie. ¿Quién decidió los pasos sucesivos que, elección a elección, forjó órdenes de complejidad similar al caos?

Tantas veces la inmediata e irrefrenable inclinación de ir hacia delante o hacia atrás, caer sentado, mirar a la derecha o a la izquierda, abrir o cerrar los ojos dejamos al capricho del azar, que me pregunto si alguna vez elegimos. No sea que sólo seamos notarios de la casualidad y nuestra función sea la de seguir, redactar y fijar en grafía instintiva los gestos azarosos que posibles persisten en cuando su repetición nos fíe las garantías necesarias para asumirlos, acreditando y sumando nueva fiabilidad en el frágil orden.

¿Puede ser que nuestro pretendido libre albedrío no sea más que una ficción parecida a este universo que rescatamos y elaboramos entre todos como una ilusión parecida a la realidad?

Dios podría estar sentado esperando a ver si en este juego gana el caos o el orden si es que por casualidad hubiera una meta fuera de los espasmos del tiempo, no lo sé, lo que sí pienso es que este universo que vemos y apreciamos como real desaparecerá con nosotros y con él todos los cielos e infiernos, ficticios o reales que andamos recreando cada día.

09 enero 2008

Los marcos


Todos hemos acusado, alguna vez, cierto desasosiego antes de empezar a hilar cualquier discurso. Como todo aquel que pretende elaborar un modelo que transmitir, a menudo me embarga respeto o temor al vacío, a quedar en blanco.

Para no enfrentarme directamente al papel cuando, sin mácula le percibo con un poder intimidador superior al que se le puede atribuir a su limitada presencia física, yo, que trabajo sin modelo en el que apoyarme, no tengo otro remedio que utilizar rituales azarosos en las primeras pinceladas, una mecánica muy distinta de la de aquel cuya personalidad no le permite licencias fuera de los objetivos perseguidos y que por esta causa elabora modelos con gran precisión desde la idea. El gasto en vértigo al vacío lo sufrirá, al concretar desde la nada.

Queda claro que el absoluto se presenta impenetrable y esta condición nos incomoda. Resulta luego que cualquier cosa se nos transforma en absoluto al pretenderla observar en plenitud, como las abrumadoras posibilidades de un papel en blanco antes de la primera pincelada. Entiendo que la realidad idealizada como la totalidad de lo que es, permite que la cosa más insignificante consiga con una atención suficiente, la condición de absoluto. Esto sin contar con aquello del pez que se muerde la cola: los extremos que se tocan o se alejan indefinidamente en función de la intención o la voluntad de la mirada.

Cuando me canso de divagar busco ser razonable y dispongo que lo absoluto es inabarcable como totalidad. Me acomodo luego sin problema a que, para poder entender algo se necesita de la ayuda de un límite. La clave para rascar, morder, traspasar el impenetrable absoluto consiste en hacer como si no existiera. Así es que, consideramos lo que vemos e ignoramos lo que queda fuera de foco. Lo que no vemos no existe. El problema es que cuando nos decidimos a hurgar, siempre sacamos algo y así nos atenaza la angustiosa sensación de que por más que profundicemos, sea cual sea el objeto de nuestra atención, nunca llegaremos a tocar fondo. Me consuela saber que sin estos trozos que birlamos a una realidad impenetrable y que amputamos de un todo, nada existiría ni tan solo como idea.

En el marco de una sincera autobiografía remarcaría mi general condición de vago y como cualquier simplificación que busque descubrir la realidad de un solo brochazo, miento. A la postre estas definiciones simples y contundentes nos dejan insatisfechos y doloridos cuando se refieren a nosotros. También mentiré, pero en menor grado, al ensanchar límites, cuando me acerque a los recuerdos a través de distintos marcos para intentar dibujar la realidad a través de múltiples facetas, sugerentes matices y diversidad de colores.

El límite de estos futuros marcos definitorios lo dictará como siempre el tedio, el cansancio o la oscuridad, cuando lo que intentamos desentrañar resulte incomprensible, cuando el relato no se deje ver, enseñar, entender, descubrir o lo que sea.

En el dibujo más o menos preciso de esta manipulable realidad pasada, aún enmarcada en la diversidad de múltiples cuadros elaborados desde distintas perspectivas, en esta insinuación autobiográfica que constantemente reelaboro, siempre resaltará una latente condición de vago.

04 enero 2008

Un universo doméstico


En la inconsciencia consciente que me embarga poco después de despertar mis razones lucen transparentes. Sólo existe mi universo, pienso, y existe en su totalidad y particularidad. O sea que es único, que no hay otro, que no lo puedo remplazar. Este universo particular que nos resulta a menudo risible en los demás es el único que existe. Esto es de una simplicidad incuestionable, una realidad aplastante. El problema está en que mi universo, el muy malandrín, no es inmutable. Mi universo recibe el influjo otros universos, al punto en verdad incomprensible de que con su contacto pueden hacerme dudar de la veracidad del mío. Mi universo es influenciable, pero tiene su carácter y en contraposición a los ataques que recibe sin cesar, ataca a universos parecidos con la intención que asuman como bueno el mío.

Mi universo muta por culpa del caos que no para quieto y también porqué no es estanco, por culpa pues de sus propiedades osmóticas. Mi universo inapelablemente construido a base de interaccionar con todos los elementos posibles, usa unas claves de conocimiento transmitidas a base de sinergias con mundos parecidos en el transcurso del tiempo.

Somos el único ser real, en un solo universo cierto, pero este universo inmenso que nos aplasta con su soledad cósmica busca la compasión de la compañía a través de líneas o puntos de unión, y a fe que los encontramos, sea animal, mineral o estrella lo que intentemos contactar. Aunque nunca tendremos los suficientes sentidos ni reales ni ficticios para abrazar en comunión lo que existe, lo que sería una realidad perfecta y única, no nos privamos con los medios que disponemos en intentarlo sin descanso.

28 diciembre 2007

Felices fiestas

No quiero este mundo de felices fiestas y como correctivo me resignaré a soportar lo que caiga aunque resulte doloroso. Me subleva que se proclame una felicidad de factura general. Rechazo por instinto estas simplificaciones que alimentan los que, por alguna turbia razón, se preocupan en adoctrinarnos de como debemos vivir. Recelo de una felicidad de pote como la que parece emanar de esta caja aleccionara de simplicidades en que convirtieron las televisiones. No es pose mi rechazo, simplemente no puedo y no duden de que, cuando me ataca el pesimismo me da por envidiar los efectos hipnóticos de esta roma felicidad. No tiro pues cohetes por esta empeñada elección que me obliga a plantearme constantemente si de verdad elijo cuando me hallo inmerso, sin haberlo asumido, en este o aquel lado de lo que dicta la corriente cuando no es nadando en su contra.

La felicidad tiene su miga, y si nos paramos a lo que en cada tiempo se establece como bueno con parámetros que alguien osa definir, veremos que ahora, andamos como locos interesados en comprar la felicidad como si fuera un botín. Un rebaño de ilusos persiguiendo a base de dinero una pieza que nunca para quieta y que a menudo se da un festín con los restos del infeliz cazador.

Acotan y regulan nuestros mentores con desigual destreza cualquier actividad no tanto para procurar nuestra satisfacción, como para controlarlo todo. Demuestran tal efectividad que pronto llegaran a plantearse como obligación entrar a saco en el mundo de las emociones. Este rechazo a recetas que atienden a la mayoría afecta a los que se nos indigesta el café para todos o la tila o el ricino con que cuidan de empacharnos cuando les conviene. Todo el tiempo estamos ocupados en rendir para tener crédito con que gozar de una felicidad impuesta, esto sí, pagando a tocateja. Que no pare, sentencian, esta maquinaria contra la que desde hace tiempo desertamos de luchar de tal manera que ahora, cuando levantamos la voz por cualquier cosa, nos amenazan con que nuestras protestas perturban su buen funcionamiento y puede dejarnos en la pura inopia.

No es que mi felicidad sea caprichosa, que quizás lo sea, lo que pesa en este dislate aunque no tenga materia, es la necesidad que tengo de satisfacer a una personalidad que anda por ahí exigiendo gusto a sus particularidades y a esto ando sirviendo. No me deja constreñir a una felicidad con unos varemos que por si solos me provocan irritación, y si lo que se me impone para conseguir esta prometida felicidad me hace infeliz, no necesitaba para este viaje de tales alforjas.

Así, desatiendo las verdades obtusas que me venden. Uno se agotó de perseguir fugacidades impuestas, cansa esto demasiado y ya con el horizonte menguado de sorpresas que no sean las previsibles, espero ahora armado de paciencia alguna alegría discreta, amparada en una literatura elaborada desde el desierto, intentando provocar mágicos espejismos de laboratorio que alivien la sed irredenta que nutre la desesperación.

22 diciembre 2007

Propósito de enmienda


Me miré desnudo en el espejo y días después, la curiosidad de indagar en el recuerdo me llevó a distinguir, entre otras acepciones que entonces solapé, la necesidad de mostrarme tal como soy. Ahora, solo unos días más tarde, lo encuentro de una presunción infantil que me ruboriza. Hoy, mientras enciendo fuego, mientras pienso en dejar de escribir, o mejor, dejar de intentar escribir, me parece ridícula aquella orgullosa pretensión de exhibirme sin artificios. Sin apenas reflexionar, me asalta en oleadas la sensación que lo artificioso no tiene porqué ser distinto de lo real, caso de que la realidad existiera. La tendré en cuenta, pienso divertido, en cuando se revele idéntica desde distintas perspectivas.

En realidad esgrimimos a la realidad como espada, la utilizamos como sicario a nuestras órdenes, como irrefutable prueba de que nuestras convicciones son las verdaderas. Y es que las palabras, estas dos de momento: verdad y realidad, cuando se ensañan con la precisión se convierten en diosas intolerantes.

Abandono unos dioses para refugiarme en otros con la fe de que su bondad me redimirá, y luego al perder la fe entre los escombros de la vida cotidiana, arrimo el ascua a mi sardina y amontono a todos los dioses que considero oportunos en el capazo de razones que deberían justificar la existencia. El caos bendice este alocado movimiento de razones que como relámpagos brillan y se desvanecen, porque esta es su ley.

La ley de la Navidad, el color de los días que reclaman enmienda. Propongo, como regalo de poco gasto, intentar desprenderme de pesadas palabras con connotaciones sagradas, como felicidad, verdad, amor, realidad, razón, justicia, fe y arreglarme con contenidos menos complejos, como podría ser el dirigir mis facultades hacia cuestiones de poca trascendencia, por ejemplo el que se me reconozca en confianza como vecino y digo en confianza como el crédito que debo ganar para conseguir que una buena mayoría de los que me rodean se sientan cómodos en mi presencia y si esto no es posible, al menos no incomodar. Esto no me debería privar de ser flagelo de los que como mosca cojonera me fastidian sin remedio.

15 diciembre 2007

Un desnudo de caos




Me imaginé desnudo en la báscula cuando, hace unos días, Ene se interesó por mi peso de buena mañana. La palabra imagen desnudo me impactó por su carga simbólica y el vértigo que me produjo discernir entre una avalancha de acepciones intuidas. Me alivié al desviar mi atención hacia un sólido desnudo natural.

Natural. Como si hubiera algo que fuera natural. La naturaleza del caos no es abarcable y como tal no se puede medir ni codificar, pero lo mismo ocurre con casi todas las cosas, como por ejemplo mi nada etéreo desnudo. El tiempo juega malas pasadas y cuando me da por valorar mi imagen, esta ya pasó. Puedo atender del cuerpo aspectos parciales en estadios incorrectos y por lo tanto falsos. Me miro desnudo a través del espejo y ver el desnudo no es más que ir extrayendo pedazos maltrechos desde el recuerdo.

El caos participa de lo absoluto y la totalidad no está a nuestro alcance, pero la decisión de estudiarlo, implica al instante, que las probabilidades que atesora pasan de infinitas a finitas, se vuelve, en cierto grado, manejable. Le metemos mano al caos y se vuelve inmenso pero manipulable y esto procura un orden. El orden, de complejidad pareja al caos, queda formulado en precaria estabilidad pero suficiente para verlo, medirlo y encontrar donde y que podemos modificar, donde y como podemos incidir para que sirva mejor a nuestras necesidades.

Medí con cánones mínimos y superficiales asociados probablemente a la salud y a la belleza mi cuerpo lozano y esta mirada parcial y tramposa entrevista a través de un tiempo de espejo, posibilita datos casi correctos. Consigo una información plausible que de la totalidad de la imagen nunca hubiera podido conseguir. Puedo decidir acciones o actitudes con datos parciales que mi atención elaboró a base de una delirante simplificación. Sé, ahora, si lo que me conviene es ir a la Corporación Dermoestética para cambiar mi aspecto a lo bestia, o tengo que hacer régimen, o emprender alguna actividad física adecuada a lo que pretenda suprimir o fortalecer, pero también puedo, siguiendo cualquier otra lógica, hacer todo lo contrario. O no hacer nada y dejar que disponga el cuerpo del ritmo natural al que lo acostumbré a vivir, donde la parte natural es que lo que sea, será. El hecho es que observar una cosa caótica la vuelve predecible e implica que puedes modificarla en parte, pero también puedes dejarla tal como estaba aunque ya nunca será como antes de ser observada. El mirar no solo elabora sino que modifica constante el objeto observado.

Alejé de mí el vértigo del desnudo y hoy extraigo una de las opciones que eludí para que participéis de ella, más que nada porque el desnudo del que hablo no será si no cuento con vuestra obligada observación. Hablo de este diálogo interno que es cómplice de vivir, este diálogo cifrado entre el yo activo que ejecuta y el hondo cultural instintivo que manda y que a menudo roza lo caótico o indescifrable, al atenderlos, se crea un doble diálogo que modifica la percepción original. Pienso el porqué pienso esto y el visceral pensar se vuelve más predecible. Ya sé que no se puede escribir un relato que ocupe la totalidad en su fluido transcurrir: la escurridiza realidad, pero no abandono el deseo de mostrar la desnudez de esta esencia, el tal como soy. No sé aún como interpretar este deseo de mostrar lo íntimo, esta complacencia radical en enseñar como funciono: la exhibición sin artificios de los artificios, de las trampas, recovecos y búsquedas, los esfuerzos en descifrarme, en dar con las claves que me acerquen o que parezcan acercarme a la realidad. Quizás lo que pretendo, es que, al guardar constantes dudas de mi bondad, puedan los que me observan disponer la generosidad de una absolución.

Aunque, nadie puede evitar ser tramposo en el sentido literal. ¿Quien no achica la barriga o saca pecho? ¿Quién no esconde con las manos lo objeto de pudor? ¿Quien no se afeita, se saca brillo o colorea? Me parece que sin este tipo de ayudas, de artificios, no existiría nada, ni desnudo ni vestido.

La encadenación de manipulaciones crea otra realidad sobre la realidad. ¿Es máscara o suplantación esta otra verdad? La verdad de los apaños para o en sobrevivir.

08 diciembre 2007

Sinopsis de una biografía anónima.


Por decir algo.

Un día engarzaré las palabras justas para redactar la introducción y al amparo de su precisión fluirá incontenible el relato biográfico.

Introducción.

Me repito como ajo, pero insisto siempre en lo mismo. Si he de resumir la vida en una palabra esta podría ser amor, pero al atender cualquier palabra que de por si sea grande, se expande con tal fortuna su desmesura que luego incontenible todo lo contamina. Su cuestionable presencia preponderante desmerece y falsea los infinitos colores que nutren el laberíntico caos.

Prólogo.

Padecen los allegados del narrador por su temida incontinencia. Les trae a mal vivir el saber que el prócer quiere titular su biografía “Nada en el tintero”. No sufra aquí nadie por esto, que este anónimo no tiene conocidos, y si algún sujeto paranoico pudiera sentir temor de verse involucrado inadecuadamente en tales divagaciones, se de muy buena tinta que esta biografía se titulará si nadie lo remedia “Que poco que recuerdo” o “No sé si siento que se me olvidara todo”

1.- Año primero.

El invento tiene una impoluta memoria nueva e inconexa a estrenar. Tiene tantos cabos sueltos que es cuestión prioritaria enlazar algunos. Así se encuentra sin comerlo ni beberlo. Esto no priva al bebé de ser inmensamente feliz y que nadie me lleve en esto la contraria pues la cuestión me corresponde y no permito discusión. Es cierto que se inicia al mismo tiempo en sentimientos desdichados y llora, pero en el balance gana la felicidad por goleada. El bebé está en un cielo y me da por sentirlo curioso. Los temores absolutos que le asaltan se subsanan con facilidad por el arrojo irrefrenable con el que se sirven de serie. Quizás la sombra de esta dicha sea un fácil aburrimiento. El mundo le crece y se complica con las cosas que aprende pero prefiere sin dudar la excitación que le proporciona lo que le es desconocido. Puede vivir y vive muy feliz sin saber quien es, ni a que se dedica, y desde luego nada pretende fuera del instinto de vivir al instante.

En esto estaba tan contento hasta que a caballo de un taca-taca experimenta unos sentidos encontronazos con la realidad. Empieza pues a sentir que es alguien y se encuentra en la necesidad de tener que protegerse de según que excesos. Poco debe frenarle el dolor cuando se trata de aprender. Y entre el dilema que le plantean las dolorosas punzadas y su exasperante y cautivo freno deberá practicar a jugar con riesgos, acotando con rigor sus límites más peligrosos que le definen la muerte intuida.

2.- Año segundo

Ya veremos.

01 diciembre 2007

La realidad cotidiana

La realidad siempre cumple aunque no la atiendas. Le llevo de buena mañana a Ene un café largo recién hecho y tres galletas María con la mejor mantequilla del mundo. La despierto y aun medio dormida pregunta: ¿Hace frío? Si, cuatro bajo cero. ¿Te pesaste hoy? Sí, como cada día. ¿Adelgazaste? Sic. Interrogatorios que se interesan por hechos cotidianos y por lo tanto reales ¿Llueve? ¿Está nublado? ¿Funciona la calefacción? ¿Queda leche? ¿Te tomaste una aspirina? ¿Te quedan camisas limpias? Hoy tocó el peso y yo me imagino de inmediato desnudo, sometido el dictamen de la báscula. Pesé desnudo ochenta y tres quilos y setecientos gramos, doscientos gramos más que ayer a la misma hora.

Digo peso desnudo, porqué es un peso más real, pienso, y se fija la imagen y luego la palabra desnudo y me propone ella tan amplias acepciones, que reboto al origen salvando el vértigo y corto el viaje con un, desnudo es desnudo, sin ropa, a pelo, en pelotas, como Adán. No quiero ser prolijo porqué no quiero. Funciona el cerebro y empieza a perder la realidad tersura y si continuas pensando, desaparece cualquier resto si aún quedara algo de ella. Entraste en el mundo de las suposiciones.

No me extraña que recuerde tan poco si casi todo lo que pienso pertenece a la esfera de lo imaginado, Título de mi autobiografía: “Supongo que no recuerdo nada”. Es probable que algo recuerde, vaya, que algo recuerdo es seguro, lo que no es seguro es que tenga nada que ver con la realidad. Lo que ocurrió hace tiempo, tiene más que ver con ahora, con lo que describe la realidad inmediata de estar desnudo encima de la báscula que el no saber nada sabiendo que algo sabré si me lo propongo, porqué el que controla mi peso, el de hoy, el de ayer, es el sujeto que valorará lo que convenga de todo recuerdo pasado. O sea que tendrá más que ver con esta realidad que con la pasada

Me pregunta por el peso, ahora de pie, atento a despedirme y pienso en un desnudo abstracto y luego vuelvo a esta realidad que tan mecanizada mantengo que ni siento que sea real, de tal manera que mi abstracción me lleva a un desnudo que por atención se convierte en una realidad más real que estar de pie despidiéndome. Así la realidad es un sueño que se repite con metódica precisión cada día. Mantengo el piloto automático puesto si el día es corriente hasta que algo altere la percepción de seguridad del todo va como siempre. Mientras tanto pienso, ando en el mundo de la fantasía, de tal manera que estoy poco atento a la mecánica diaria mientras elaboro constante ilusiones, ficciones, relatos que van desde las divagaciones anecdóticas de lo que estoy haciendo a otros mundos imaginados, que se alejan irremisibles de la realidad hasta que, de sopetón, esta aparece con física presencia.

Salgo de casa con el día amanecido y lo repito cinco días cada semana, y lo más real del trayecto tiene que ver con el tiempo mismo, ahora el frío, el sol, el viento, el aire que respiro profundo, miro el reloj y procuro el paso preciso que me marca el tiempo que dispongo y mi realidad, alejándose otra vez de lo físico busca sin respiro alguna cosa en la que entretener una cabeza que sin descanso ha de laborar a todo trapo.